No está en nosotros que la gente imbécil se vuelva famosa.
Apuntes de pendejo
No está en nosotros dejar de hacer famosa a la gente imbécil, porque, para empezar, batallamos harto para atrevernos a señalar a alguien como imbécil debido a que los discursos de tolerancia y respeto con los que nos tratan de educar nuestros padres desde que somos niños, a menudo, los relacionamos con la imposibilidad de cuestionar. Primero, a los mayores, después a los iguales, por último a los más jóvenes porque ya son de otra generación.

Mucha gente se aprovecha de esto, principalmente quien te habla desde una posición de poder. Cuando se da este caso, muchas veces desistimos porque a menudo no hay mucho qué hacer: a una persona con algo de poder poco le importa tener la razón, ni está pidiéndote respeto o tolerancia por defender una idea, sólo está defiendo un privilegio y para ello recurrirá a usar cualquier truco, inclusive encerrarte, perseguirte, o matarte.
Otra cosa es cuando estamos entre iguales, aquí entran los recursos de hacer valer la opinión, la libertad de expresión, reconocer las diferencias de pensamiento y por lo regular, terminamos valorando una plática sin enfrentamientos por encima de una con alguna palabra altisonante o algún grito por ahí. Pocas veces salimos ganando algo en este tipo de discusiones porque aquí confundimos «aprender» con repetir lo que nos acaban de decir y «ganar» con hacer que el otro se quede callado (y doble viceversa).
Los idiotas que se jactan de decir algo que -deseo yo- provocaría que sus madres les torcieran el hocico de un chingazo, a menudo se escudan en la libertad de expresión o, peor, su derecho a decir una broma (y hasta ahí). Cuando alguien insiste en defender el derecho a decir, pedir respeto y jactarse que te toleran y respetan son instrumentos que el mismo sistema político promueve; la definición de democracia en México trata de que las cosas se arreglen en unas urnas, por las supuestas mayorías y no por la confrontación de ideas de todos, y la definición de justicia se determina por lo que dictamina un juez.
Disentir de el argumento de alguien, evidenciarle, e incluso pedirle que no diga pendejadas, no es atentar contra su persona o sus derechos, es contra su mensaje, por que las ideas sólo nacieron para ser confrontadas y por eso hay tanto pendejo famoso: no encuentran resistencia suficiente en su camino.


