Breviario de la nieve en las sierras

Pasar el invierno en las sierras es un purgatorio. Uno aprende a subsistir con temperaturas hostiles, heladas crueles y la sequía que ahoga. Dicen que lo que mata es la humedad, pero vivimos confundidos. La vida sin humedad es pura desecación, una muerte lenta y dolorosa. El cuerpo descarga entre espasmo y espasmo las últimas chispas de vida. Lo que mata es la sequía, el fuego maldito, los vientos de agosto. El invierno serrano castiga. La tierra exilia. En ese espacio de ser y hacer adentro, uno, velozmente, se repliega, se refugia y se cobija. Y al calor del hogar uno se habita hasta que la agónica vegetación comienza arder y no hay dudas ya de que se ha llegado por fin al mismísimo infierno. Los cielos, inmensamente celestes de día y gloriosos en las noches, traen la calma al rectificar la minúscula existencia y uno aprende a convivir con sus demonios. Poco a poco se oyen los rumores. Expectantes y no sin temor aguardamos deseosos de que llegue ese día que no es ni lunes, ni martes, ni miércoles, ni jueves, ni viernes ni sábado ni domingo. Tampoco es feriado. Los que vivimos acá sabemos que la magia ocurre, con suerte, una vez al año. Ese día llega por sorpresa musitando: “despierta, todo está cubierto de nieve”. El tiempo se detiene ante el milagro. La belleza anonada. Todo se vuelve sutil y liviano cuando la brutalidad del invierno acaricia y, suspendido en ese contemplar sereno, uno no puede más que emocionarse. La experiencia exquisita de lo bello es fugaz y dura sólo unas horas, pero quien pasa por ella ineludiblemente se ve trasformado. Algunos curiosos llegan tarde al sortilegio, pero conservan la esperanza. Saben que pronto florecerá la primavera y el polvo se volverá barro.



