
Cartas escritas a mano
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A principios de los años 90, siendo un adolescente, participé de un taller de escritura que daba José Sbarra en el sótano de un centro cultural del gobierno de la ciudad. El centro cultural quedaba en Once, en una esquina, a metros de la actual Facultad de Psicología de la UBA. Ahí conocí a un hombre petiso, de cara ancha y cuello grande, que se llamaba Luis Manuel. En ese momento Luis Manuel tendría unos treinta y cinco años, no más. A mí, sin embargo, me parecía viejo. Yo llegaba siempre puntual y él ya estaba esperando. Mientras iban apareciendo los otros talleristas, charlábamos un rato. Luis Manuel era informático, trabajaba en un banco y vivía con la madre en un PH en Caballito.
El taller de Sbarra era un poco caótico. Luis Manuel destacaba por su constancia. Cuando Sbarra preguntaba si alguien quería leer algo, él siempre leía poemas de amor, poemas de los que hoy no recuerdo nada. Una vez le hablé de Allen Ginsberg, a quien yo leía mucho en ese momento. Luis Manuel me pidió un libro prestado, se lo llevé y a la semana me lo devolvió sin hacerme más que un comentario vago de aceptación. Tampoco recuerdo ninguna opinión suya sobre mis poemas. Así que Luis Manuel pasaba bastante desapercibido y yo me habría olvidado de él, salvo por un detalle: escribía cartas. Se la pasaba escribiendo cartas.
Según nos contaba le había escrito cartas a Steve Jobs, a Bill Gates, largas cartas de más de diez, quince páginas, donde les hacía preguntas a los nuevo millonarios de Silicon Valley. Nos decía que les detallaba su experiencia con la programación y les hablaba de las necesidades de los usuarios de sus productos. Pero también les describía la economía y la política argentina. Otra veces contaba que le había escrito a Sergio Schoklender, a Seineldín, a Mona Moncalvillo, a Mario Benedetti, a David Viñas, a Serrat, a Federico Storani, a José Pablo Feinmann. A Schoklender, nos contaba, le había pedido precisiones sobre el asesinato de sus padres y sobre su estadía en la cárcel. Una vez me dijo que estaba preparado una larga carta para César Milstein donde, aparte de enviarle algunos poemas, le preguntaba su opinión sobre el destino de la ciencia argentina.
Luis Manuel escribía sus cartas a mano, siempre después de cenar. Al otro día las fotocopiaba en un local que había al lado del correo, en Primera Junta, y luego las metía en un sobre y las mandaba. Al taller traía las fotocopias. Pero no las leía él. Al menos yo no recuerdo eso. Las daba a leer. Una vez una chica leyó algunos fragmentos en voz alta y Luis Manuel sonreía mientras se jactaba de su colección, agregando otros nombre ilustres a la lista de destinatarios. Me acuerdo que recitaba los nombres propios como un poema de prestigio automático. Desde luego nunca recibió respuesta, o al menos no hablaba de eso. Supongo que si alguien le hubiese respondido, habría traído la carta al taller como un trofeo. Pero eso nunca pasó.
Un día mientras volvía caminando de Once a mi casa me imaginé que podía escribir un relato narrando un día en la vida de ese escritor oculto. El tedio de la rutina en el banco, la vuelta del trabajo, la cena con la madre, el escritorio con lámpara baja y él escribiendo hasta pasada la medianoche. En mi relato, Luis Manuel escribiría con un castellano claro, fluido, tuteando a los que consideraba gente importante, contándoles de sus ideas y de su vida, disfrutando del placer demorado de su prosa y paladeando ese momento futuro en que el destinatario se encontrara sus palabras y las leyera. ¿Cuántas cartas guardaba? ¿Decenas, centenas? ¿Durante cuánto tiempo se podía realizar una actividad así? ¿Meses, años, décadas? Me imaginé un carpeta llena de fotocopias. Dos carpetas, tres. Me imaginé cartas, muchas cartas polvorientas, escritas a mano con prolijidad. Hace un tiempo busqué a Luis Manuel en Facebook y no lo encontré. Lo hice con cierta aprehensión, pero confirmé enseguida que no estaba. Y esa ausencia me relajó y me resultó coherente con la imagen que yo tenía de él, un escritor casi secreto, un poco autista, que atesoraba y mostraba copias de las palabras que enviaba a otros sin esperar ni recibir nada a cambio.///

