
En La colmena, Camilo José Cela escribió: “La verdad del escritor no coincide con la verdad de quienes reparten el oro.” Y Ernest Jünger advirtió, hablando a la juventud, la necesidad de pensar también en cómo el poeta se iba a ganar la vida. Hay más citas, porque el tema está casi desde el principio. ¿De qué tema hablamos? Un pudor lo solapa. No podríamos decir que se lo esconde, pero sí que se lo evita, se lo rodea, se prefiere no abordarlo, no enfrentarlo, no convocarlo. Pero hay una relación. Y se la mantiene a distancia, alejada. Si se la trae, se la ubica en el marco de un paisaje dominable, abstracto. Yo mismo voy a darle aquí una forma aséptica, sin números, ni cuentas, ni descripciones de transacciones. ¿Por qué? Sobran razones. La presencia del dinero hace que la actividad de la lectura palidezca, se transforme, se degrade. La lectura puede ser épica, desafiante, subversiva, pero una sola moneda la compromete. El lector sabe que su pila de libros en la mesa de luz revisten un egoísmo final autodestructivo, dispendioso. Ese síntoma cobra nitidez, presenta un cuerpo más definido, cuando se acerca la luz opaca de los billetes.
No pasa lo mismo con la escritura, que, en su movimiento lineal y cronológico, puede ser asimilada, al menos en parte, a la cadena de producción fordista. Cuando se escribe, se produce. Y aunque lo que se produzca no tenga valor, hay un potencial. Se escribe se genera “obra”, “material.” Cualquier fragmento escrito puede redundar en un artículo periodístico, en un poema, en un libro, que luego se intentará canjear por dinero. Pero la lectura carece de esas posibilidades. Y haríamos mal en confundir lectura con conocimiento. El conocimiento se acumula, y luego se expande en el momento de la prueba, del test, en el contexto controlado del aula o en el descontrolado de la vida, el accidente o el trabajo.

Todos leemos. Pero algunos leen más. También están los que leen y confunden lectura con vida. ¿Y los que dedican todo su tiempo a los libros? Invierten su vida en las letras, ¿pero qué invierten? ¿Dónde está la ganancia? ¿Cuál es el rédito?
Aunque a veces se superponen, la vida del lector no es la vida del estudiante, la del académico, la del periodista, la del editor, la de referencista, la del curioso o la del escritor. El lector, que comparte rasgos y manías con estos otros oficios y profesiones, resulta menos asible, más difícil de identificar. Las lecturas, si no se escriben, no existen. Incluso los maestros socráticos tienen apuntes, borradores, diarios, dejan marcas, en el papel, en el papiro, en las paredes, en la arena. Su prédica alcanza, a veces contra su propia voluntad, las conciencias ajenas, y las modifican. Pero si no se expresan, en una charla, en un comentario, en una clase, las lecturas no existen. Un lector que no escribe o dice sus lecturas camina por el mundo con la exacta forma de un analfabeto, y es solo detectable quizás por sus anteojos, tal vez por su falta de esmero al vestirse, incluso por su descuido en el aseo. Pero no se trata de una gestualidad privativa. Hay miles de miopes y roñosos que jamás leyeron una página.

Desde luego, lectura y escritura se convocan, se llaman, se complementan. El lector subraya un renglón o un párrafo, escribe sus ideas en el margen, tacha, realza, niega, discute con el autor cuyas ideas recorre con los ojos. Y el que escribe, lo hace con una biblioteca a cuestas, una biblioteca escolar, social, invisible, llena de residuos, de sombras, de lecturas olvidadas o presentes. Pero aparte al escritor también lo acompaña la lectura de sus incisiones, de sus creaciones. ¿Miedo a la página en blanco? Fogwill hablaba del miedo a la página en negro, a la página ya escrita, que vuelve, una y otra vez, pidiendo ser leída por el que la compuso, que vuelve para exhibir errores, esas apreciaciones congeladas y ya vencidas, sensaciones anacrónicas, que funcionaron en su momentos pero hoy son ceniza fría, vida extinguida, transformada en objeto inerte.
¿Por qué la novela ocupa por definición el centro de nuestros pensamientos sobre la lectura? Se trata de un mundo cerrado sobre sí mismo, entretenido, por momentos adictivo, siempre vano, poco o nada capitalizable, impráctico, que incluye todos los saberes y ninguno. La novela se vuelve sinécdoque de libro moderno porque también lo es de la neurosis contemporánea, de su particular fobia, que se puede estirar a otras patologías. Un arco posible incluye El Quijote, Madame Bovary, el personaje austero de Borges, el anónimo lector plural de las redes sociales. Más allá de sus matices, son lectores en tensión con la productividad monetaria. Son lectores que leen y derrochan, que leen porque les gusta leer, porque les produce placer leer, porque son inútiles para realizar otras actividades.

En Qué leer y por qué, Harold Bloom compone un diáfano poema en prosa sobre la actividad de la lectura. Repitiendo sus mejores ideas, plegando una y otra vez los desafíos que conlleva enfrentar los libros canónicos de Occidente, Bloom insiste en recrear y versionar para nosotros todo lo que el acto de leer tiene de positivo. Sin renegar de ese entusiasmo, ni señalando un error a sus virtuosas especulaciones, creo que esa positividad es parcial. Bloom mismo lo deja entrever cuando cita a Virgina Woolf que dice: “Siempre hay en nosotros un demonio que susurra ‘amo esto, odio aquello’ y es imposible callarlo.” Y luego Bloom agrega su opinión que será rectora de su ensayo: “Yo no puedo callar a mi demonio, pero en fin, en este libro lo escucharé únicamente cuando susurre amo, porque aquí no pretendo entablar polémicas; sólo quiero enseñar a leer.”
Solo enseñar a leer. Solo escuchar el amor. ¿Nada más? Nada más y nada menos. Pero algo que los escolares aprenden muy rápido es que donde se presenta el imperativo de la educación, se genera un acto de represión. ¿Cómo enseñar a leer y no entrar en polémicas? ¿Es posible acallar ese demonio? Leer es rozarse con el mundo. Uno de esos roces tiene que ver con el tiempo y el dinero porque leer es una actividad que empieza siempre de forma necesariamente exploratoria, destinada al derroche. Pero ¿podemos afirmar sin dobleces que leer nos hace pobres? El lector lee los números de un billetes pero ¿lee lo mismo que un no lector?

En el prólogo de Historia universal de la infamia, Borges escribió unas líneas famosas: “A veces creo que los buenos lectores son cisnes aun más tenebrosos y singulares que los buenos autores (…) Leer, por lo pronto, es una actividad posterior a la de escribir: más resignada, más civil, más intelectual.”
¿Resulta pertinente adjetivar la lectura cuando se está repaginando la infamia del mundo? Muy pertinente. Y describir un lector como un “cisne tenebroso” me parece un audacia feliz. Agregaría a esa lista final que leer también resulta una actividad empobrecedora, pero con un matiz de misterio que va contra el tabú contemporáneo de la miseria: quizás esa no sea, después de todo, una de sus peores características.////

