Limonada especial

Para quienes no lo conozcan, y para quienes lo conozcan ahora, a medida que leen: Toshiro Konishi fue una eminencia culinaria y una celebridad con base en Perú durante cuarenta años. Y no estoy hablando de cualquier eminencia culinaria, y tampoco de cualquier celebridad. Para que se den una idea de la distancia con “El gato” Dumas o Karlos Arguiñano: cuando Mick Jagger pisaba los Estados Unidos, la segunda o tal vez tercera cuestión urgente en la lista de sus asistentes era ubicar a Toshiro y pagarle un pasaje inmediato a Los Ángeles o Nueva York para que le preparara sushi. Pablo Mancini le preguntó si esa historia era cierta la noche que fuimos a su restaurante en Lima, en enero de 2015, y Toshiro, sin sorprenderse, sin siquiera parpadear, dijo que sí. “Mick es un amigo”, le dijo en un castellano bastante rústico, y como prueba definitiva abrió un teléfono gris y nos mostró un número agendado. “La última vez fuimos a Beverly Hills”, dijo. Y punto. Por supuesto, nos quedamos con ganas de preguntarle algunos detalles más. ¿Qué piezas de sushi le gustaban a Mick Jagger? ¿Y a él? ¿Le gustaban los Rolling Stones? Y si Paul McCartney le pedía lo mismo, ¿podía aceptar? McCartney había pasado por Lima no hacía mucho, era posible. Y, ya que estamos, ¿cuánto le cobraba a Jagger por el sushi?

Por supuesto, los Rolling Stones no eran sus únicos amigos, y tampoco los únicos que todavía lo extrañan. En unos días, y solo porque se cumplen apenas dos años desde que se murió, la crème de la crème limeña va a celebrar en honor a Toshiro Konishi una cena — “Toshiro: el legado” — en la que participan algunas de las marcas culinarias más importantes del mundo. Perrier, Glenfiddich, Moët & Chandon, incluso Toyota. Sin embargo, esa noche fue difícil asimilar que ese japonés amable y diminuto y simpático, que nos hacía sugerencias y nos traía platos extraños mientras repartía indicaciones a los mozos, fuera el sushiman privado de los Rolling Stones. De hecho, era más fácil imaginarlo como una versión humana de Yoda que como un exquisito bonvivant al servicio del verdadero jet set internacional. Pero eso, desde ya, era el efecto de mi absoluta ignorancia en temas gastronómicos (mientras escribo, por ejemplo, intercalo algunas palabras en francés, como si fueran necesarias para describir los placeres mundanos: la comida no es lo mío).

Acorto la historia para llegar a lo importante. En el restaurante de Toshiro había pocas mesas, pero lo llamativo era que no había carta ni menú. Los platos simplemente llegaban sin repetirse, y con un criterio misterioso y espontáneo a través del cual iban variando los sabores y las formas y los colores. La única certeza era que hasta la última partícula comestible en tránsito había salido hacía muy poco del mar. Esa noche, nosotros tuvimos mucha suerte: Toshiro en persona nos iba eligiendo cada plato, y mientras los comíamos — mientras los “degustábamos” — , se sentaba en nuestra mesa a conversar hasta que llegaba el momento de elegir el plato siguiente. Entre cada frase, Toshiro tomaba de un vaso azul indescifrable, que los mozos venían a llenarle cada cinco minutos, y sacábamos fotos. Vista desde otra mesa, la escena habría sido esta: Toshiro hablaba y tomaba mirando a Luisina, la esposa de Pablo; Pablo, en cambio, hablaba mirando a Toshiro; y yo, del otro lado, comía y tomaba escuchando a todos y tratando de registrar lo que había alrededor. Comparar aquel lugar con un típico restaurante chino de Buenos Aires sería excesivo. Digamos que el lujo, con buen criterio, solo estaba concentrado en la comida, y que en la estética general, en cambio, lo que predominaba era la atmósfera de las glorias pasadas. Cañas de bambú, pintura chillona, plantas sintéticas. Entre lo exótico, había una imagen en cartón del propio Toshiro, en tamaño real, con la que, al parecer, homenajeaba su época de cantante. Ese Toshiro, rígido y sonriente, y con una edad indeterminable, tenía un kimono blanco y una vincha, y sostenía un micrófono. Notarlo fue oportuno, porque otra de las historias sobre Toshiro era que apenas llegado desde Japón, antes de dedicarse a la cocina, había sido un gran cantante. Es más: le había ganado en un concurso organizado por la televisión peruana a Ricardo Montaner.

Cuando Luisina le preguntó si esa historia era cierta, Toshiro gritó en japonés y los mozos volvieron a llenar su vaso por quinta o sexta vez, y después trajeron un televisor gigantesco sobre una especie de atril con ruedas (que, al parecer, tenían estacionado en la cocina). Creo que fue Luisina la primera en leer la marca del televisor: National. Desde donde podía verlo yo, parecía un aparato bastante arqueológico, con dos antenas gruesas arriba de la pantalla y una sucesión de botones y perillas como las de un submarino soviético en la parte de abajo. Cuando uno de los mozos lo enchufó, Toshiro, con un micrófono en la mano, se puso de pie y lo encendió. De lo siguiente, mi recuerdo es este. El televisor se enciende y Toshiro, sin dudarlo, empieza a cantar. En la pantalla aparece una clave de sol anaranjada y debajo, avanzando de izquierda a derecha, la letra de una canción. Es una especie de balada que Toshiro entona bastante bien, aunque por momentos cierra los ojos y canta en un japonés imposible de compaginar con cualquier melodía. Pablo, Luisina y yo nos miramos entre sonrisas un poco forzadas. No es incomodidad, tampoco es miedo; es otra cosa, algo que todavía discutimos y tratamos de desentrañar. Pablo es el primero en aplaudir ese karaoke espontáneo, aunque los mozos nos hacen un gesto bastante agrio y elocuente: no hay que aplaudir. La canción no dura más de cuarenta, cincuenta segundos, probablemente menos. Pero mientras canta, Toshiro Konishi camina despacio hacia la cocina, hasta que ya no volvemos a verlo más. Tres minutos después, sin decirnos nada, nos traen la cuenta, y como entre Pablo y Luisina todavía está el vaso de Toshiro, Pablo se anima a hacer las últimas preguntas. ¿Qué le había pasado a Toshiro? ¿Estaba bien? ¿Qué era lo que tomaba? “Limonada especial”, dice el mozo. No discutimos los detalles porque la cuenta, incluso en ese momento, se nos hace un poco más inquietante que todo lo demás. Nunca dejé de recomendar el restaurante de Toshiro a cualquiera que tuviera planeado viajar a Lima.