María Lobo: “Estar en el centro es adherir al discurso que las minorías cultas han establecido como válido”

María Lobo es escritora y docente. Vive en Tucumán. Publicó Pequeño militante del PO, Los planes y Santiago. El interior afuera es su última novela, editada recientemente por Qeja.

¿Cómo encarás la tarea de escribir?

Si tengo que pensar en una imagen que me represente escribiendo, te diría que es la fotografía de alguien que está en el primer peldaño de una escalera. Me gustaría decirte que trabajo en un living, durante largas horas, en medio de las libretas de colores donde están mis anotaciones, y que así es como se me van los días. A veces leo entrevistas de escritores que dicen esas cosas. Parecen vidas bien perfectas. Y es verdad que en algún momento estoy sentada en un living y hay música y libretas. Pero cuando pienso en abstracto en la tarea de escribir, la imagen que me viene a la cabeza no es esa, la del escritor que está en soledad, en un ambiente preciado. Me quedo con la imagen que aparece cuando me acuesto a dormir y mi cabeza funciona. Es la imagen de una persona que está eternamente en el inicio de un proceso. No importa si estoy cerrando una novela: yo siempre estoy en el nivel más bajo. La imagen es la de ese alguien mirando todo lo que le queda por subir. Y te diría que ese alguien piensa que nunca va a llegar arriba.

¿Quién es tu primer lector? ¿A quién le mostrás primero lo que escribís?

Juan, mi marido. Como es un gran fotógrafo, le muestro mis cosas porque sé que va a encontrar el pelito que quedó sin depilar en el bigote, el granito que desvía la mirada del observador. Le hago creer que no tengo apuro, pero espero sus lecturas con mucha ansiedad. Porque como hace casi 18 años que estamos juntos, sé que va a ir ahí. Sé que va a mirar donde yo sé que no lo estaba dando todo, donde podía decirlo mejor. Viene y me lo dice. Encuentra el bigotito y el grano. Lo curioso es que, cuando escribo, yo misma voy detectando esos momentos donde la música es distinta, y sé que Juan me lo va a decir. Ahora que lo pienso, quizás sigo escribiendo a sabiendas de que ese pelito se va a ver. Quizás es un pequeño desafío. Quizás escribo apostando a que él no se va a dar cuenta en qué momento aflojé. Pero eso no pasa nunca. Quizás escribo para perder.

¿Cómo es escribir desde la “periferia” tucumana?

Qué pregunta. El año pasado, con Diego Puig nos ganamos una beca del Fondo Nacional y escribimos una serie de ensayos que intentan responder, precisamente, cómo es escribir en la periferia tucumana. La dualidad centro-periferia ha sido un tema incómodo para mí. Tomé conciencia de eso no hace mucho, a pesar de que es algo recurrente en lo que escribo. Es difícil poner en palabras esa incomodidad, pero quizás esto lo explica: pienso que la literatura es un arte físico porque escribimos desde un espacio geográfico, pero también creo que los espacios geográficos, al fin y al cabo, no son materiales. Pienso que toda geografía es una construcción simbólica. Los centros y las periferias son espacios que se construyen en base a decisiones imaginarias. Entonces no creo que vivir en Buenos Aires te convierta en un autor de centro y que un tucumano sea un escritor de provincia. Cuando hablamos de literatura, creo que estar en el centro o en la periferia tiene una relación directa con lo que decís. Estar en el centro es adherir al discurso que las minorías cultas han establecido como válido: desde las vanguardias en adelante, se nos viene imponiendo que la buena literatura es la del extrañamiento, la rareza, lo inquietante, lo perturbador, la que rechaza cualquier síntoma de realismo, la que se supone que es transgresora. Por lo tanto, estar en la periferia es moverse en los márgenes de ese mandato: hoy, un escritor realista es un periférico. Creo que el espacio que habitamos no nos sitúa en un centro o en una periferia. Lo que nos coloca en un determinado lugar, en todo caso, son las decisiones que tomamos. Qué hacemos en el campo de la literatura. A qué discursos adherimos. A quiénes oímos y a quién no escuchamos. En ese sentido, sí escribo desde una periferia. Pero no porque viva en Tucumán, sino porque prefiero estar un poco sorda frente al mandato de las minorías cultas que, desde hace cien años, quieren hacernos creer que el extrañamiento es nuevo y que es lo único que vale como literatura.

¿Con qué autores te parece que dialoga tu obra?

Más que con un autor, a mí me gustaría dialogar con las obras de arte que proponen un valor cultual, que es el que tienen las cosas por su existencia. No me interesa el valor de exposición. Cuando escribo, ese valor de exposición es mi enemigo. No quiero ser masticada por las minorías cultas. No quiero ser perturbadora, tampoco rara. Y en el campo de la literatura regional del centro de Argentina, no quiero suscribir al imaginario de frontera que repite que el interior es “inquietante”. Porque eso es estar en el centro, hacer lo que está bien, ir por detrás de lo que se vende como literatura exquisita. Ser rara sería rendirme a la idea de un valor de exposición, y esa claudicación del artista es una de las cosas que más me decepciona en la literatura.

¿Qué estás leyendo ahora?

Estoy leyendo la poesía reunida de Luciano Lutereau que acaba de sacar Qeja, en un volumen que se titula No quiero ser más tu amigo. Y en simultáneo, estoy haciendo una placentera relectura de Fragmentos de un discurso amoroso. Intento encontrar algunas claves de entrada para esos poemas realistas, periféricos y sordos. La inteligencia fuera de época de Lutereau para escribir sobre el amor me tiene deslumbrada.

¿Usás redes sociales? ¿Qué relación tenés con ellas?

No uso redes. Hoy sí tengo una relación con ellas, porque como soy víctima de enojos y reclamos por no estar en ese mundito, me he visto obligada a pensarlas. Y lo que pienso es esto: no puedo estar en redes porque creo en la periferia, en la mirada que se produce desde la distancia. Como Byung-Chul Han, creo que entregarle todo a la comunicación y a la visibilidad es obsceno. Sé que eso me quita existencia y que me convierte en alguien sospechoso, porque al parecer todo lo que no está visibilizado merece ese tipo de calificaciones. Pero pienso que todavía soy capaz de darle una pequeña batalla a esa nueva clase de violencia. No es que soy un apóstol de Han, pero cuánta razón tiene. Incluso ahora, que estoy trabajando para abrir mi propia página web, después de haber dado muchas vueltas, quiero hacerlo de un modo sereno, tomarme la posibilidad de establecer ciertas claves de lectura y ciertas lejanías.