Mi luna cautiva

Tomás Richards
Sep 4, 2018 · 5 min read

El lunes al mediodía @Guido_ce tuitea así como así: “¿Cómo que son ´rescoldos de fogones´ y no ´recuerdos de fogones´ -como canta la gente de bien- los que invitan a matear al preso de Luna Cautiva? Cada día se destapa un nuevo engaño horroroso del que hemos sido víctimas.”

Mi primera y lógica reacción es la negación. Busco el hit del Chango Rodríguez en YouTube y el primer video que aparece es de Los Chalchaleros, tocando en vivo el tema. En esta versión los dos Saravia, Polo Román y Pancho Figueroa cantan muy claramente “y traigo mil canciones como leñita seca, recuerdos de fogones que invitan a matear”.

Una segunda versión, de Jorge Cafrune, también corrobora lo que siempre supimos: que la canción dice “recuerdos”.

Entonces, muñido de tan potentes verdades, es turno de confrontar con Guido_ce. Después de un breve intercambio, el individuo respalda su afirmación oprobiosa con un link a la versión de Luna Cautiva del mismísimo Chango Rodríguez.

Increíble. Lo primero que hay que decir de la versión del Chango Rodríguez es que no es la mejor versión de la canción. Lejos del canon, esta grabación es demasiado conversada, y la melodía se altera y se corta muy seguido por una respiración medio agitada. Sin embargo ahí está, innegable, inconfundible a pesar de la tonada cordobesa del cantor, la palabra maldita: “rescoldos”. “Cafrune nos mintió”, le tuiteo a Guido_ce.

Por si no se entiende: Luna Cautiva es top ten en el cancionero folklórico argentino, un hit que suena una y otra y otra vez desde hace mil años en cuanta peña hay en el país. Además, la canción tiene su propia leyenda encima porque el Chango Rodríguez la compuso en la cárcel después de matar a su amigo el Loro Álvarez en medio de una pelea por 30 mil pesos en la década del ´60. La historia incluye vino, ahijados, revólveres, cárcel, canciones, casamiento y un indulto de Onganía.

Entonces resulta todo un cambio descubrir que lo que hasta ayer era “recuerdo” en realidad son “rescoldos”. Como lo supo Humberto Eco, modificar una sola palabra en un texto canónico implica toda una operación sobre su sentido y su alcance. Restituir la palabra original tiene, también, sus consecuencias.

Arriesgo de antemano que la mayoría de las personas seguirá prefiriendo recuerdos, sepan o no sepan lo de los rescoldos, y no solamente por fuerza de la costumbre sino porque recuerdos tiene un aura más poética. De todos modos, creo que sería una idea equivocada. La preferencia por el término más grandilocuente o más abstracto no es sinónimo obligado de mejor poesía, al menos no en lo referente al arte folklórico. El folklore se nutre de lo cotidiano, de lo pequeño y cotidiano. En ese universo los rescoldos pueden valer más que los recuerdos y las canciones no ser nada si no funcionan como leña seca. Aunque no es exactamente su tema, un poco ése es el asunto de “El escritor argentino y la tradición”, donde Borges afirma que Gibbon afirma que en el Corán no hay camellos. La cuestión es ardua, pero la diatriba de Borges contra el color local de la gauchesca es por momentos muy acertada y convincente, y por otros parece una astuta defensa de su propia ars poética, en la que los orilleros se permiten hablar sin modismos.

Parafraseando a Borges, podríamos decir que el folklore es un género literario tan artificial como cualquier otro, sí, pero que en su costumbrismo consigue expresar algunas cosas auténticas que de otro modo no podrían aflorar. Al rehuir la abstracción, el folklore consigue triunfar. Es a través de esos elementos de cotidianeidad desde donde “asciende” a la belleza poética. Hablando de “mi viejo mate galleta” el paisano habla del paso del tiempo, del amor y de la muerte. Y no al revés: hablando concretamente del amor o del tiempo una canción folklórica suele no llegar a nada. En la otra vereda del canto popular, el rock, por ejemplo, tiene otras reglas: hace de la mera descripción de sentimientos una poética (aunque las tendencias aquí se mezclan más) y desde allí expresa sus verdades. Una buena canción de los Beatles puede sostenerse diciendo únicamente “yo la amo y ella me ama”. Una buena canción folklórica sólo puede hablar del amor a partir de elementos cotidianos.

¿Por qué toda esta digresión balbuceante e inútil? Sólo para decir que el descubrimiento de Guido_ce me parece muy fértil. La cuestión de recuerdos o rescoldos es fundamental. En la versión original de Luna Cautiva los rescoldos de fogones son algo palpable, están en el rancho enfriándose, muriendo, hasta que las mil canciones, como leñita seca, lo reavivan invitando a tomarse unos mates. ¿Qué recuerdos de fogones podrían obrar lo mismo? Las canciones como leñita seca podrían reavivar los recuerdos, sin duda. Pero, ¿recordar un fogón daría ganas de matear? No parece lo más probable, aunque puede ser. Creo que el descubrimiento de ese “error” arrastrado por años aumenta el valor de la letra. No deseo decir “polisemia”. Pero en esos pliegues, en esa ambigüedad poética deliberada o casual, la canción crece.

Los cuatro de Córdoba cantan “rescoldos”. En YouTube hay una grabación de Raly Barrionuevo que dice “recuerdos”, pero también hay otra versión suya en vivo junto a Soledad en la que no se entiende bien qué cantan. ¿Recoldo? ¿Rescuerdos? Da la impresión de que la Sole sabe que se trata de rescoldos y se pisa con Raly, amante de los recuerdos.

Pero de la versión del Chango Rodríguez aflora otra cosa más. El autor no canta “tu amor es una estrella con cuerdas de guitarra, una luz que me alumbra en mi oscuridad”, canta “una luz que alumbra a mi oscuridad”. El matiz es sutil pero significativo: la luna cautiva, en la concepción original del autor, no alumbra desde adentro al penado sino desde afuera; no alumbra “en” la oscuridad sino “hacia” la oscuridad; el amor no habita la cárcel junto al preso, tampoco habita dentro del preso; es algo exterior, que lo alumbra desde afuera: la luz, el amor, sus promesas, sus bondades (es decir, el futuro) están afuera de la cárcel. Allí están puestos la voluntad y el anhelo del preso que canta.

Por último, creo que vale preguntarse si las intenciones del autor de una obra verdaderamente importan o si, por el contrario, al irse consolidando nuevas lecturas y nuevas versiones éstas van volviéndose más auténticas. ¿A quién le importa la intención del autor? ¿Qué está más vivo, la letra original o la moldeada por décadas y décadas de interpretación popular?

La anécdota del asesinato cometido por el Chango Rodríguez cuenta que ese día fatídico todos los implicados estaban en un cumpleaños y se armó guitarreada. Aparentemente el inicio de las hostilidades habría estado en que, después de tocar, alguien le reprochó a Rodríguez no haber dado los créditos de una canción. “Ustedes los cantantes siempre se olvidan de los autores”, le habrían dicho. Mal que mal, esa frase hoy podría volver a utilizarse sobre su canción, con otro sentido quizá menos negativo.

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    Tomás Richards

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