Poesía tecno-mexicana en Buenos Aires

Gerardo Montoya

Gerardo Montoya (Monterrey, 1984) es poeta, diseñador y performer. Viene de publicar Decálogo para la clase media que se hurga el pupo y en el filo de la uña encuentra, sin sorpresa, una maraña que es deuda ilegítima añejándose en Qejaediciones.com. Es uno de los organizadores de la Feria del Libro Independiente que se hace este domingo 4 de noviembre en el Centro Cultural Morán, Pedro Morán 2147.

Como mexicano en Buenos Aires, ¿qué es lo que más te llama la atención de la ciudad?

Vivo en Buenos Aires desde el 2005. Una de las cosas que me gusta -aunque por momentos me exaspera- es la fuerza identitaria que tiene “lo nacional” para muchos argentinos, entremezclada con la pasión que tiende a sostener polarizaciones en el tiempo. Acá te dejás de hablar de por vida con tu viejo porque sos hincha de otro club (u otro partido político). Hay algo de hermoso y trágico en eso. Al menos en el norte de México, pienso que se tiende a ser más ambivalente en la relación con lo propio, con “lo nacional”. No por nada allá existe la palabra “malinchismo”, entendida como esa oscura devoción por lo extranjero como valioso, como verdadero en sí. Es una palabra horrible que denuncia la propia historia de la colonización y el sometimiento. Ojalá que el gobierno que está por asumir allá pueda llevar adelante políticas que favorezcan la resignificación, la revalorización y la reapropiación de lo mexicano de un modo más masivo. Por la propia historia argentina, me parece que tienen poco de malinchistas. Acá la gente se pone a discutir con Europa y con Estados Unidos como uno más. Eso me parece que tiene una potencia que es muy interesante como acervo cultural, mientras no se caiga en la bastardización de la otredad por privilegiar la fantasía del pasado europeo. Por ejemplo: Arsat-II. “Nosotros también podemos hacer satélites, güey”. Me parece genial que Argentina en el pasado reciente haya tenido esa postura. Me parece que fue un aporte simbólico importantísimo que haya habido gobiernos que apuesten por democratizar un poco más el desarrollo de lo propio; sea en el terreno de lo científico, de lo cultural, de lo industrial, etc. No obstante, ese “amor por lo propio” que sirve de estandarte, en ciertas situaciones puede funcionar como mordaza o venda, dado que una opinión crítica -en escenarios de alto contenido pasional, como el fútbol y la política- puede ser decodificada como una legítima traición, pues conmueve -para algunos- las entrañas de un cimiento inapelable en la propia identidad.

Buenos Aires es una ciudad de contrastes. La gente quiere hacer cosas y se las rebusca para poder hacerlas. No pretendo con el comentario anterior hacer oda a la precarización laboral, a la ausencia de políticas públicas o a la falta de recursos para invertir en ocio como actividad subjetivante. Más bien, es un elogio al deseo. La gente acá tiene ganas de vivir y lucha por sostener su deseo con los dientes. Eso tiende a ser productivo y muy interesante cuando estás en la subida de la montaña rusa, pero bueno… parecería que parte del contrato que uno firma es que eventualmente resulta ineludible enterrar las uñas en la barra de metal en pos de evitar una caída prematura mientras el cochecito va en picada.

Por último, la pizza de Albamonte en Chacarita es lo que más me llama la atención.

¿Cómo ves la poesía argentina de hoy? ¿Qué diferencias hay con la mexicana?

Creo que la poesía argentina está en un momento de expansión. Hay muchas editoriales buenas que curten poesía, además de ciclos de lectura con vitalidad y potencia. Hay mucha gente escribiendo. Eso sí, no es negocio para el autor vivo, probablemente nunca lo fue. Escribir poesía creo que es más una excusa para resistir desde una trinchera que apuesta por un story en compañía, lo cual no es menor. Hay que juntar cuerpos para que lean y produzcan sin un objetivo diagramado por fuera del contagio y la contingencia. Estamos en un escenario en el que hay personas acostumbradas a la autoedición constante, pero que a la vez eligen exponerse a la falta, al error, al lapsus. Hay que ponerse a live-streamear los nervios sin edición. Algo que me parece llamativo es que siga creciendo la oferta de ciclos de lectura. Hay algo de la poesía -en tanto experiencia de lectura en vivo- que le es inalienable, dado que tiene una carta blanca entre los dientes, por fuera del contenido en sí. La poesía permite variables a explorar como velocidad, volumen, tono y performance. Creo que la poesía argentina de hoy está en un buen momento en el que se hacen remixes y pastiches bien curados: en los que se doblen, rompan y vuelvan a ensamblar artefactos grotescos brandeados como poesía. Me parece que la poesía es un formato que se ha visto privilegiado por la volatilidad de la atención en las pantallas que habitamos entre un no-lugar y otro.

Respecto a mi tierra natal, estoy casi desconectado de lo que sucede con la poesía mexicana. Por una cuestión de lejanía, pero también porque me puse a leer poesía seriamente una vez que comencé a escribir teamogrupoclarín. Es decir, hace relativamente poco. No me siento autorizado de hacer una comparación actualizada. En cambio puedo puntualizar algunos autores que estaría bueno que su trabajo sea difundido. Me gusta la obra de Julián Herbert por su plasticidad como escritor y poeta. Es imposible no amar a alguien que titula a un libro: Cocaína, manual de usuario. Su libro más conocido es Canción de tumba. Por otro lado, compartí durante el secundario -en tierras regiomontanas- el interés por la literatura con Diana Garza Islas. Ella hace poco ganó el premio de poesía Carmen Alardín con su último libro. Es una experiencia leer a Diana, pues ha sabido cultivar con paciencia y devoción monásticas al delirio en la lengua. Como me cuesta la tajante separación entre microrrelato y poesía, canto piedra libre (siempre quise escribir ‘piedra libre’) a Érika Mergruen y Alberto Chimal publicados en POSDATA editores. Por último, recomiendo el proyecto Poesía Mexa como una ventanilla de visión panorámica a lo que anda sucediendo por allá: poesiamexa.wordpress.com.

En tu libro se mezclan géneros, también usás diferentes soportes y plataformas para conducir la poesía, redes sociales, videos, sos diseñador, gestionas un sello editorial, participás y organizás lecturas. ¿Cómo convive toda es mezcla? Creo que se refleja en lo que escribís. ¿De dónde sale?

Lo aprendí en un tutorial.

¿Cuáles son las máquinas que más te gustan del siglo XX y cuales del siglo XXI?

Qué pregunta tan extraña. No soy maquinista per se. Lo que me interesa de las máquinas principalmente tiene que ver más con cómo funcionan como medio de producción de subjetividad, de lazo social, como elemento de transformación del cuerpo y la palabra a través de la sucesiva interacción. Te diría que mi interés puntual ha estado más en las máquinas de transmisión de contenido, en las máquinas que componen a un ecosistema mediático. He estudiado psicoanálisis, psicología, sociología y comunicación pensando todo el tiempo en los medios masivos de comunicación. La televisión me marcó mucho de un modo muy extraño, ya que hasta los 15 años no tuve acceso a televisión por cable. Por ende, mucho de los contenidos a través de los cuales mis pares hacían lazo social, por ejemplo Los Simpsons, los conocí desde la oralidad, desde sus relatos acerca de lo que sucedía. Hoy me pasa algo parecido con Netflix. Puedo hablar de la trama de La casa de papel, GoT y otras series sin realmente haberlas visto. Las máquinas que me fascinan son aquellas a las que se le confiere autoridad para la construcción de una interioridad y la posibilidad de un relato grupal o comunitario. Hoy en día me interesan mucho los avances en la robótica y en la inteligencia artificial. Me interesa fracasar en seguirle el ritmo al vertiginoso desarrollo que está ocurriendo en esos ámbitos. Voy volcando lo que encuentro que está entrecruzado claramente con lo político en #SujetosHíbridos en Twitter en pos de ir sembrando entre psicólogos la importancia de disputar el terreno de la producción de subjetividad en ámbitos supuestamente más técnicos, pero que constituyen al aire que respiramos cada día. No obstante, si tuviera que decir mi máquina favorita del momento es la máquina del voto electrónico. No me entra en la cabeza cómo las personas en una supuesta democracia estarían dispuestas a ceder absolutamente (y sin posibilidad real de refutación) su voto a una compañía, un cúmulo de compañías, un grupo de hackers, etc. El propio CONICET emitió un reporte detallado en el que rechaza absolutamente el uso de esas máquinas. Es decir, un frente estatal de construcción de verdad y consenso recomienda que el Estado no las utilice y se acaban de aprobar. Estamos en la época de la cíberguerra. Estamos en la época en la que Occidente tiene como obstáculo sus propios supuestos valores de democracia y libertad para controlar Internet, del mismo modo que lo hacen Rusia y China. Estamos en la época en que sólo vamos a ver libertades que conocemos de Internet irse perdiendo en cada clíc y typeo. En ese escenario, no comprendo cómo los votantes no se horrorizan ante la posibilidad de una elección con máquinas, teniendo el antecedente tan fresco -y el mismo debate- en Estados Unidos. Esas máquinas se pueden comprar en Ebay para jugar. Si hay máquinas que son de juguete, entonces las elecciones son para jugar. Las máquinas que vienen a destruirnos como comunidad no son -exclusivamente- las de SkyNet, dicen los viejos./////