Un héroe

Funeral de Mijail Frunze

Mijail Frunze era un héroe. Hijo de un terrateniente, resignó un destino seguro y cómodo en la burocracia de los Romanov para unirse a la facción bolchevique del partido socialdemócrata en 1903. Fue una apuesta arriesgada. Encabezó huelgas y manifestaciones y pasó más de una década en los campos de trabajo forzados del zar. Comandó al Ejército Rojo en su victoria sobre el almirante Aleksandr Kolchak, uno de los máximos referentes militares del Ejército Blanco. En 1920 recuperó Crimea para la Unión Soviética. Su coraje en las batallas era legendario. Lenin lo designó como jefe del ejército. Tiempo después, Frunze fue el responsable de uno de los discursos más resonantes durante su funeral.

-Todo lo que hagamos, cualquier acción, debe corresponderse con los más altos ideales de la revolución -dijo en esa oportunidad.

En 1925, recibió en su despacho la visita de Stalin y Anastás Mikoyan, integrante del Comité Central del partido.

-Camaradas -dijo-. ¿Qué los trae por acá?

Stalin y él se habían visto por primera vez en 1906, durante un congreso bolchevique que se llevó adelante en un sótano. Frunze era entonces un bandolero ambicioso igual que todos los demás.

-Nos preocupa su salud, comandante -dijo Mikoyán.

El día anterior, el jefe del ejército había realizado una consulta en el hospital militar a causa de una úlcera. Las noticias volaban en el Kremlin.

-Estoy bien, gracias -dijo-. Esta es la consecuencia de años de mala alimentación en Siberia.

-El zar no tuvo piedad con nosotros –asintió Stalin, compasivo, mientras sopesaba un Lenin de bronce que había encima de su escritorio.

-Así es –suspiró Frunze–. Pero ganamos.

Se hizo el silencio en el despacho.

-¿Se acuerda de cuando usted y yo dirigíamos las harapientas tropas contra Ekaterinoslav? –dijo Stalin con los ojos entornados– Usted tenía un rifle, y yo tenía un rifle, y luego una granada le mató el caballo, y usted siguió adelante a pie. Los hombres del Ejército Rojo empezaron a volver la espalda y huir. Para evitar la derrota, usted mató a uno con su revólver. Comandante, usted me hubiera matado a mí de un tiro, si yo hubiera manifestado miedo.

Frunze rio con incomodidad.

-Fueron buenas épocas –dijo Mikoyan en tono amable.

La lámpara eléctrica que iluminaba el despacho titiló dos veces, como si fuera a apagarse.

-Supongo que no vinieron para recordar el pasado -dijo Frunze.

-Vinimos porque usted tiene que sufrir una operación –dijo Stalin al cabo de un rato.

-Según mis médicos, no hace falta.

-¿Se acuerda de aquella vez que discutimos si había que enviar o no a cuatro mil hombres a una muerte segura? –dijo Stalin– Usted ordenó que fueran enviados.

-Pero eso fue…

-Hizo lo que debía. Perdóneme, no hay más que hablar.

Tres guardias de la OGPU escoltaron a Frunze hasta la clínica del Kremlin, donde le retiraron el uniforme y lo vistieron con una bata blanca. En su habitación encontró un ramo de flores y una tarjeta de Stalin: “La revolución le pide este servicio”, decía.

Murió por sobredosis de cloroformo antes de que comenzara la operación. Stalin habló durante su funeral.

-Nos produce un dolor infinito la partida del revolucionario más puro, más honrado y más valiente de nuestro tiempo –dijo y mandó a ponerle el nombre de Frunze a la Academia Militar.