Elisa Bachofen: puente al futuro

Luis fue el primer ingeniero recibido en la Argentina. Su estatua hoy les da la bienvenida a quienes atraviesan la puerta de la Facultad de Ingeniería de la UBA. Tiene calles, municipios e institutos que lo homenajean con placas que ostentan su apellido: “Ing. Huergo”.

Elisa, en cambio, no tiene nada de eso. Su nombre apenas es recordado. Y, sin embargo, fue quien les abrió el camino a miles de mujeres, entre ellas a las de su propia familia, donde tres generaciones eligieron su misma profesión.

Esta no es solo la historia de Elisa Bachofen, la primera ingeniera argentina: es también la historia de las Bachofen y de las Elisas del mundo.

En 1912, la rumana Elisa Leonida Zamfirescu se graduó en la Universidad de Berlín. Así, según diversas fuentes, se convirtió en la primera ingeniera del mundo. El decano, que había tratado de disuadirla de inscribirse en la carrera apelando a “las tres K”, kinder, küche, kirche (hijes, cocina, iglesia, en alemán) fue el mismo que, al recibirse, la denominó “la más inteligente de los diligentes”.

Apenas seis años después, Elisa Beatriz Bachofen recibió su título de ingeniera civil de la UBA, la primera de la Argentina y Latinoamérica. La hermana de Elisa, Esther, también se recibió de ingeniera. Lo hizo en 1922: fue la cuarta del país.

Habían pasado más de treinta años desde la graduación de Élida Passo, primera universitaria argentina, como farmacéutica. Si bien no existían restricciones explícitas que prohibieran su incorporación, la sociedad y las estructuras académicas pusieron –y siguen poniendo obstáculos que encorsetaron a las mujeres en determinados estudios y actividades. Las profesiones más técnicas, como la ingeniería, erany siguen siendo una elección mucho menos frecuente que aquellas relacionadas con la salud y tareas de cuidado. Al día de hoy, menos de dos de cada diez personas que se reciben en la carrera de Ingeniería son mujeres.

¿Cómo llegaron, entonces, las hermanas Bachofen a tener la osadía de inscribirse en la carrera y ser pioneras en su campo? Su padre, Teófilo, un inmigrante suizo, también era ingeniero. Había sido contratado para traer de Londres las máquinas para la fábrica textil de Alpargatas, y fue una gran influencia para Elisa, que creció empapándose de esa historia, a punto tal que su tesis consistió en la invención de una máquina de hilados para usar en algodoneras del Chaco.

El doble rol: hogar e industria

En el mismo año de su graduación, 1918, Elisa cofundó la Unión Feminista Nacional, una asociación de mujeres vinculada al Partido Socialista, que tenía como objetivo fundamental la emancipación civil y política de las argentinas. En la agrupación convivían distintos enfoques políticos: por ejemplo, la postura de Julieta Lanteri era más radical, mientras que la postura de Alicia Moreau de Justo, y de la propia Elisa, era más tradicionalista.

Por entonces –y al igual que le pasó a la Elisa europea– el debate sobre las mujeres en carreras técnicas en la Argentina estaba cruzado por la discusión sobre el rol de la mujer en la sociedad. Cecilia Grierson, la primera médica del país, explicaba: “Siempre que se ha tratado de fundar escuelas técnicas industriales para mujeres, ha surgido la dificultad que ha sido tan largamente discutida, respecto a cuáles son las artes e industrias que corresponden a la mujer (…). En las técnicas industriales no cesa la discusión, presentándose la cuestión de esta forma: ¿deben estimularse las industrias que la mujer puede realizar dentro del hogar, o casi dentro de él, o aquellas otras que por el contrario la obligan a abandonarlo?”.

Casi como una respuesta a esa pregunta, en el año 1932, Elisa escribía en el prólogo del folleto Patria y Hogar, para la formación técnica de la mujer, encargado por la Asociación de Damas Argentinas: “(…) Siendo indispensable dar a la mujer una formación técnica que la capacite en la tarea que le incumbe cumplir como ama de casa, guardiana del hogar, miembro de la sociedad y como gestora y educadora de la humanidad, he creído indispensable se atienda cuanto antes a tal enseñanza, la que no solo ha de propender a la conducción científica del hogar, sino que hará surgir nuevas orientaciones”. En esa misma Asociación, Elisa dictó cursos para mujeres sobre nociones de electricidad aplicada al hogar, mecánica, motores para automóviles, hilados y tejidos, entre otras. El objetivo era despertar la vocación científico-técnica de las mujeres, sin descuidar su rol tradicional de cuidadoras.

También participó de la publicación Nuestra Causa –que funcionó entre 1919 y 1921– como redactora primero y como codirectora después. El espacio nucleaba todas las orientaciones feministas y ponía sobre la mesa distintos temas: la profilaxis, la reforma a la legislación del trabajo, educación sexual, divorcio, sufragio y puericultura, además de informar sobre las actividades del movimiento feminista en Europa y Estados Unidos.

Proyectar y formar

Elisa se desarrolló profesionalmente en diversas instituciones. Fue proyectista de puentes en la ex Dirección de Puentes y Caminos desde 1919 a 1932, y al crearse la Dirección Nacional de Vialidad, tuvo a su cargo la organización de ese departamento y la Dirección de Obras Viales durante veinte años, entre 1933 a 1953. También fue directora técnica y presidenta del Centro de Investigación Documentaria del Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI), y de la Comisión Nacional de Clasificación Decimal Universal del Centro de Documentación Científica del Conicet.

Junto a la arquitecta Stella Genovese, con quien había desarrollado un proyecto para construir escuelas que resistieran terremotos, creó un Curso para Constructoras de Obra, una experiencia inédita que funcionó en la editorial Hobby y en la Sociedad Central de Arquitectos. El curso se organizaba en tres años de estudio y formaba en un oficio intermediario entre arquitectos y obreros.

La iniciativa llamó la atención de los medios y el periódico El Mundo Argentino le dedicó un reportaje fotográfico de tres páginas completas el 18 de agosto de 1943: “El curso para constructoras de obras se inspira en la idea, bien justa por cierto, de que la mujer, que es, por razones de organización social y por su naturaleza específica, la organizadora y directora del hogar, está en mejores condiciones que el hombre para hacer de este, en lo que respecta a la construcción, un ambiente más cómodo y más grato y más de acuerdo con las necesidades de la familia. (…) No cabe duda pues, del éxito que ha de alcanzar, con el tiempo, entre nosotros, este nuevo oficio, al que ahora se consagran las mujeres argentinas”.

Construir y resistir

Como si todo esto fuera poco, Elisa además presidió la Asociación Argentina de Bibliotecas Científicas y Técnicas, integró la Comisión Directiva de la Asociación de Mujeres de Negocios y Profesionales y fue asesora de empresas. Durante su carrera recibió numerosos premios, diplomas de honor y medallas de plata y oro, participó en congresos científicos y fue invitada a presentar su trabajo en conferencias en todo el mundo.

Elisa Bachofen tuvo, sin dudas, una trayectoria profesional destacada, pero escuchamos muy poco su nombre, casi únicamente en agrupaciones de mujeres. Recién ahora, en la Facultad de Ingeniería de la UBA, tendrá su busto a pasos de la estatua de Huergo.

No solo es necesario que sigamos nombrándola, haciéndola visible, contando su historia; es también un reconocimiento merecido a la mujer que fue pionera en su campo, que abrió caminos y construyó estructuras de sostén que, al igual que sus edificios sanjuaninos, resistieron los embates más fuertes y siguen erigiéndose como símbolos de resistencia.

Elisa, la inventora

Elisa también fue una gran inventora, presidió la Comisión Técnica del Círculo de Inventores y publicó una Guía del Inventor para ayudar a otras personas a recorrer el camino que ella había transitado.

Patentó cuatro inventos a lo largo de su carrera. Los tres primeros, entre 1924 y 1930, fueron el “algodonímetro” (un equipo para clasificación de algodón), un método y equipo para el mejoramiento de caminos de tierra y un artefacto para el registro de irregularidades de los caminos.

En 1943, trabajó junto a la arquitecta Stella Genovese en lo que sería su cuarta patente: un proyecto para escuelas seguras en lugares de riesgo de terremotos. El proyecto se aplicó en veinticinco escuelas en la provincia de San Juan, en la zona sísmica de la precordillera argentina. Pero el trabajo fue rechazado en el V Salón Nacional de Arquitectura: como estudiaba esencialmente un problema técnico, consideraron que se trataba de “un trabajo de escaso interés arquitectónico”.

Pocos meses después, cuando en enero de 1944 un gran terremoto asoló San Juan y destruyó el 80% de los edificios de la ciudad, dejando cerca de diez mil víctimas fatales, los edificios de Elisa quedaron en pie. En 1947, Elisa y Stella obtuvieron un premio por este trabajo en el VI Congreso Panamericano de Arquitectos.

Esta historia forma parte del libro Científicas de Acá, que puede adquirirse en:

Fuentes

Agradecemos a Elisa Mestorino Bachofen, la hija de Elisa, por la lectura atenta y los comentarios sobre esta historia.

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Carolina Hadad

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