Eugenia Sacerdote de Lustig: un siglo de ciencia

El 3 de diciembre se celebra el día de las personas que se dedican a la medicina. Y qué mejor, en este contexto pandémico, que hacerle un homenaje a todas ellas recordando a una de nuestras pioneras, la médica e investigadora responsable de introducir la vacuna contra la poliomielitis en Argentina.

Un día ingresó un ciclista herido en el hospital donde trabajaba.

La miró y le dijo: “¿Puede llamar a un médico de verdad?”.

Ella era Eugenia Sacerdote de Lustig, médica e investigadora. Su vida es una historia de exilio, pasión y ciencia. La historia de una Científica de Acá a la que no conocemos demasiado. Es momento de corregir ese error.

Ilustración: Lucía Soler

Un largo camino a casa

Eugenia nació en 1910 en Italia. Apenas terminado el liceo, estaba muy segura de cuál quería que fuera su profesión. El problema era que, a mediados de 1920, las mujeres no estudiaban medicina en Italia (ni en casi ningún país). Es más, ni siquiera podían aspirar a ingresar a la universidad: su formación en el liceo femenino no las preparaba en matemática, química o biología sino en idiomas, historia y literatura. También en la confección de ajuares para futuros bebés. Pero Eugenia no se daría por vencida sin dar pelea. Junto a su prima, Rita Levi-Montalcini, estaban convencidas de que serían médicas. Debían preparar un plan. Lo primero: encontrar dos profesores, uno que las preparara en griego y latín y otro para matemáticas. Con el resto de las materias podían arreglárselas solas. Sentadas frente a los libros, intentarían completar el estudio de ocho años en ocho meses. Décadas más tarde, Eugenia aseguraría que nunca había estudiado tanto en su vida.

500 varones y 4 mujeres. Esa era la cantidad de estudiantes en la Facultad de Medicina de la Universidad de Turín en 1929. Un año después, cuando las primas comenzaron a cursar, ingresaron 300 estudiantes. Solamente 7 eran mujeres.

Durante la carrera, Rita y Eugenia no recibieron los mejores tratos. Eugenia aún no le había confesado a su madre que había decidido estudiar Medicina y no Matemáticas: ella descubrió la verdad el día que encontró en su casa los huesos humanos que su hija usaba para estudiar.

A comienzos de cuarto año, Giuseppe Levi, profesor en la cátedra de Histología, seleccionó a quienes serían sus ayudantes de investigación. Levi era célebre por su reputación como científico, su oposición al fascismo y su pésimo carácter. Llegar a ser sus asistentes era un honor. Eugenia y Rita fueron elegidas. ¿Sus compañeros? Salvador Luria, Nobel de Medicina en 1969 y Renato Dulbecco, Nobel de Medicina en 1975. Rita también recibiría el premio Nobel de Medicina, en 1986.

Finalmente, Rita y Eugenia se recibieron de médicas en 1936 con las más altas calificaciones. Tiempo después, siguieron caminos separados. Rita comenzó su doctorado en neurocirugía y Eugenia se mudó a Roma con su marido, Maurizio Lustig, donde empezó a ejercer su profesión en el hospital de la ciudad. Hasta que, un día de junio de 1938, abrió el diario y se encontró con una noticia terrible: Mussolini había dictado las leyes raciales fascistas y los judíos ya no eran más considerados ciudadanos italianos. Tampoco podían trabajar en instituciones públicas y las empresas debían despedir a sus empleados judíos. Justo en esa época, Pirelli, la empresa para la que trabajaba Maurizio, estaba a punto de abrir una planta de fundición de cobre en Argentina, y le ofrecieron el traslado. Unos meses después, junto con Eugenia y su pequeña hija Livia se subieron a un barco y zarparon.

Cultivos y gallinas

Luego del nacimiento de su segundo hijo, Eugenia quiso volver a trabajar. Intentó que le reconocieran su título de médica, pero no lo hicieron. Ni siquiera le reconocieron el título de la primaria. Eugenia no se desanimó y terminó tocando la puerta en un edificio desvencijado en Pasteur y Cangallo. Ahí funcionaba la cátedra de Histología de la Facultad de Medicina de la UBA. Su carta de presentación fue explicar que había trabajado seis años con Giuseppe Levi en Italia y que sabía hacer cultivos celulares in vitro, una técnica que nadie más en el país realizaba. El Dr. Paredes le dijo: “No tengo ningún cargo para ofrecerle pero, si quiere venir al laboratorio, puedo ofrecerle una mesa y una silla”.

Así fue como Eugenia introdujo la técnica de cultivo celular en el país. Prácticamente todas las personas que hoy realizan cultivos celulares en Argentina son sus “discípulas”.

Durante su estadía como asistente en la cátedra de Histología, Eugenia se dedicó a investigar sin un sueldo fijo. Existía un fondo de reposición para el material de vidrio dañado, y si en el año no se habían roto demasiadas cosas, ella podía cobrar lo que sobrara. A lo largo de dos años, cuidó mucho que nadie rompiera pipetas y probetas.

En aquel entonces, necesitaba suero para trabajar con los cultivos celulares. Pero no había quién se lo diera. Entonces se las arreglaba sola: iba en subte al mercado de plaza Once todos los días a la mañana, compraba una gallina grande y la llevaba al laboratorio. Le daba una propina al muchacho que limpiaba y le pedía que se la sostuviera y le estirara bien el ala. Mientras, ella le sacaba sangre. Después, le regalaba la gallina.

Tiempo de vacunas

El 14 de octubre de 1943, cuatro meses después del golpe militar, un grupo de 150 personalidades políticas y culturales, encabezadas por Bernardo Houssay, firmaron una Declaración sobre democracia efectiva y solidaridad latinoamericana. Todos fueron cesanteados y Eugenia se quedó sola en la Universidad: como extranjera, si apoyaba a Houssay corría el riesgo de ser deportada. Siguió investigando hasta que el Dr. Brachetto Brian la invitó a formar parte del Instituto de Medicina Experimental, hoy ‘Instituto Angel Roffo’. Allí Eugenia montó la sección de Cultivo de Tejidos.

En 1950, Eugenia aceptó un ofrecimiento del Dr. Armando Parodi y comenzó a trabajar por las tardes en el Instituto Malbrán. Por las mañanas, seguía yendo al Roffo. Afortunadamente para ella, su cuñada Adriana se encargaba del funcionamiento de la casa y del cuidado de Livia, Leonardo y Mauro, sus hijes. Todo funcionó de maravillas por unos meses hasta que, debido a tensiones políticas, en 1951 Parodi se marchó de un día para otro a Uruguay. Eugenia, repentinamente, tuvo que hacerse cargo del Departamento de Virología.

Un día de enero de 1953, mientras Eugenia estaba de vacaciones en Pinamar, recibió un telegrama urgente del Ministerio de Salud Pública: había estallado una epidemia de poliomielitis en todo el país. La epidemia avanzaba a un paso alarmante. Eugenia era la encargada de hacer los diagnósticos. Como estaba en permanente contacto con el virus, su mayor temor era que se infectaran ella y el personal, y llevarles la infección a sus familias. Por eso, a la noche, antes de irse a sus casas, con su asistente juntaban todo el material que habían usado, lo ponían en el jardín del Instituto y lo prendían fuego. Después se cambiaban de pies a cabeza. Para poner a su familia a salvo, Eugenia decidió mandar a les hijes a la casa de un primo lejano en Montevideo por unos meses. Ella viajaba a verles cada sábado en avión y volvía el domingo por la noche.

Por eso, cuando comenzaron a llegar las primeras noticias con resultados promisorios sobre la vacuna antipoliomielítica, que estaba desarrollando el virólogo Jonas Salk, Eugenia suspiró aliviada. Con una beca de la Organización Mundial de la Salud, viajó en 1954 junto con investigadores de distintas partes del mundo a Estados Unidos y Canadá. Iban a estudiar los efectos de la vacuna que se estaba ensayando en animales. Allí, vio el efecto que tenía en monos: aquellos que eran inoculados y luego infectados con el virus, no se enfermaban. Poco después empezó a aplicarse en voluntarios, también con éxito.

Eugenia volvió convencida de la efectividad de la vacuna. Para demostrar que no era riesgosa, primero se vacunó ella y luego a su familia. A sabiendas de la importancia de vacunar a la población, dio señales al Ministerio de Salud para que autorizara la aplicación de la vacuna, que ya se estaba importando. Cuando esta información llegó a los diarios, la gente empezó a acercarse al Instituto Malbrán. Al principio, la propia Eugenia se encargaba de vacunar a todas las personas. Cuando la demanda empezó a crecer, le pidió al Ministerio que se hiciera cargo.

Gracias a la aplicación de la vacuna Salk, primero, y de la Sabin, después, la epidemia de 1956 fue la última gran epidemia de poliomielitis que sufrió Argentina. La decisión de Eugenia de impulsar la vacuna salvó la vida de miles de personas.

Científica por siempre

Cuando Arturo Frondizi asumió como presidente de Argentina en 1958, su hermano, Risieri, fue nombrado Rector de la UBA y decidió abrir nuevos concursos docentes y llamar a todos los profesores que habían sido echados. Así, Eugenia se convirtió en profesora universitaria (y le validaron por fin el título). Ese mismo año, Houssay regresó triunfante a la Facultad de Medicina y promovió la creación del CONICET. Eugenia se convirtió en Investigadora en 1960, y lo seguiría siendo por 40 años más. Hoy, su hija Livia también lo es.

Años más tarde, a raíz de la Noche de los Bastones Largos, Eugenia renunció a su cargo de profesora junto con más de 1500 docentes de la Universidad.

En 1970, murió Maurizio, su compañero de toda la vida. Pese a la tristeza, su pasión por la investigación seguía intacta. Cuando se enteró de la apertura de un nuevo concurso para el Departamento de Investigación Oncológica del Instituto Roffo, Eugenia no lo dudó: se presentó, ganó e incorporó a muchos de quienes habían sido sus estudiantes en la Facultad de Ciencias Exactas. Siguió trabajando en el laboratorio hasta pasados sus 80 años, cuando comenzó a perder la vista y, finalmente, tuvo que dejar la investigación.

En una entrevista que le hicieron, a sus 98 años, le preguntaron qué le gustaría hacer en ese momento. Y ella respondió: “Si tuviera vista, trabajaría”.

Eugenia murió el 27 de noviembre de 2011, a los 101 años de edad, dejándonos un legado de un siglo de ciencia para recordar, honrar y perpetuar.

Este relato forma parte del libro Científicas de Acá que puede comprarse aquí:

FUENTES

  • Contemos Historias www.lunfa.fm/contemos-historias
  • Comunicaciones personales con Livia Lustig, 2019.
  • Eugenia Sacerdote de Lustig. Una charla con Catriel Etcheverri. Catriel Etcheverri. 2008.
  • De los Alpes al Río de la Plata: recuerdos para mis nietos. Eugenia Sacerdote de Lustig. 2005.

Científicas de Acá es un proyecto colaborativo y solidario para visibilizar la historia y el trabajo de las mujeres y personas del colectivo LGBTQ+ en la ciencia y la tecnología en la Argentina. Pueden seguirnos en Instagram, Twitter y Facebook, visitar nuestra web, sumar nombres de científicas al listado, conocer más historias, mandarnos un mail o invitarnos a un cafecito para apoyar el proyecto

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