Miriani Pastoriza: los ojos en el cielo y los pies en la Tierra

Miriani Pastoriza supo desde chica lo que quería: en las calurosas noches transcurridas a lo largo de su infancia en Santiago del Estero miraba las estrellas, memorizaba sus nombres y soñaba con estudiarlas. “En verano, mi madre ponía las camas en la galería de la casa por el calor. El cielo era maravilloso, parecía que lo podía tocar, y eso despertó mi curiosidad. Comencé a leer y aprendí sobre las constelaciones”.

La oscuridad le abría puertas hacia algo que estaba mucho más allá del horizonte inmediato, del calor y de los mosquitos que la asediaban. Ahí afuera, muy lejos, había un universo que esperaba ser descubierto y comprendido, y se sentía convocada a conocerlo. Aldebarán, Canopus y Alfa Centauri eran más que nombres: eran la promesa de un viaje fascinante, el anticipo de una ciencia todavía desconocida que le depararía las mayores satisfacciones de su vida.

Pero en ese entonces, el sueño de estudiar el cielo parecía inaccesible para una joven cuya madre había enviudado y tenía cuatro hijas que mantener. Promediaba la década de 1950, y la única carrera de astronomía que se dictaba en el país era la de la Universidad Nacional de La Plata, a más de mil kilómetros de la localidad santiagueña de Villa San Martín Loreto. El traslado resultaba imposible de afrontar. Inalcanzable, como las estrellas que brillaban en el cielo nocturno y que parecían burlarse de su suerte.

En 1956, cuando Miriani estaba terminando el secundario, llegó la noticia que cambiaría su historia: la Universidad Nacional de Córdoba (UNC) había creado la Facultad de Matemática, Astronomía, Física y Computación (FAMAF) a unos 400 kilómetros de su pueblo natal. Una distancia salvable. Gracias al apoyo de una de sus hermanas mayores, que trabajaba como docente, y a su propia determinación y tesón, pudo superar el curso de ingreso y comenzar a estudiar esas estrellas que tanto le habían interesado.

Descubrir el cielo

Pocos años más tarde, Miriani era la única mujer trabajando en la Estación Astrofísica de Bosque Alegre, estudiando las galaxias visibles desde el hemisferio sur con uno de los telescopios más grandes de la región, de más de un metro y medio de diámetro. Claro que no todo fue fácil: algunas cosas le costaban más que a sus compañeros. “Si la mujer quiere puede, pero tenés que tener mucha fuerza porque siempre te están poniendo a prueba”, asegura Miriani en la actualidad cuando piensa en su carrera.

El astrónomo José Luis Sérsic, quien dirigió su tesis de licenciatura, tuvo que tramitar un permiso especial ante el rector de la UNC para que pudiera pasar algunas noches en el observatorio con el objetivo de reunir los datos para su trabajo final. “Nos dejaban en una casa en la montaña durante cuatro o cinco días y después volvían a buscarnos. La única mujer además de mí era Doña Ramona, la esposa del cuidador”, recuerda.

En aquellos tiempos no era natural ni razonable que una mujer quisiera realizar tareas nocturnas en compañía exclusiva de hombres, pero ella no estaba dispuesta a dejarse desalentar por semejantes detalles. En 1965, Miriani no solo se convirtió en la primera mujer licenciada en Astronomía por la UNC, salvando todas las dificultades y superando los prejuicios; también publicó, junto con el mismo Sérsic, un trabajo sobre formación estelar que marcó un antes y un después en la astronomía extragaláctica.

Hasta entonces se creía que, en su centro, las galaxias solo contenían estrellas antiguas. Pero Miriani y su director de tesis revelaron una realidad muy diferente: los núcleos de las galaxias espirales barradas –como la propia Vía Láctea– mostraban numerosas estrellas jóvenes. El trabajo demostró que los centros galácticos eran “hornos estelares”, donde permanentemente nacían nuevos soles. Tan importante resultó este descubrimiento que, tras la publicación del artículo, este tipo de galaxias pasaron a ser llamadas Sérsic-Pastoriza.

Volver para irse

En 1968, mientras en París estallaba el Mayo Francés y en los Estados Unidos crecían las protestas contra la guerra de Vietnam, Miriani hizo pasantías en el Stewart Observatory de Tucson, Arizona, y en el Departamento de Astronomía de la Universidad de Texas, en Austin. Allí se dedicó a recolectar la información sobre espectros de galaxias visibles desde el hemisferio norte que necesitaba para completar su tesis de doctorado, y trabajó con Gerard de Vaucouleurs, uno de los astrónomos más importantes de la época.

Cinco años después, ya de regreso en la Argentina, y trabajando nuevamente con Sérsic, se convertiría en la segunda doctora en astronomía por la UNC con la tesis “Espectrofotometría y Morfología de Galaxias con Núcleo Peculiar”. El mundo convulsionaba, pero ella seguía avanzando firmemente en su carrera, mirando siempre más allá del horizonte inmediato. Su objeto de estudio estaba lejos, tan lejos que parecía que nada del devenir humano podía afectarlo.

Pero en 1976, y como en tantos otros casos, la historia argentina se cruzó con su desarrollo personal y académico, y la obligó a cambiar el foco. Luego de doctorarse, Miriani había ganado el concurso para ser jefa de Trabajos Prácticos del Observatorio Astronómico de Córdoba, pero la dictadura militar la expulsó de su cargo a través de la “Ley de Prescindibilidad”, que le impedía ser contratada por otra universidad del país.

Miriani decidió regresar a Santiago del Estero, donde daba clases particulares mientras se dedicaba a sobrevivir, que no era poco. Su horizonte había cambiado, sus miras se habían estrechado y su objetivo principal, ahora, era amanecer cada día.

Una carrera astronómica

En 1978 Miriani se exilió en Porto Alegre, Brasil: ya no volvería a vivir en nuestro país. El entonces director del Instituto de Física de la Universidad Federal de Río Grande del Sur (UFRGS) la había invitado a liderar un grupo de investigación en astrofísica. Mientras su país de origen la expulsaba, otro la recibía con los brazos abiertos: se quedó a vivir allí y se naturalizó brasileña. Que el telescopio que tenía a su disposición fuera un tercio del que había utilizado durante sus investigaciones con Sérsic no la desalentó. Simplemente se vio obligada a cambiar su objeto de estudio: de la astronomía extragaláctica a la estelar. Investigaría, entonces, la evolución química de la Vía Láctea.

Con el tiempo, Miriani se convertiría en una referencia en la formación de nuevas generaciones de astrónomos y astrónomas de Brasil y de todo el continente. A lo largo de su carrera dirigió decenas de tesis de posgrado y escribió más de doscientos artículos científicos. En 1997, asumió la dirección y administración del Instituto de Física de la UFRGS.

Una década después fue nombrada miembro de la Academia Brasilera de Ciencias, y en 2008 recibió, de manos del entonces presidente Luis Ignacio Lula da Silva, el premio Comendadora de la Orden Nacional del Mérito Científico de Brasil. En 2014, se convirtió en Profesora Emérita de la UFRGS. En 2015, cuando la Sociedad Astronómica Brasileña creó un premio para reconocer las contribuciones sobresalientes en la investigación astronómica, decidió nombrarlo “Miriani Pastoriza”.

Sin embargo, su nombre tuvo que esperar varios años más para ser conocido en nuestro país: recién en 2018 Miriani recibió el doctorado honoris causa de la UNC, la universidad donde había cursado sus estudios de grado y posgrado. Un merecido homenaje para la mujer que dedicó su vida a conocer más y mejor ese cielo que no podía dejar de mirar y que soñaba con conocer mejor en las calurosas noches de verano santiagueñas

Por la equidad de género en la ciencia

“Hay un condicionamiento social en el modelo que se plantea a la mujer desde que es niña. Cuando llegás con un hombre a una reunión lo miran a él, como si fuera más importante que vos: tenés que demostrar que tu trabajo es muy bueno para que te miren. Pero yo era tan entusiasta que nunca le presté mucha atención al predominio de los varones: nada te detiene cuando tenés una determinación y un objetivo claro a seguir”, asegura Miriani.

Sin embargo, ella sabe muy bien que no todas las mujeres pueden superar los obstáculos, y también cree que es justo allanar el camino para que las que vengan después puedan lograr lo que se proponen sin tener que demostrar más que sus colegas. Por eso, conociendo las dificultades que enfrentan las científicas en todo el mundo, lucha por el cupo femenino, participa del programa brasileño “Niñas en la ciencia” y colabora con la Asociación Latinoamericana de Mujeres Astrónomas, que reivindica acciones como la apertura de guarderías en los observatorios y la igualdad de género en los congresos de la especialidad.

Porque una cosa es anhelar mirar más allá del horizonte, y otra muy diferente es no poder ver lo que pasa alrededor. Y Miriani Pastoriza es una mujer con los ojos en el cielo, pero con los pies bien plantados sobre la Tierra.

A hombros de gigantas

Si bien Miriani Pastoriza es la primera licenciada en Astronomía por la Universidad Nacional de Córdoba, no es, como muchas veces se dice, la primera astrónoma del país: en 1942, cuando Miriani tenía apenas 3 años, Alba Schreiber se doctoró en la Escuela Superior de Ciencias Astronómicas de la Universidad Nacional de La Plata.

Conocer a las científicas pioneras en las diferentes disciplinas, recordar sus nombres y construir una genealogía de las mujeres que trabajaron en ciencia y tecnología en la Argentina es imprescindible para visibilizarlas, honrarlas y devolverles el lugar que merecen en nuestra historia.

Científicas de Acá es un proyecto colaborativo y solidario para visibilizar la historia y el trabajo de las mujeres y personas del colectivo trans, travesti y no binario en la ciencia y la tecnología en la Argentina, con perspectiva de género interseccional y eje en la diversidad.

El libro, publicado por TantaAgua Editorial, se puede conseguir en la web del proyecto y en librerías de todo el país. También está disponible en su versión ebook en todas las tiendas y plataformas digitales del mundo.

Si te interesa lo que hacemos, podés seguirnos en Instagram, Twitter y Facebook, sumar nombres de científicas al listado, conocer más historias, mandarnos un mail o invitarnos un cafecito para apoyar el proyecto.

Agradecemos a Miriani Pastoriza por la lectura atenta del texto, los comentarios y el apoyo al proyecto. La ilustración es de Luchi Fruli (Lucía Soler).

Las fotografías que acompañan este relato forman parte del archivo personal de Miriani Pastoriza, y fueron cedidas por ella misma con la autorización para su publicación.

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Somos Caro Hadad, Juli Elffman, Vale Edelsztein y Juli Alcain. Buscamos visibilizar a mujeres y personas del colectivo trans, travesti y no binario que se dedican a la ciencia y la tecnología en Argentina.

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Julieta Elffman

Julieta Elffman

Periodista. Editora. Parte de @cientificasaca . Directora en @tantaaguaeditorial. Docente en @tecenedicion. Estudiante crónica. 💚 www.tantaagua.com.ar

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