Silvia Braslavsky: sembrar y cosechar

Ilustración: Agustina Lemoine

Si a los diez años le hubiesen dicho a Silvia que esas tardes, mientras ayudaba a su padre en su laboratorio, entre equipos, hamsters, tubos y pastillas tendrían un impacto decisivo en su elección profesional y, por lo tanto, también, en su recorrido personal, habría mirado con ojos incrédulos.

Lázaro Braslavsky, farmacéutico y doctor en Bioquímica, disfrutaba y agradecía la presencia de su hija en aquellas instalaciones del barrio porteño de Almagro. Especialmente porque, luego de que le detectaran un tumor cerebral, quería dedicar el mayor tiempo posible a estar cerca de su familia.

Si le hubiesen dicho, además, que se mudaría siete veces y viviría en cinco países distintos, seguramente no lo habría creído. Pero así fue la vida de Silvia Braslavsky: un eterno empezar de nuevo, siempre llena de energía, de ideas y de fuertes opiniones. ¿Cómo resumir con justicia una vida entera de fundaciones y reconstrucciones? Este es nuestro mejor intento.

Silvia conoció a Alberto Villa en el curso de ingreso a la carrera de Química, en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales (FCEyN) de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Recuerda con simpatía que, siendo técnico químico, no necesitaba hacer el examen, pero iba a las clases del curso “para ver a las chicas”. Años después, se convertiría en el padre de sus dos hijas.

Mientras estudiaban, Silvia y Alberto militaban activamente en el MAR (Movimiento de Acción Reformista), y junto con otras personas transitaban la agitada vida estudiantil y política. Muchas de esas personas fueron desaparecidas por la última dictadura militar, o bien tuvieron que exiliarse amenazadas.

Quizá la madre de Silvia, Berta Perelstein, también tuviera influencia sobre su hija mayor, inculcándole el interés por la vida política. A fin de cuentas, había sido parte de la Unión de Mujeres Argentinas y hasta había asistido a un congreso de mujeres en Budapest. La hermana de Silvia, Cecilia, seguiría los pasos de su madre y se convertiría, al igual que ella, en una prestigiosa pedagoga.

Ilustración: Agustina Lemoine

El camino de la química

Luego de recibirse, tanto ella como Alberto comenzaron su doctorado en Cinética Química en la misma facultad. Sus directores de tesis, Eduardo Lissi y Juan Grotewold, recién habían vuelto de Gales. El trabajo era arduo, el grupo muy estimulante y el laboratorio muy joven. Silvia se sustentó económicamente gracias a un cargo de ayudante en el Departamento de Química Inorgánica.

Se suele imaginar a quienes trabajan en ciencia como personas que no se involucran en cuestiones mundanas, como cambiar un cuerito o ajustar un tornillo. Nada más lejos de la realidad. Hablar con Silvia, o leerla narrar sus aventuras y sus trabajos, es derribar esa imagen de un golpe seco. Ella y sus compañeres de laboratorio recorrían personalmente las ferreterías y locales especializados de Belgrano en busca de pinzas, cables, enchufes, martillos, cinta aisladora… Construían sus propios tableros eléctricos y tuvieron que aprender a soplar vidrio para poder equipar al laboratorio con lo necesario para hacer cromatografías gaseosas.

Durante su doctorado, Silvia se dedicó a buscar fuentes de radicales libres, especies necesarias para la generación de compuestos químicos de interés que algunos años antes Rebeca Gerschman había descubierto que causaban daño oxidante a los tejidos. La idea era usar la luz ultravioleta sobre un compuesto llamado ioduro de propilo, e investigar si como producto de esta reacción se generaban aquellos codiciados radicales libres.

El grupo investigó arduamente hasta que no pudo hacerlo más: una noche de 1966, mientras la facultad estaba en estado de asamblea permanente, la infantería ingresó al edificio. La Noche de los Bastones Largos no solo hizo peligrar la continuidad de las investigaciones, sino también la vida de quienes allí se encontraban. Silvia y Alberto escaparon por una puerta lateral llevando los legajos de quienes participaban de la asamblea, para ponerlos a resguardo de las fuerzas policiales. Pasaron el resto de la noche y el día siguiente liberando a las personas que habían sido detenidas.

Mudanzas

Luego de aquella fatídica noche, todo cambió. En asamblea se resolvió, no sin tensiones, la renuncia masiva de docentes y el exilio organizado a países latinoamericanos. Como parte de este plan (de cuya diagramación participó otra científica argentina, la química Sara Rietti), Silvia, Alberto y cien personas más decidieron mudarse a Chile. Era su primera mudanza.

En Chile, Silvia terminó la interrumpida tesis, pero, lamentablemente, con el tiempo, las relaciones entre chilenes y argentines se resintieron, a tal punto que catorce compatriotas sufrieron expulsiones de sus universidades. En solidaridad, la familia Braslavsky-Villa se aventuró a otros destinos. Era su segunda mudanza.

… y más mudanzas

En 1968, Silvia consiguió una plaza posdoctoral en la Pennsylvania State University, en Estados Unidos. También le consiguió trabajo a su marido, y partieron con sus dos hijas, Paula, Carolina (recién nacida) y la niñera Magdalena. Allí se interesó por temas ambientales y trabajó en fotoquímica de gases, tratando de utilizar la luz para inactivar moléculas químicas contaminantes. Allí se separó de Alberto, que se instaló de nuevo en Chile y más adelante en Puerto Madryn, en la Patagonia argentina.

Y también allí, por fin, recibió su título de doctora. Años después de terminar su tesis y, tras algunas arbitrariedades burocráticas, la UBA decidió otorgárselo en 1971, en ausencia.

Ese mismo año, a Silvia le ofrecieron ser parte de la Universidad Nacional de Río Cuarto, en Córdoba, que estaba empezando a formarse. Aceptó. Era su tercera mudanza.

Los primeros laboratorios funcionaron en el Colegio Nacional. Más adelante, en los terrenos destinados a la universidad se levantaron galpones donde trasladaron los equipos. Aún hoy permanecen allí las mesadas, tratadas por la misma Silvia y sus colegas con un proceso químico que involucraba ácidos fuertes y una pintura negra especial.

Una vez instalada en Río Cuarto, Silvia montó en el laboratorio las líneas de investigación ambiental que había comenzado a desarrollar en Estados Unidos. Pero ni Río Cuarto ni Silvia escaparon a la turbulencia política en la Argentina de los años setenta. Tanto ella como sus colegas sufrían amenazas frecuentemente y, en una ocasión, estuvieron a punto de quemarles los autos durante una reunión.

Un nuevo exilio

El punto de quiebre, el límite, fue cuando, luego de la muerte de Juan Domingo Perón, en 1974, recibió en su escritorio una nota de la Triple A que le comunicaba que tenía diez días para dejar Río Cuarto si no quería que nada les pasara a sus hijas. Aprovechando que las chicas estaban en Puerto Madryn con su padre, empacó todas sus pertenencias en seis días y dejó su casa a medio construir.

Por suerte, había aprendido a manejar en Pennsylvania, porque “sin auto era imposible sobrevivir en State College”. Silvia pasó toda la Nochebuena de 1974 manejando rumbo a Buenos Aires a buscar los pasaportes para irse de nuevo a Pennsylvania, donde su ex jefe le volvería a dar la bienvenida. Llegó con el auto, el cuerpo y el alma destruidos. Era su cuarta mudanza. Ya no podría volver.

Luego de seis meses en Pennsylvania, Silvia consiguió un contrato de un año en Edmonton, Canadá. Allí la pasó muy bien, disfrutó de sus amistades y sus hijas se adaptaron a la vida en ese país. Pero cuando el contrato se terminó, tuvo que buscar nuevos horizontes. No podía volver a la Argentina: comenzaba la última y más sangrienta dictadura militar, y toda la familia sufría el caos. A su madre la jubilaron sin que ella lo quisiera, dejándola sin sueldo, y su hermana Cecilia y su marido sufrían persecuciones constantes debidas a su militancia política. El quinto y último país la esperaba.

Camino a Alemania

Le ofrecieron dos estancias posdoctorales, una en Estados Unidos y una en Alemania. Dice Silvia que, “demostrando mi inconsciencia y para horror de mi madre”, rechazó ambas y pidió un puesto laboral estable. Tenía dos hijas y ya había recorrido el mundo pasando de un cargo temporario a otro. Funcionó: una oferta del alemán Kurt Schaffner le llegó mientras estaba vacacionando con un amigo y su mujer alemana.

A sabiendas de los horrores que había sufrido su familia en los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, esa mujer le preguntó si estaba segura de querer radicarse en Alemania, que estaba “llena de nazis”. Pero Silvia decidió intentarlo y, en octubre de 1976, se mudó con sus hijas a Düsseldorf. Su hermana Cecilia vivía en Leipzig, donde también había escapado de los horrores políticos vividos años antes en la Argentina.

La vida en Alemania no era fácil. Ella lo recuerda así: “Cada vez que veía una persona mayor pensaba en qué campo de concentración habría actuado como cancerbero, cada casa antigua que veía (de las muchas llamadas de la etapa fundacional de Alemania y que habían sobrevivido a los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial) me preguntaba quiénes habrían vivido allí, ¿tal vez una familia judía u opositora?”.

Luego de toda una vida de esperar pacientemente, llegó su momento: al fin podría trabajar investigando la fotoquímica de los fitocromos (pigmentos vegetales). Era el tema que había descubierto en la Universidad Nacional de Río Cuarto, pero había debido posponer su investigación por las turbulencias políticas. Además, era difícil pasar de investigar gases y moléculas pequeñas a estudiar moléculas de gran complejidad y tamaño. Ya en Alemania, la generosidad de su jefe y el sistema de otorgamiento de subsidios de la Sociedad Max Planck, a la que pertenecía, permitieron que por fin pudiera desarrollar este proyecto.

Volver

En 1983, Silvia fue invitada por un profesor de la Universidad de Rosario a dar un curso sobre fluorescencia, para brindar toda su experiencia en ese campo a un proyecto de investigación aún incipiente en esa universidad. Era la primera vez que regresaba a la Argentina en democracia, desde aquella amenaza en el escritorio de Río Cuarto. Fue el inicio de un período intenso de colaboraciones de Silvia con diversas universidades nacionales, intercambio que nunca se detuvo y que, al día de hoy, promueve con entusiasmo.

Durante ese viaje se reencontró con quienes la habían acompañado durante sus años de estudio, militancia y trabajo en la FCEyN de la UBA. Discutieron intensamente (la única forma en que Silvia parece hacer las cosas) sobre política científica, el rol del Conicet y de los institutos de investigación en oposición a las investigaciones en universidades, discusiones en las que sigue participando desde Mülheim, donde vive actualmente.

Un año más tarde, luego de la reciente recuperación de la democracia, Silvia consideró la posibilidad de volver a radicarse en el país. Decidió no hacerlo, pero junto con su jefe idearon un plan en el que ella siempre tendría investigadores posdoctorales de la Argentina en su laboratorio. De esta manera, podría promover la cooperación entre ambos países. Y así fue: ya hay decenas de científicas y científicos “de acá” que pasaron por su laboratorio alemán.

Cooperación internacional

La colaboración entre Alemania y la Argentina, promovida por Silvia, ha dado abundantes frutos: la DAAD (Servicio Alemán de Intercambio Académico) financió varios de sus viajes a la Argentina para dictar cursos y congresos, distintas sociedades y fundaciones alemanas hicieron lo propio con becas posdoctorales de argentinos, e incluso la GTZ (Sociedad de Cooperación Técnica de Alemania) financió la compra de equipamiento para el Departamento de Química Inorgánica, Analítica y Química Física (DQIAQF) de la FCEyN con un subsidio de 4,6 millones de marcos alemanes.

Con el retorno de la democracia, en 1983, se empezó a reconstruir el sistema científico, vapuleado por los exilios, renuncias y desapariciones de trabajadores del sector. Se generaron redes de profesionales que trabajaban en el exterior y que, en contacto con las embajadas argentinas, reclamaron mejores sueldos y financiamiento para la ciencia de nuestro país.

La colaboración de Silvia fue tan fuerte que en el grupo de Fotoquímica del DQIAQF ella figuraba como investigadora responsable, aunque residiera en Alemania. “Tuvimos que hacerlo así porque no había quien dirigiera las tesis en ese momento en la Argentina, todos se habían exiliado o desaparecido durante la dictadura”.

Silvia recibió en su laboratorio a investigadores argentinos, con la condición de que se hubiesen doctorado en nuestro país. Siempre estuvo en contra de que hicieran su doctorado en el exterior, y sostiene su posición hasta el día de hoy, porque considera que una formación doctoral en un país con abundancia de recursos hace que sea muy difícil adaptarse luego a la situación argentina.

Además, sostiene que cuando se migra apenas se egresa, se pierde la posibilidad de establecer contactos locales, y se genera una red personal de afectos en el país de acogida. Todo esto dificulta el regreso a la Argentina, lo que Silvia considera importantísimo. Y es que ella entiende la formación en el exterior como un peldaño para mejorar el desempeño en investigación local. En definitiva, Silvia no quiere para “sus” investigadores lo que tuvo que hacer ella: irse para nunca más volver.

Agradecemos a Silvia Braslavsky por su tiempo y su entrega al contarnos esta historia desde Mülheim. Escucharla hablar sobre su fascinante vida es en sí misma toda una experiencia. Esperamos haber plasmado en este escrito, al menos en parte, su pasión por la ciencia y la política.

Esta historia forma parte del libro de Científicas de Acá, que pueden conseguir por acá:

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Somos Caro Hadad, Juli Elffman, Vale Edelsztein y Juli Alcain. Buscamos visibilizar a mujeres y personas del colectivo trans, travesti y no binario que se dedican a la ciencia y la tecnología en Argentina.

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Julieta Alcain

Julieta Alcain

Soy bióloga, pero no sé qué le pasa a tu potus ni puedo operar a tu gata ni tengo nada que ver con el mar. Comunicadora de la ciencia en entrenamiento.

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