Victoria Flexer: en la periferia de la periferia

Ilustración: Lucía Soler

Son muchas las historias de personas que emigran desde ciudades o pueblos pequeños hacia grandes centros urbanos para trabajar o estudiar, en busca de posibilidades que muchas veces no pueden encontrar en sus lugares de origen.

Son notablemente menos las historias de quienes hacen el camino inverso. Y la de Victoria es una de ellas.

Esta científica, que partió de la Ciudad de Buenos Aires a recorrer el mundo, decidió volver a la Argentina hace cinco años para instalarse en Jujuy, en el medio de la puna, en el “triángulo del litio”.

Allí donde el sol pega fuerte, donde la silueta de los cerros se adivina contra el cielo, donde el agua es el recurso más valioso, Victoria Flexer construyó desde los cimientos, en Palpalá, un centro de investigación. Confió en su capacidad, en la promesa del litio y en su convicción de que se puede hacer ciencia y tecnología de punta en la periferia de la periferia.

Hoy, a sus cuarenta y dos años, lidera un camino en la búsqueda de energías limpias y sustentables que permitan volver a poner a Latinoamérica en el centro de la escena. Y empuja desde los márgenes, mientras escribe su propia historia.

Un lugar en el mundo

Nacida, criada y educada en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (muy lejos del litio), Victoria hizo su doctorado en química en la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA. “Soy una orgullosa hija de la educación pública, desde salita de 4 hasta el doctorado”, se suele presentar.

Como muchas personas que quieren dedicar su vida a la investigación, se fue a trabajar al exterior. No se mudó una, sino tres veces: vivió en Francia, Australia y Bélgica. Allí se dedicó a estudiar procesos electroquímicos, que son los que permiten convertir energía eléctrica en energía química o viceversa.

Finalmente, en 2015, volvió a la Argentina con el objetivo de darle valor al litio de nuestro país. Parte de esa audaz decisión incluyó un giro rotundo en su vida: en lugar de instalarse en la ciudad que la vio nacer y en la que habitó durante 29 años, decidió aterrizar en San Salvador de Jujuy, cerca del Salar de Olaroz que, junto con el del Hombre Muerto -tal su sugestivo nombre-, son los lugares donde hoy se extrae litio en Argentina.

El secreto sucio de la energía limpia

El Salar del Hombre Muerto es la mina activa de litio más antigua de la Argentina. Se encuentra en las cercanías de Antofagasta de la Sierra, provincia de Catamarca, dentro del llamado “triángulo del litio”, que también comprende a las provincias de Salta y Jujuy y a regiones de Chile y Bolivia. Allí se concentran hasta el 80% de las reservas mundiales de este metal, el más liviano de la naturaleza. Especialistas de todo el mundo comparan este triángulo con las reservas petroleras de Arabia Saudita. Y no es sólo por la cantidad de litio en el conjunto de los reservorios, sino por su posible impacto en la economía global.

El litio se utiliza desde hace años en industrias como la farmacéutica, en la confección de cerámicas y vidrios, y más recientemente adquirió una importancia mucho más central: es el componente principal de las baterías recargables. En el proceso de transición -tan necesario- desde la energía a base de combustibles fósiles hacia energías más limpias, el litio como componente fundamental en las baterías de los vehículos eléctricos, cobró una importancia no prevista, y junto con él, el la “Arabia Saudita del litio” saltó al centro de la escena. Hay una gran expectativa de que reemplace a la real, la del petróleo.

El litio se encuentra disuelto en el agua subterránea de los salares. El proceso de extracción actualmente es muy poco eficiente en términos de tiempo y de dinero: se bombea el agua subterránea (llamada salmuera, porque es diez veces más salada que el agua de mar), se vuelca en piletones del tamaño de canchas de fútbol y se la deja evaporar por acción del viento y del sol. Esto puede tardar años, desperdicia cientos de litros de agua por cada kilo de litio y genera una alta cantidad de residuos que, aunque no son tóxicos, ocupan mucho lugar.

La sal de litio obtenida se exporta a granel a otros países que desarrollan las baterías a partir del mineral y las incluyen en los celulares, computadoras y otros dispositivos móviles de uso muy extendido. En el último paso de un círculo que nos beneficia más bien poco, importamos los dispositivos que contienen estas baterías, valuadas en hasta 100 veces más que el carbonato de litio, la materia prima extraída de los salares.

La necesidad de lograr una manera de extraer este metal de una forma más eficiente y amigable con el ambiente, que minimice el desperdicio del agua (recurso preciado en la árida puna argentina) y que disminuya la generación de residuos fue la que llevó a la protagonista de nuestra historia hasta Jujuy.

Ilustración: Lucía Soler

¿República Federal?

En la Patagonia, al otro extremo de nuestro extenso país, existe uno de los centros más pujantes de la investigación en física. El Instituto Balseiro, situado en Bariloche, recibe anualmente cerca de 50 ingresantes con beca completa para que puedan estudiar. Todes les docentes del Balseiro son además investigadores. Cerca de este instituto también hay un ecosistema de empresas y organismos que funcionan como un polo de investigación y desarrollo: INVAP, CNEA, el Centro Atómico Bariloche. Si bien en muchos otros países del mundo es común que las empresas se instalen allí donde están las mejores universidades de cada área específica, en Argentina el caso del Balseiro es la excepción. Las industrias se suelen concentrar en Buenos Aires, sin importar el rubro ni la disponibilidad de recursos humanos.

Ernesto Calvo, su director de tesis doctoral, le propuso a Victoria crear el “Balseiro del litio”: un centro que permitiera recoger a profesionales locales de universidades tales como la de Jujuy o la de Salta, generar conocimiento alrededor del litio, y lograr hacer ciencia de punta por fuera de las grandes ciudades.

El camino para llegar a ser la directora del Centro de Investigación y Desarrollo en Materiales Avanzados y Almacenamiento de Energía de Jujuy (CIDMEJu) no fue nada sencillo. En primer lugar, hubo que crearlo. Según cuenta Victoria, al momento de su llegada en la Universidad Nacional de Jujuy sólo había un investigador en el área de química, que hacía simulaciones computacionales. Notó que era fundamental abrir un laboratorio de química experimental, lo hizo y no tardaron en acercarse personas que quisieron investigar con ella. Es más: aún no había vuelto al país cuando los primeros tres integrantes de su grupo pidieron sus becas doctorales. Hoy su instituto está casi todo formado por personas jóvenes.

En un país falsamente federal, tampoco le es ni le fue fácil llevar adelante todos los trámites necesarios. “Argentina es un país terriblemente centralizado. La famosa frase ‘Dios está en todos lados pero atiende en Buenos Aires’ se cumple a la perfección. Cualquier tipo de trámite, cualquier problema que tengamos, todo pasa por el Polo Científico Tecnológico (la sede porteña del CONICET, organismo del que depende el CIDMEJu) y todo lo miran con ojos porteños. Y no tienen idea de qué les estamos hablando”, critica Victoria.

Tampoco le fue gratuito ser porteña, mujer y joven. Por alguna de estas características o una combinación de todas, a menudo se encuentra recibiendo miradas y comentarios que, muy probablemente, no recibiría si fuese local, varón o más mayor (o las tres cosas a la vez). Aunque señala que “nunca viví nada muy explícito”, sí ha notado diferencias “más subjetivas, de cómo sentís que te dicen las cosas” y agrega: “Pero yo no soy madre, con lo cual por cuestiones de no poder dedicarme al trabajo por estar al cuidado de otras personas no me tuve que preocupar. Siempre trabajé más de 40 horas semanales y no sé si hubiera hecho eso teniendo que criar hijos”.

Un lugar en el mundo

Es cierto que en Argentina ni las industrias, ni las universidades, ni las personas están bien distribuidas, pero vivir en Jujuy también tiene sus ventajas. Y eso Victoria lo tiene claro y lo destaca.

De su pequeña ciudad, de algo más de 250.000 habitantes, rescata el tipo de vida que puede llevar: viajes más cortos en auto o en colectivo permiten disponer de más tiempo para el trabajo, el ocio y los pasatiempos que, en el caso de Victoria, consisten en hacer largas travesías caminando o en bicicleta.

Además, según ella, dudosamente habría podido ser directora de un instituto, con sus jóvenes cuarenta y dos años si se hubiera instalado en la Ciudad de Buenos Aires. La misma centralización en tres o cuatro ciudades que genera obstáculos hace que en el interior haya una gran capacidad de crecimiento, porque hay poca gente que trabaja en investigación en estos lugares.

La dama del litio

Gracias a su experiencia como investigadora, tanto en nuestro país como en el exterior, Victoria hipotetizó que se podría resolver el problema de la ineficiente extracción del litio utilizando reactores electroquímicos. De esa manera, pensó, podría recuperar no sólo el litio en forma de carbonato sino, también, otros compuestos puros (que podrían ser aprovechados y no desechados como residuos) y, lo más importante, agua dulce. Efectivamente, su idea funciona. Por ahora, para pequeñas cantidades de litio, pero si gana terreno a escala industrial las comunidades locales podrían aprovechar el agua para desarrollar actividades agrícolas que, en la puna, dependen del riego intensivo.

Mientras tanto, otras soluciones parciales que ensayan Victoria y su grupo al problema de la evaporación del agua son lo que ella llama “parches”. Uno de ellos es una especie de invernadero que cubre el piletón y cuyo objetivo es poder recuperar el agua por condensación. No es una solución total, pero sí una que puede aplicarse en el corto plazo. Pero el objetivo final es no sólo aprovechar todos los subproductos sino también lograrlo en una fracción del tiempo, ahorrando al mismo tiempo mucho dinero. Hoy en día, el proceso es tan largo que la industria no puede responder rápidamente a cambios abruptos en la demanda del litio, lo que conlleva grandes pérdidas económicas para los países y las empresas.

El mundo actual necesita de energías más limpias, eficientes, sustentables y, sobre todo, justas. De nada sirve que la tecnología permita tener vehículos eléctricos en Europa, si no existe la que evite la contaminación y desperdicio de agua asociada a la extracción de la materia prima en Latinoamérica .

Y, tal como dice Victoria, para lograr este objetivo hay que pensar localmente, en conjunto con las personas que viven y trabajan cerca de los salares. Porque nadie tiene más interés que ellas en generar empleo de calidad y estrategias limpias de extracción, en hacer de Jujuy un centro de tecnología de punta, y en cuidar el agua, los suelos y la agricultura de su región.

Este relato forma parte del libro Científicas de Acá que puede comprarse aquí:

Agradecemos a Victoria Flexer por su generosidad al regalarnos su tiempo para contarnos su historia, sus viajes, sus ideas y sus intereses, y por la lectura de este manuscrito. Contar la historia de quien aún la está escribiendo es un desafío y nos alegra que las protagonistas puedan y quieran participar activamente en él.

Científicas de Acá es un proyecto colaborativo y solidario para visibilizar la historia y el trabajo de las mujeres y personas del colectivo LGBTQ+ en la ciencia y la tecnología en la Argentina. Pueden seguirnos en Instagram, Twitter y Facebook, visitar nuestra web, sumar nombres de científicas al listado, conocer más historias, mandarnos un mail o invitarnos a un cafecito para apoyar el proyecto ❤

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Somos Caro Hadad, Juli Elffman, Vale Edelsztein y Juli Alcain. Buscamos visibilizar a mujeres y personas del colectivo trans, travesti y no binario que se dedican a la ciencia y la tecnología en Argentina.

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Julieta Alcain

Julieta Alcain

Soy bióloga, pero no sé qué le pasa a tu potus ni puedo operar a tu gata ni tengo nada que ver con el mar. Comunicadora de la ciencia en entrenamiento.

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