Pueblos desgarrados a la sombra del Arco Minero

La afectación de ciento once mil kilómetros cuadrados (111.000 Mts2) del territorio del Estado Bolívar por el decreto del Arco Minero del Orinoco ha causado una enorme inquietud, por el impacto que comienza a tener y tendrá en el curso de los años por venir sobre los pueblos y comunidades originarias que hacen vida en el Estado Bolívar desde tiempo inmemorial, los efectos negativos sobre los ecosistemas, los cauces de agua y manantiales, la fauna y los bosques y, entre éstos, reservas forestales y áreas protegidas. Hay un aspecto sin embargo no menos importante que los enunciados, que reclama singular atención y que se refiere a los pueblos de esta región que han quedado, por su ubicación geográfica, bajo la sombra e impacto del decreto del Arco Minero. Pueblos como Guasipati, El Callao, Tumeremo, El Dorado, Santa Elena de Uairén y Caicara del Orinoco entre otros.

Varios de esos pueblos fueron fundados por misioneros antes de La Independencia, y otros, como El Callao, nacieron a mediados del siglo XIX, pero todos han jugado y juegan un papel de vital importancia en el poblamiento de un vastísimo territorio y fungen como bases para el control y protección de las fronteras este y sur de la República. La importancia de esas poblaciones crece si consideramos lo que son como cultura, familias congregadas en dinámicas comunidades, espacio de ricas expresiones lingüísticas del castellano, gastronomía, patrimonio y memoria histórica, que merecen y deben ser preservados como si de un ecosistema se tratara. Lo que se percibe a simple vista en relación a esos pueblos ubicados al sur del Estado Bolívar debe ser investigado a profundidad con el propósito de corregir los efectos nocivos que en el campo social y cultural viene ocurriendo, los cimientos en lo que se fundó la convivencia están siendo removidos, parecería que los sustituyen nuevas formas nacidas de la violencia, el vicio y el caos. No es casual que la masacre de Tumeremo haya ocurrido en ese pueblo y haya estremecido la conciencia nacional, tampoco es casual que el Municipio Sifontes del Estado Bolívar sea el foco del paludismo en Venezuela y que de allí se haya irradiado hacia ciudades y localidades muy distantes y que la difteria haya reaparecido precisamente en Tumeremo, tampoco son casuales, el desorden social y la incontenible migración hacia esa zona, que no cesa y que crece cada día como dolorosa recreación del mito del Dorado.

los cimientos en lo que se fundó la convivencia están siendo removidos, parecería que los sustituyen nuevas formas nacidas de la violencia, el vicio y el caos

Las viejas infraestructuras para los servicios de esos pueblos como los hospitales y dispensarios se han precarizado. Las estructuras de liceos y escuelas no resisten el crecimiento poblacional y el rostro urbano de los pueblos fue desdibujado por la anarquía que provocan las invasiones de las áreas de expansión, que controlan también las bandas criminales. Todo esto, si se investiga como impacto dañino o nocivo a la gente de esos pueblos a su paz, a los patrones de convivencia aquilatados por centurias, nos podría conducir a otra de las caras negativas que el Arco Minero, como expresión concreta del neoextractivismo, podría estar potenciando. Tal vez estamos a tiempo todavía de pensar en el modelo de desarrollo sostenible centrado en la dignidad de la persona, la prosperidad y la paz.

Artículo escrito por Aiskel Andrade, profesora, investigadora y directora del CIEPV.

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