Oaxaca

Reflexiones de mi último viaje a México

Antonio Moya
Dec 1, 2015 · 9 min read

Decir que México es un país de extremos no supone ninguna novedad. Pero que las mismas situaciones vividas en estancias anteriores en México, en esta ocasión me hayan generado sensaciones opuestas resulta verdaderamente desconcertante. No sé si el que ha cambiado es México, o he sido yo, o tal vez un poco cada uno; pero la verdad es que este país me tiene fascinado. Y desde luego tengo cada vez más claro que carece de sentido seguir hablando de países desarrollados, subdesarrollados o en vías de desarrollo, como si el desarrollo fuera una línea recta sobre la que situar a los países, unos por delante de otros. La realidad es mucho más compleja y rizomática; tratar de ver los países económicamente más desarrollados como los referentes para los menos desarrollados es un terrible error, que puede hipotecar gravemente -una vez más- su futuro e incluso el del planeta entero.

A priori debería resultar inevitable que un europeo como yo -un europeo de segunda categoría- sintiera cierta condescendencia hacia los ciudadanos de este país, pues viniendo de un lugar en el que nuestras comodidades exceden con creces las puramente necesarias para vivir dignamente, percibir las carencias de las necesidades más básicas en algunas regiones de México no deja impasible ni al alma más gélida. Y sin embargo, algo me dice que ni allí está todo tan mal, ni aquí todo tan bien, sino que es cuestión de enfoque. Que el mexicano de clase media, si es que tal cosa existe, tiene “menos” que un europeo medio es fácil de argumentar; que probablemente haya tenido muchos más problemas familiares que casi cualquier homólogo occidental; que sufre de graves injusticias sociales bochornosas a ojos del primer mundo -ríase Usted de la corrupción española-; todo eso parece incuestionable. Pero no menos cierto es que, pese a todas las adversidades, las carencias, las deficiencias del país, las graves inequidades; pese a todo ello, me atrevería a decir que ellos saben ser un poquito más felices que nosotros. Me explico.


VIVIENDO LAS CALLES EN OAXACA

Mientras en Valencia y España nos devanamos los sesos para darle vida a nuestros espacios públicos más allá de las celebraciones tradicionales e institucionalizadas, en Oaxaca celebrar la calle es la norma, y ocurre continuamente. Cualquier pretexto es bueno para montar algo sin grandes rodeos: mercados, bandas de música y danzas populares, pero también instalaciones sobre ciencia, desfiles de zombies, ferias del libro y montajes artísticos. El sentido de lo público está muy arraigado en Oaxaca, y siempre hay algo nuevo que conocer en los lugares de siempre. Oaxaca es una ciudad repleta de artistas creativos y gente con mucho talento deseosa de compartir sus experiencias con los demás.

FLEXIBILIDAD

Al vivir unos días en Oaxaca, me vuelvo a dar cuenta de que la excesiva normativización en nuestros países “desarrollados” está ahogando la creatividad y la espontaneidad. La falta de normas y el aparente caos urbano de una ciudad como Oaxaca tiene también algo atractivo que invita a la improvisación. En un momento dado, poder meternos ocho personas en un coche sin preocuparnos por si nos detendrán -desde luego, no éramos ni de lejos los que más llamábamos la atención en la carretera- es un buen ejemplo de la versatilidad que ofrece un país sin tanta regulación, que en ciertos aspectos puede hacer sentir a uno más libre que en su propia ciudad… La facilidad para celebrar cualquier acontecimiento en la calle es, precisamente, consecuencia directa de esa flexibilidad normativa. En comparación, me preocupa que occidente, llevadas al extremo, todas esas normas que deberían hacer nuestras vidas más felices y equilibradas acabarán matándonos de aburrimiento…

MAL HUMOR ESPAÑOL

Algo que me llama enormemente la atención es el mal humor de nuestra gente. La facilidad con la que nos quejamos de todo es asombrosa, y a menudo la forma de dirigirnos a los demás es grosera y roza la mala educación. Sobre todo se percibe una enorme diferencia, entre españoles y mexicanos, en las personas que trabajan de cara al público, desde meseros hasta recepcionistas de todos los lugares. En Oaxaca, prácticamente todos estos trabajadores se dirigen al público y a los clientes con amabilidad y tranquilidad -a veces con un exceso de servilismo-. Incluso tras escuchar las quejas de algún cliente impertinente, el trabajador que le atiende rara vez parece sulfurarse y perder la calma. Qué diferencia con muchos de nuestros queridos antipáticos compatriotas, cuya cara al atenderte parece estar esperando una disculpa por no se sabe muy bien qué.

TRANSPORTE

Aquí sí que no hay color: gana España por goleada, y eso que no somos un modelo de movilidad… Si hay algo que no ha cambiado cada vez que he regresado a Oaxaca ha sido mi opinión sobre los taxis. Los odio por muchas razones. Es obvio que funcionan por mafias dirigidas por unos pocos millonarios priistas que se enriquecen a costa de un servicio extremadamente deficiente hacia los clientes -taxis en mal estado, conductores temerarios, número de pasajeros excesivo y decoración espantosa del coche- y a costa también de los propios trabajadores que manejan sus taxis. La mafia llega a tal extremo que los taxistas se han organizado varias veces, evidentemente siguiendo las órdenes de sus jefes, para impedir que se instale un servicio de transporte público decente que conecte Oaxaca con los municipios de alrededor. Protestan, cortan las calles, y no hay dios que pueda hacer algo, a no ser que el gobierno saque los tanques… Todo apunta a que, al menos en Oaxaca, el sistema de taxi ya es perpetuo y va a impedir que las comunicaciones mejoren.

RESIGNACIÓN

Relacionado con el punto del transporte, parece que gran parte de la gente de Oaxaca esté resignada a su estilo de vida actual, como si tuviera miedo al cambio y al progreso, o como si se dejaran llevar por un puñado de personas pseudopoderosas de la ciudad a las que no conviene que la situación mejore. La cerrazón de mente de muchos oaxaqueños es tal que están dispuestos a pelear por quedarse tal como están en lugar de escuchar propuestas que indudablemente mejorarían la calidad de vida de todos ellos. En los taxis se podían leer mensajes de protestas que alegaban que sus familias vivían únicamente de los ingresos de un taxista y que la instalación de un metrobús les perjudicaría gravemente… Y en lugar de escuchar medidas, debatir y comprender que puede haber muchas otras familias afectadas por sus bloqueos y la deficiencia del servicio, se cierran en banda -por órdenes de un superior- y se acabó de hablar. Y esta realidad es extrapolable a muchos ámbitos de la política oaxaqueña. Si el gobierno municipal de un pequeño pueblo quiere poner un parque, ya se encargarán los del partido contrario de boicotearlo y destruirlo para ganar las próximas elecciones. Y así parecen funcionar, por los siglos de los siglos.

VIVIR AL DÍA

Afortunadamente, existe una generación de jóvenes oaxaqueños y mexicanos con ganas de cambiar la situación, de prosperar, de mejorar su país. Pero todavía creo que son una minoría. En México, gran parte de su población vive al día: con lo que venden en la mañana, pueden comer y cenar ese día. Así vive la gente de los cerros, y así lo seguirá haciendo indefinidamente -como ha ocurrido en España, en el campo y en los pueblos, hasta hace bien poco-, a menos que se implementen grandes políticas para reducir la exagerada desigualdad en México. No sé si será necesario un mesías, o si podrá ocurrir desde las escalas más locales, pero en el horizonte de Oaxaca no se atisban profundos cambios.

TODO ES UN POCO CUTRE… O CHAFA

La vida al día se manifiesta también en las pequeñas cosas: casi todo lo que nos rodea parece estar mal acabado, como si se hubiera hecho con prisas, sin planificar. Si una familia se quiere construir o ampliar su casa, irá comprando materiales y, sobre la marcha, irá ajustando el diseño. Si a mitad de casa se queda sin presupuesto, pues se para la obra, no pasa nada. Ya llegará otro momento para finalizarla. Y pasan los años y muchas casas siguen así, a medio hacer. Que hay que pintar un rótulo para una tienda, pues empiezan poniendo letras hasta que se dan cuenta de que la palabra es demasiado larga… Bueno, siempre se puede arreglar al final. Y así, infinitos ejemplos: los famosos e impredecibles topes de la carretera, cada uno de una forma; la esperpéntica decoración de los mototaxis; huecos mínimos para los árboles excavados en la acera en el último momento, etc. Será cuestión de poner un poco de orden y tratar de ver más allá del día a día, digo yo…

CALMA

En Oaxaca no existen las prisas: “¡sí llegamos, tranquilo!”, me decían más de una vez, cuando ya era la hora para estar en un evento y aún ni habíamos salido de casa… Y llegar, claro que llegábamos, pero tarde… Aunque siempre hay algo que hacer, todo parece estar rodeado de una parsimonia eterna. Para alguien ansioso que se desespera con facilidad como yo, pasar una temporadita en Oaxaca es una excelente terapia para comprender que nada es tan acuciante como para ponerse nervioso, si al final del día todos llegamos a casa a dormir.

GRANDES CONVERSACIONES

Supongo que como consecuencia de esa calma generalizada, es entre los oaxaqueños donde he conocido a algunas de las personas más interesantes, cultas, amables y atentas. Las personas hablan largo y tendido sobre diferentes temas, escuchan con atención a los demás, sin juzgar lo que oyen, con curiosidad por lo que no conocen… En fin, son sensaciones que en España prácticamente solo tengo entre mis mejores amigos y las personas de más confianza.

SERVILISMO

El sentimiento de clases está todavía muy arraigado entre la gente mexicana. Oaxaca es uno de los estados con mayor población indígena; rara vez te cruzas por la calle con algún criollo. Y sin embargo, son ellos los que detentan el poder del país: las personas más poderosas son blancas. Hasta las telenovelas reflejan una sociedad exclusiva que, aunque representa a una ínfima minoría del país, recoge muy bien la actitud servil: ricos señores blancos, con mansiones, coches de lujo y problemas de lo más superficiales, a los que sirven criados y jardineros indígenas, pequeños y cabizbajos. Y en las calles se nota este, a mi juicio, sentimiento resignado de inferioridad, fruto de la difícil historia latinoamericana. Muchas personas andan, como en las telenovelas, cabizbajas, y si les pregunto algo, responden monosilábicamente y con timidez, y rara vez se les ve iniciar alguna conversación, como si no les perteneciera el derecho de preguntar. Desde luego, mucho nos tuvimos que esforzar los españoles para hacer sentir a las personas de otras razas seres de segunda clase…

CIUDAD INFORMAL

Aprovechando este viaje a México, comencé la lectura del libro “Ciudades radicales: un viaje hacia la nueva arquitectura latinoamericana”, de Justin McGuirk. Se trata de todo un alegato hacia la ciudad informal latinoamericana no como un problema, sino como la mejor solución posible hacia la enorme demanda de viviendas en las grandes ciudades de todo el continente -en el libro, el autor se centra en algunos proyectos que invitan a la esperanza para la ciudad informal-. Aunque las casas autoconstruidas no están exentas de inconvenientes y deficiencias, merece la pena nuevamente desprenderse de la actitud paternalista occidental para comprender su razón de ser y aprender de ellas. Esta vez traté de ver de este modo positivo la ciudad informal de Oaxaca. A pesar de la importante falta de infraestructuras de calidad, que son competencia de los gobiernos, la gran mayoría de oaxaqueños vive en casas diseñadas a medida y construidas por ellos mismos, que cubren todas sus necesidades básicas. Que la situación se regule y la ciudad informal se convierta en algo digno que pueda coexistir con la ciudad formal, depende, por ahora, de las políticas públicas.


Oaxaca, México, Latinoamérica; son lugares extremadamente complejos que no se pueden analizar ni comprender desde la perspectiva europea. Es imprescindible reflexionar profundamente sobre la realidad de las ciudades latinoamericanas. Su aparente caos es consecuencia de una turbulenta historia, de la que afortunadamente han emergido sociedades con un enorme potencial. No debemos pensar para el futuro en políticas y proyectos como solución a sus problemas urbanos y sociales, sino trazar, entre todos, planes concienzudos que incluyan estrategias, desarrolladas colectivamente, para mejorar, poco a poco, algunas de sus situaciones extremas más acuciantes. Pero, sobre todo, a día de hoy, Oaxaca es una ciudad, a pesar de todo, llena de personas increíbles, con inquietudes y grandes valores, con muchas ganas de luchar por su país, y de las que españoles y europeos como yo no podemos hacer más que aprender.

Ciudad Poliédrica

Miradas sobre la ciudad contemporánea desde el urbanismo y el arte

Antonio Moya

Written by

Architect & Musicien working for social urban innovation

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