Coaching Racional Lingüístico: Primer boceto

Es un nombre tentativo pero sirve para comenzar a desarrollar las primeras expresiones del modelo.

¿De qué se trata? La idea central consiste en describir el modo en el que el pensamiento crítico puede ser una herramienta suficiente y esencial para obtener resultados «terapéuticos». Las comillas son importantes y regresaré a ello en un apartado posterior de este documento.

Me dirijo a quienes ya se dedican a ayudar a otros y también a los que desean desarrollar habilidades para ayudarse a sí mismos.

Para iniciar esta expedición, quiero contar la historia. Siempre he creído que conocerla muchas veces explica y justifica el resto. A eso voy… más bien, de allá vengo:


Así me fue en la feria

Mi experiencia inicial en el universo de la «terapia» fue ambigua: por un lado, para mi madre ésta era una ayuda necesaria para cualquier ser humano; por el otro, para mi padre ésta sólo estaba destinada a los locos de remate.

En mi pre-adolescencia viví un proceso terapéutico con una mujer alemana que terminó siendo una influencia muy importante en mi vida en más de un sentido. Dadas las definiciones parentales que tenía, supongo que tenía la opción de clasificarme como una persona común o como un enfermo mental, claro está.

¿Recibí «ayuda» durante aquellas sesiones con Íngala Robl? No estoy seguro. No recuerdo haber deseado ir cada semana a su consultorio pero sí recuerdo que nunca me quejé. Con el beneficio de la retrospectiva, infiero que era demasiado joven para evaluar si las conversaciones con ella me eran de utilidad.

Lo que me queda, tras todo este tiempo, es que esa experiencia tuvo implicaciones vocacionales sólidas en mí.

Muchos años después — y tras haber intentado forjar un futuro profesional en la Facultad de Ingeniería de la UNAM — decidí realizar mis estudios universitarios bajo el ala de la Psicología Humanista.

Tuve mucha suerte porque durante ese periodo escolar y aún posterior probé de todo, mucho más que lo que el mote «humanista» abarca, como practicante ocasional y como estudiante obsesivo: el psicoanálisis (pasando por Freud, Jung, Klein y Lacan), la psicología humanista (principalmente de Rogers y su enfoque centrado en la persona, y de Perls y sus formas pre-Gestalt para ayudar a otros, además de algunos coqueteos con Maslow, Fromm y Frankl), la psicoterapia sistémica familiar (desde el grupo de Bateson y Watzlawick hasta la estructural de Minuchin, la estratégica de Haley y las constelaciones familiares de Hellinger), algo de psicocorporal (el modelo de Reich y el método Core Energetics de Pierrakos) y algunas otras hierbas.

Ya tendré tiempo de divagar en algunos de estos modelos y, en específico, en los segmentos de ellos que alimentaron a la propuesta que estoy presentando en este documento. Lo haré en otro momento, por supuesto, y cuando me parezca que su relevancia es mayor.

Como algunos de mis lectores saben, fue la Programación Neuro-Lingüística el modelo que me cautivó y el que terminé explorando hasta profundidades insospechadas. De hecho, mi interés se disparó a partir de un comentario inocente que le escuché a Bert Hellinger acerca de los creadores de la PNL en alguno de los talleres o conferencias a los que asistí siendo un incipiente aprendiz.

Era 1997. Sin ánimos de ser exacto pero con ganas de relatar la experiencia, — palabras más, palabras menos, pues — Bert respondió una pregunta diciendo que, «si hubiera conocido el trabajo de Bandler y Grinder antes», se habría ahorrado algunos años de trabajo. Lógico, quise experimentar eso también.

Mi móvil era uno: Quería ser terapeuta y quería ayudar a la gente. Quería ser como Íngala.


Dos ejemplos para arrancar

Comenzar con mi práctica privada fue un paso natural y hasta fortuito. Teniendo ya experiencia en la práctica de la Programación Neuro-Lingüística e incluso habiendo impartido pequeños talleres al respecto (además de las clases que dictaba en un programa de Desarrollo Humano en la misma institución en la que cursaba mis estudios universitarios) mis alumnos me preguntaban con frecuencia si podía ayudarlos en un contexto privado.

Para mí era una oportunidad para poner en práctica mis habilidades, por supuesto, pero también lo era para comenzar a trazar las primeras líneas de un modelo terapéutico que se adecuara a mi personalidad y expectativas.

No cabe duda que, en esa época, el eje central de mi metodología era la PNL; sin embargo, no lo estaba haciendo de la forma en la que me habían enseñado, sino en la que yo la estaba desarrollando.

Me explico con dos ejemplos concretos:

El primero es acerca de una de mis alumnas que me pidió ayuda para su hijo con un problema sorprendentemente serio de tartamudez. Decidí recibirlo con la advertencia de que yo no tenía experiencias previas y de que, por ello, primero tendría que averiguar si sería capaz de ayudarlo.

No. No hice un «reencuadre en seis pasos» o una «reimpronta»; tampoco se me ocurrió aplicar un «cambio de historia personal» y desprecié los «colapsos de anclas»…

Entonces, ¿qué fue lo que hice? Lo que hasta ese momento sabía: detectar patrones específicos que el muchacho utilizaba para sostener el problema e investigar si aprovechándolos o modificándolos podíamos obtener alguna clase de resultado.

Por supuesto, las herramientas que tenía disponibles eran derivadas mayormente de la PNL (estrategias, meta programas, submodalidades, etc.) aunque ineludiblemente utilicé también conocimientos provenientes de otras disciplinas que ya había estudiado y practicado con una conveniente obsesión (lingüística, enfoque centrado en la persona, teoría general de sistemas, etc.)

¿Qué fue lo que pasó? Descubrí la forma peculiar y específica en la que este chico parecía estar manteniendo esa conducta y encontré diversas implicaciones de ello en otras áreas de su vida. A partir de aquí, pude enseñarle a dejar de tartamudear y a hablar con una mucho mejor fluidez. Le tomó varias horas de práctica para tener resultados evidentes y duraderos pero fue notable que ciertamente habíamos encontrado un camino para conseguirlo.

Tras el éxito en el proceso, su madre me refirió a otros 13 chicos en la misma situación, lo que me abrió un campo mucho más amplio de investigación. Es importante señalar que, en todos los casos (incluyendo al primero de ellos), ya se habían descartado razones físicas del problema, lo que me garantizaba que el asunto estaba «en la cabeza» y no en el aparato fonador.

Pude ayudar a y obtener resultados similares (e incluso mejores) en la mayoría; sólo con dos de ellos no pude conseguirlo y no supe descifrar qué hacer para ayudarlos.

Ya tendré oportunidad de explicar aquí los elementos críticos que determinaron los resultados en estos casos; sé que algunos de mis lectores podrían estar interesados en ello y sin duda lo haré en el futuro cercano.

El segundo ejemplo que quiero relatar tiene que ver con una chica con trastornos alimentarios.

Resulta que en algún momento comencé a recibir a algunos pacientes de una alumna nutrióloga para enseñarles herramientas específicas que les ayudaran a conseguir sus objetivos en conjunción con el tratamiento que llevaban. Esta chica, hija de un médico amigo de la familia de mi alumna, también era su paciente.

Aquí fui yo el que solicitó un espacio para ver «cómo funcionaba» el problema. El padre de la muchacha aceptó mi propuesta argumentando que, a esas alturas, no tenían nada que perder y mucho que ganar.

Sobra decir que no soy médico y mucho menos un experto en un tema tan complejo como ése. Sin embargo, pude hacer lo que esperaba: encontré patrones muy específicos que estaban «ayudando» a mantener el «trastorno» que la chica tenía.

Lo que le enseñé a hacer fue un importante ingrediente para que el tratamiento con su psicólogo y con sus múltiples médicos tomara una dirección diferente y más cercana a los resultados deseados.

Una vez más, tuve la suerte de que la nutrióloga y el padre de la chica me pusieran en contacto con otros chicos en situaciones similares. Descubrí algunos elementos críticos adicionales y formalicé algunas ideas al respecto; como dije en el ejemplo anterior, ya encontraré el tiempo para explicarlo con detalle.

¿Qué es lo que quiero ejemplificar con estos dos relatos? Algo importante para los fines de este escrito: el modelo que ahora llamo «Coaching Racional Lingüístico» (CRL) -y que sin dudas tiene sus orígenes en experiencias como las que he descrito- tiene algunos criterios generales que lo definen claramente y que lo diferencian de otros modelos de ayuda.

A continuación haré un primer intento para hacerlo explícito.


Los tres elementos nucleares de un modelo de ayuda

Para mí, un modelo de ayuda debe tener tres «obligaciones»: la primera de ellas es que el modelo debe proporcionar un conjunto de premisas bien articuladas desde donde sea posible hacer explicaciones, llevar a cabo intervenciones y hacer cálculos de los resultados potenciales.

Otra forma de decirlo es que éste debería proponer un «marco teórico» desde donde se presuma su funcionamiento y utilidad; es decir, un listado de ideas o supuestos que justifiquen su existencia y expliquen la manera en la que dicho modelo opera.

De esta manera, creo que un modelo de ayuda debería ofrecer una respuesta a la pregunta «¿por qué?»

El segundo elemento de un modelo de ayuda, creo yo, tiene que ver con el hecho de presentar una metodología inequívoca por medio de la cual el practicante de dicho modelo pueda ejecutarlo sistemáticamente.

Por supuesto, quizás sea cuestionable que efectivamente llegue a ser posible ofrecer un algoritmo inequívoco, sobre todo considerando que hay modelos compuestos por procesos difíciles de formalizar a semejante grado; sin embargo, sigo pensando que un modelo que pretende ser transmitido y replicado debería hacer lo posible por cumplir este cometido.

Pensándolo una vez más en términos interrogativos, un modelo de ayuda debería preocuparse por responder a la pregunta «¿cómo?»

Finalmente, la tercera área que un modelo de ayuda debe cubrir es el hecho de delimitar con precisión los objetivos que pretende conseguir.

Por enunciar algunas referencias históricas y hablando en general, es más o menos claro que, por ejemplo, las intenciones de los modelos conductistas pueden definirse en gran medida a partir de los cambios conductuales que su aplicación promueve; si hablamos de modelos psicoanalíticos, es sensato afirmar que parte de sus objetivos se definen en función del grado de análisis que las personas alcanzan a través del proceso; si consideramos a varios de los modelos que constituyen a la psicología humanista, sería razonable proponer que su objetivo se trata de promover el desarrollo del potencial de las personas.

Así, me parece esencial que un modelo de ayuda cualquiera responda con claridad a la pregunta «¿para qué?»

¿Cuáles son las premisas, metodologías y objetivos del CRL? Cumpliré esta tarea en el siguiente apartado.


Ahora sí: El primer boceto del Coaching Racional Lingüístico

Del «por qué» y del «para qué»: algunas funciones del coach y por qué llamarlo «coaching»

Es probable que el primer cuestionamiento que amerita respuesta puede expresarse de las siguientes maneras:

  • ¿Por qué la gente vive situaciones que impiden su desarrollo pleno?
  • ¿Por qué las personas no pueden superar con facilidad algunas de esas situaciones por sí mismas?
  • ¿Por qué sufrimos?

Por supuesto, hay otras maneras de enunciar la misma pregunta. Independientemente de ello, ésta me parece un elemento esencial para explicar los supuestos de los que partimos en el CRL.

Mi primera respuesta es ésta: las personas sufrimos por ignorancia.

No quisiera que mis lectores me malentendieran. Cuando digo «ignorancia» me refiero a la ausencia de los conocimientos o experiencias necesarias para afrontar una situación o experiencia desafiante.

¿Por qué el chico tartamudo tartamudeaba? Entre otras cosas, porque desconocía los procesos presentes que mantenían su problema, ni siquiera habría sabido describirlo y mucho menos conocía la forma de interrumpir dichos procesos o se imaginaba mecanimos más adecuados para practicarlos y obtener resultados diferentes.

¿Por qué la chica con el trastorno alimentario no podía superarlo a pesar de la ayuda médica que recibía? Entre otras razones porque, a pesar del muy detallado conocimiento del problema, ignoraba la existencia de varios elementos que eran relevantes y los intrincados procesos que se conjugaban para obstaculizar los esfuerzos que en otras áreas estaba llevando a cabo.

En el modelo que estoy presentando, este apartado es medular: para mí, la ignorancia se combate con educación. Así, el CRL no es tanto un modelo terapéutico como lo es educativo: no estoy aspirando a un escenario transformador con base en un conjunto de técnicas aplicadas ahí, por ejemplo; más bien, estoy apuntando a un contexto que sirva para disolver la ignorancia de las personas que hace que sus situaciones indeseables o problemas se mantengan o parezcan imposibles de resolver.

Es por esto que, al inicio de este escrito, entrecomillé al adjetivo «terapéuticos» (¡Ups! ¡Lo hice otra vez! :D)

De hecho, de estas ideas he elegido el concepto de «coaching» para nombrar al modelo: quiero que los practicantes orienten su esfuerzos al entrenamiento de habilidades específicas y a la obtención de objetivos claramente establecidos.

Como explicaré algunos párrafos más adelante, resolver la ignorancia a partir de un entorno educativo implica necesariamente el desarrollo de ciertas habilidades. Pues bien, la función primaria del coach racional lingüístico es entonces entrenarse en estas habilidades — a sí mismo y a quien esté ayudando (si es el caso) — y diseñar su intervención en función de los objetivos de dicho entrenamiento.

Sé muy bien que al elegir semejante término estoy corriendo un riesgo: que se defina a este «coaching» como a los diversos modelos de ayuda, asesoría, terapia, consultoría y consejería que llevan ese nombre y que tan populares son hoy en día. Si la confusión llegara a ser incómoda en algún momento futuro, se me ocurre que podría cambiar el nombre a «Entrenamiento Racional Lingüístico», por ejemplo.

Mi segunda respuesta a la pregunta que postulé al inicio de este segmento es la siguiente: las personas sufrimos porque el aprendizaje que podría eliminar nuestra ignorancia no tiene el impacto debido.

Para explicarlo, tomaré prestado el concepto de «insight» que diversas disciplinas emplean para referirme a ese tipo de entendimiento que muchas veces conlleva cambios profundos en la interpretación y significado que le damos a las experiencias.

Al mismo tiempo, me referiré a la propuesta de Gregory Bateson acerca de los niveles del aprendizaje (originalmente llamados «Categorías Lógicas del Aprendizaje y la Comunicación») específicamente en cuanto a la implicación de que es posible experimentar diferentes niveles de profundidad en lo que al aprendizaje se refiere.

Muchas veces las personas tienen insights que deberían reducir o eliminar la ignorancia que les impide cambiar. La pregunta es: ¿por qué a veces eso no parece suficiente? Me parece que la clave está en el nivel de profundidad o la intensidad que dicho aprendizaje tuvo para la persona.

Así, la otra función primordial del coach racional lingüístico es construir un entorno propicio para que el aprendizaje obtenido por medio del entrenamiento tenga el impacto suficiente como para dirigirse con mayor probabilidad a los objetivos establecidos.

Del «cómo»: las habilidades del coach racional lingüístico y por qué llamarlo «racional» y «lingüístico»

El supuesto del que partiré para ofrecer un acercamiento a la metodología del CRL es el siguiente: el lenguaje es la vía regia a la mente de las personas.

Lo que quiero decir con esto es que, en realidad, uno de los vehículos más eficientes para comprender lo que ocurre en la mente de los seres humanos es su lenguaje. Después de todo, cuando una persona intenta compartir algún contenido de su mente con otro, debe llevar a cabo un proceso de «traducción» para poder «sacarlo» de ahí. ¿Cómo lo hace? Claro: por medio de su lenguaje — verbal y no verbal, consciente e inconscientemente — .

Sin embargo, no todos saben obtener la información necesaria de lo que significa el lenguaje de los demás. De hecho, sin ánimos presuntuosos o de soberbia desproporcionada, diré que casi nadie sabe hacerlo. Lo que ocurre es que, para el tipo de trabajo que aquí estoy proponiendo, juzgo indispensable una comprensión profunda del fenómeno lingüístico y una percepción afinada para distinguir la gran cantidad de información que las personas transmiten al comunicarse y clasificarla correctamente en función de los objetivos del coaching.

Es aquí en donde radica la importancia del primer conjunto de habilidades que un coach racional lingüístico debe desarrollar: habilidades lingüísticas para comunicarse con los demás con la finalidad de descubrir la información necesaria para diseñar y entregar una intervención efectiva.

Y es justo desde esta perspectiva de donde proviene la razón por la que he elegido el nombre «lingüístico» para denominar al modelo.

Ahora bien, ¿cuál es el segundo conjunto de habilidades que el coach racional lingüístico necesita desarrollar?: habilidades de pensamiento crítico para llevar al coachee al nivel adecuado de profundidad en sus insights.

Así, con las destrezas lingüísticas adecuadas es posible detectar en el lenguaje del otro (o en el propio) los elementos que están siendo ignorados y que promueven la permanencia de la situación indeseable o del problema que se pretende resolver. Las aptitudes de pensamiento crítico son indispensables aquí para elaborar las preguntas correctas y diseñar los mensajes adecuados que lleven «de la mano» al coachee desde el aprendizaje más superficial hasta el insight necesario para poder promover el cambio deseado.

A partir de esto se explica mi elección por el término «racional» que constituye al nombre del modelo.


Consideraciones finales

Estoy consciente que con este boceto inicial no se puede construir un castillo. Sin embargo, confío que la redacción de este material me ayude a organizar las ideas que por tanto tiempo he aplicado con éxito en el contexto «terapéutico» que utilizo con la gente que asesoro y así vaya desenvolviendo, poco a poco, el resto de la formalización que pretendo realizar.

Por ejemplo, me parece que toda esta descripción me da el pretexto perfecto para justificar por qué es que opino que una intervención «racional» puede tener efectos en otras esferas de la personalidad (por ejemplo, en la «emocional») y contrario a lo que en varios modelos se pregona.

En eso quedo. Mi próximo escrito tendrá ese objetivo como misión. En eso me quedo.

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