19.

Fui a tu casa. Ese día no estabas.

Fui porque tus hermanas saldrían con mis amigos y me tocó pasar por ellas. Como siempre, me hicieron esperar una eternidad.

Mientras esperaba, entré en tu habitación.

Estaba oscuro. Las cortinas impedían la entrada de luz. El azul de las paredes daban la sensación de que era más pequeña de lo normal. Todo estaba recogido e impecable.

Admiraba que no tenías nada. No había juguetes, ni objetos de decoración. Solo una pequeña cruz colgaba del muro y algunos libros viejos de cuando estudió tu padre.

Sobre el buró vi tus libros de la escuela y un compendio enorme de física universitaria. Era ese del que te leías toda esa información de la que siempre hablabas.

Cuánto tiempo pasamos hablando sobre el espacio y el tiempo. Sobre la expansión del universo. Sobre los planetas. Sobre la creación y sobre Dios. Es curioso como se diluye el pasado y solo quedan las anécdotas. Solo hermosas historias de todo eso que hoy ya no existe.

Eso de la física era una cosa más de la lista de «las cosas estúpidas que compartíamos». Nunca amé tanto la física como te amé a ti.

Mientras que en mi habitación hay objetos de todos los momentos de mi vida, juguetes viejos, muchos libros y mi colección de piedras del mundo, (prácticamente una jungla); tu habitación solo tenía ese viejo ropero y sus pálidas paredes azules. Era como la reja de un monje sin ambiciones.

La maldita curiosidad me hizo hurgar entre tus cosas. Abrí el cajon de tus calzoncillos. Me dio ternura ver los que tenían dibujitos. Eras un niño. Mi niño.

Me acosté en tu cama. Olía a ti. Cerré los ojos y abracé tu almohada. Estabas ahí. Me perdí en ti largo rato. En ese momento sentí la tristeza. La tristeza de no poder tenerte.

Como una premonición fui consciente por un segundo de la dura verdad:

Tu habitación solo era tuya cuando estabas tu. Me sentí como esa habitación: Vacío y sin sentido. Sin ti ningún objeto tenía sentido. Supe desde antes lo que sería mi destino. Un sinsentido sin ti.

De repente abrí los ojos y la vi.

¿Te acuerdas de la caja azul donde guardábamos las cosas especiales? Ahí estaba encima del ropero. (Todo en tu vida siempre era azul. Mi color favorito). Alcé mis brazos para bajarla. Ahí estaban todas esas cosas especiales. Recuerdos de tantos momentos de la vida de todos nosotros.

Me dio esperanzas saber que sí tenías muchas cosas ahí cuidadosamente resguardadas. Como un tesoro oculto a los indignos ojos del mundo.

Tiempo después cuando construí el cofre de madera para guardar todas esas cosas, estuve a punto de tirar la caja azul. Cuando por mero impulso olí dentro de la caja, sentí el aroma de tu habitación, el aroma de tu cuerpo. No pude tirarla.

Y esa caja azul está guardada aquí en mi closet.

Sigue intacta como ese día que la vi en tu habitación. Con la diferencia de que hoy resguarda mis pertenencias, ya no las tuyas.

Nuestra caja azul se encuentra en «el top 5 de los mejores destinos finales de las cajas de cartón». La caja azul es un sobreviviente del pasado. Es un testigo con quien comparto esa parte de la historia de los dos. Después de estos años ya no huele a ti. Pero la memoria es más fuerte que los sentidos. Así que a veces, cuando más te extraño, sigo encontrándote en esa estúpida caja.

Me quede acostado en tu cama largo rato mirando el techo. Imaginando que entrarías en cualquier momento por la puerta de la habitación. Imaginando que te acostabas a mi lado y me clavabas tus ojos en los míos. Esa mirada que siempre me venció. La mirada a la cual me rendí. A tus ojos en los que me abandonaba por completo.

Sin darme cuenta me quede dormido soñando en tus ojos. En ti.

Solo sentí el tacto de tu hermana que me despertó. Desorientado tardé en darme cuenta en donde estaba.

Era hora de irnos.