

Las disputas ideológicas por la visita del Papa Francisco
Por Ángel Romero
La visita del Papa Francisco sigue acaparando la atención de la prensa nacional. Los encabezados y las imágenes que llenan las primeras planas de los principales diarios del país no dejan mentir.
Pero esta atención no únicamente se centra en la descripción de las jornadas del Papa con la feligresía y sus encuentros con distintas autoridades gubernamentales, sino en las posiciones encontradas surgidas en los distintos editorialistas de la prensa escrita a partir de su visita.
La columna de Federico Arreola que lleva por título “El papa Francisco visto por el cisne, de la Jornada, y el marrano, de Milenio” resalta precisamente estas diferencias ideológicas y políticas de los diferentes articulistas, ejemplificándolas a través dos opiniones polarizadas: la de Pedro Miguel de La Jornada y la de Álvaro Cueva en Milenio.


Pedro Miguel, con un lenguaje lleno de sarcasmos le dirige una carta al Papa Francisco en su calidad de “hombre” y no como “santidad” (“virtud” incompresible para él). Le comenta la imposibilidad de que entienda cabalmente la “opresión que padece el pueblo” mexicano en razón de la cortina de humo diseñada por las autoridades políticas y eclesiásticas del país en complicidad con las televisoras. De esta forma, señala Pedro Miguel, la pobreza, el desempleo la marginación, la corrupción, la violencia y demás las atrocidades que inundan al país “no son fenómenos aislados e inconexos y mucho menos excepcionales”


Por su parte, Álvaro Cueva señaló el día de ayer, que la visita del Papa “es un éxito total”, sintiéndose orgulloso “como católico, mexicano, crítico y periodista del papel de la televisión en este acontecimiento histórico”. La capacidad técnica, pero también las coberturas periodísticas de las producciones, reafirman la “maravilla” del despliegue informativo.
Según Arreola, el enfoque que tiene Pedro Miguel de la visita del Papa es el auténtico y el moralmente correcto, en la medida que saca a relucir detrás de todo el ajetreo entusiasta y mediático, el aparato político e ideológico ejercido por las elites mexicanas para encubrir la vergonzosa realidad social que padecemos.


En cambio, el artículo de Álvaro Cueva para Milenio (el “marrano” según metáfora de Arreola) refleja lo “peor” de nuestro periodismo: una suerte de testaferro al servicio de los intereses de los poderosos, particularmente de las televisoras Televisa y TV Azteca.
La perspectiva de Federico Arreola sigue sosteniéndose de la tradicional disputa política mexicana iniciada en el siglo XIX: la lucha entre conservadores y liberales, y que hoy en día se traslada artificialmente — y con pobres argumentos — a las visiones encontradas entre las corrientes partidistas de izquierda y derecha, o de peores estrecheces: “marranos” servidores del poder y “cisnes” que no se ensucian en el cochinero nacional. La pobreza de las explicaciones se resuelven en el orinen maniqueo de sus valoraciones y no en análisis histórico del papel y evolución de la iglesia católica en México.
Las posiciones anticlericales de nuestro siglo XIX estaban fundadas en oposiciones estructurales y tenían innegables razones de ser, tan es así que se resolvieron finalmente mediante las armas (Guerra de Reforma). Las disputas ideológicas que hoy observamos por la visita del Papa, sostenidas en los extremos morales repletos de concepciones trasnochadas y frases hechas, lejos de proveer de instrumentos adecuados para una crítica seria y plural, sólo fomentan precisamente lo que pretenden evidenciar: el encubrimiento de la realidad.
Poca explosión
El Presidente Peña Nieto recibió al pontífice en el hangar presidencial con sonrisas, música y bailes. El recién llegado devolvió la bienvenida y atenciones con expresiones de igual alegría.
La relación de empatía entre los Papas y México desde la llegada de Juan Pablo II, pasando por Benedicto XVI, hasta nuestro actual invitado — por lo menos hasta el día de hoy — han sido esplendidas, más allá de las situación diplomática entre los Estados (no existían relaciones cuando vino Juan Pablo II) o de lo accidentado de una parte de la historia religiosa en nuestro país.
Desde el inicio de su pontificado, el Papa Francisco se ha caracterizado por la utilización de conductas poco ortodoxas para la tradición ceremoniosa del Vaticano y la Iglesia en general. De igual manera, el lenguaje que ha hecho relucir en distintos espacios internacionales (recordemos su intervención en la ONU o en el Congreso estadounidense) ha sido directo y crítico. A partir de estas formas y lenguajes poco comunes, el Papa (al final de cuentas jesuita)se ha percibido como un ácido crítico de las condiciones materiales desastrosas de las mayorías planetarias y de la voracidad económica de los dominantes.
También en su columna en El Universal, Ciro Gómez Leyva advierte el inesperado giro discursivo del Papa Francisco en su visita en México: en lugar de una critica feroz al gobierno priista y su política devastadora y excluyente para las mayorías, su discurso se ha caracterizado “por lo que dictaba la historia y el sentido común”: predicar el amor, la alegría y la esperanza.
El Papa “no vino a regañar” dice Gómez Leyva. Y tiene razón.
El lenguaje mesurado y políticamente correcto del Papa Francisco sólo demuestra un hecho que muchos se les escapa en México: la Iglesia, el Vaticano, es una institución milenaria fundada en dogmas y ceremoniales que le dan certeza y estabilidad. Las palabras liberadoras(justicieras, igualitarias e incluso, ambientalistas) no son para este mundo.
Puede resultar cierto que la Iglesia católica desde su origen ha producido una narrativa de apoyo y solidaridad con los más necesitados, que se empata armoniosamente con su función de mediación con Dios y con la esperanza de una vida después de la vida. Pero eso no significa que en el mundo terrenal tenga que precisar a los perpetradores del mal y confrontar a los poderes fácticos, más aun si éstos se localizan en un país con tal fervor religioso.