Sin recuerdos no eres nadie

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Aug 20, 2015 · 6 min read

“Te quedan tus maravillosos recuerdos” me decía la gente más tarde, como si los recuerdos trajeran consuelo. No lo traen. Los recuerdos son por definición del pasado, de lo que ya no está. Los recuerdos son los uniformes de Westlake que hay en el armario, las fotografías descoloridas y agrietadas, las invitaciones de las bodas de gente que ya no está casada, las tarjetas impresas en serie de funerales de gente cuya cara ya no recuerdas. Los recuerdos son las cosas que ya no quieres recordar” Joan Didion. Noches azules.

Buenos y malos recuerdos.

Mucha gente no está de acuerdo con esta cita de Didion.

Didion habla de los recuerdos que hacen daño, de los que no quieres tener, los que no quieres que te asalten porque cuando lo hacen te dejan bloqueado, sin respiración y temblando. Son esos recuerdos que tienes al encontrar una grabadora con una voz que has olvidado sin saberlo, al ver una carta con una letra que se te había olvidado que reconocías, ropa que huele a alguien, un paseo que te lleva a un sitio que no querías recordar, una palabra que te recuerda algo que dijiste y de lo que te arrepientes… son las cosas que no quieres recordar porque duelen.

Los buenos recuerdos no necesitan de objetos ni recordatorios. Te sientas y piensas en cómo te molaba que te calentaran la cama con un calientacamas lleno de cenizas de la chimenea, el tacto del botellín de cerveza fría que bebía tu abuelo, las risas jugando al diccionario con tus amigos una noche de verano. Lo piensas y los recuerdos vienen y los disfrutas. Los buenos recuerdos se recuperan solos y crecen al traerlos a la memoria aunque es imposible disfrutarlos como entonces.

Los malos, sin embargo, te asaltan y casi con la misma virulencia sientes el mismo miedo o pena suprema o pánico o vergüenza o ganas de llorar como en el momento en que ocurrieron. Los malos recuerdos tienen un efecto continuado en el tiempo y la única manera de desactivarlos es sufriéndolos hasta que se desgastan, hasta que dejan de doler, echando sal en la herida hasta que cauterizan. No todo el mundo es capaz de ello y entonces es mejor huir de ellos y evitar esos recordatorios, esos objetos que los traen de nuevo a tu vida.

Tener recuerdos: propios y heredados o recibidos.

Mucho de lo que eres viene de lo que sientes, lo que has sentido y lo que has sido. Tus recuerdos son parte de ti, de lo que eres y no eres, te anclan.

Cuando no recuerdas nada, si todo lo que te ha pasado no es que te sea indiferente sino que no existe, tu vida será permanentemente nada porque lo que haces no dejará huella y lo que otros hacen no dejará huella en ti. Para tener recuerdos hay que tener memoria, y hay que ser consciente de uno mismo. Hay que saber cómo se siente uno en cada momento y ser capaz de guardar esa sensación.

Para tener recuerdos son importantes los lugares, las personas y las cosas. Esos objetos o sitios se llenan de significado día tras día o año tras año. No eres consciente pero van adquiriendo contenido, no por lo que son sino por lo que tú has vivido en ellos.

Y llega un día en que te encuentras con tus hijos en ese lugar o llevas allí a la persona que quieres o hablas de ese lugar con esa persona. De repente ese lugar está lleno de ti, de ti ahora y de tú yo del pasado. Te pones a hablar, a escribir, a contárselo a ese alguien y eres capaz de recordar cada sensación que has tenido allí, cómo te sentiste cada vez. Y se lo cuentas a tus hijos y ves como se les ilumina la cara al compartirlo contigo. Tus recuerdos y tu capacidad para transmitírselo a tus hijos o al amor de tu vida… te hace más tú delante de ellos, les hace verte como eras antes de que te conocieran, antes de que tus hijos existieran o esa persona llegara a tu vida.

Los recuerdos se heredan… de tus mayores, de tus padres y puedes dejárselos a tus hijos. Las historias que te han contado las guardas como propias, las heredas, las haces propias y se las pasas a tus hijos… que empiezan a construir sus recuerdos y sus sensaciones en el mismo sitio que tú, sobra la base de los tuyos, en cierta manera sobre lo que tú has sido allí. Eras niña y te encantaba ese sitio, eras feliz y jamás pensaste que estarías allí con tus hijas siendo felices a su vez. Y es una sensación un poco rara, pero la niña que eras… es más feliz.

La fragilidad/fortaleza de los recuerdos.

Los recuerdos son frágiles y delicados. No se pueden compartir con cualquiera porque hay gente muy manazas, capaces de destrozarlos según los sacas de ti. Al mismo tiempo, los recuersos son resistentes y podrás volver a recomponerlos, pero lo que no podrás recomponer será al manazas ni lo que sentías por él. Si muestras tus recuerdos a alguien y no los aprecia, o los “rompe” o simplemente los ignora… lo que sea que sientas por esa persona se quebrará porque significará que no quiere saber quién eres ni quien has sido.

Compartir recuerdos con otro es algo muy íntimo. No encontrar la resonancia a tus recuerdos provoca una sensación muy desagradable, como si te hubieras desnudado delante del otro y ese otro no te viera. Si alguien no entiende tus recuerdos y lo importante que son para ti, no sabe quién eres y si no sabe quién eres y como te sientes, no te quiere.

Recordar

We now know that memories are not fixed or frozen, like Proust’s jars of preserves in a larder, but are transformed, disassembled, reassembled, and recategorized with every act of recollection.” Oliver Sacks.

Los recuerdos son como guardar cenizas casi frías de tu pasado. Las tienes ahí y de repente un día decides soplarlas para dar calor a otro… si ese otro llega y se pone a avivarlas contigo, los recuerdos crecerán, se harán llamas y darán calor y luz a lo que eres y a lo que eres con esa persona. Suele funcionar muy bien con tus hijos que increíblemente tienen muchísima curiosidad por saber cómo eras antes de que ellos existieran… cuando tú eras como ellos.

Con el interlocutor adecuado, los recuerdos crecen y crecen en una espiral sin fin. Se empieza contando una anécdota cualquiera y sin saber cómo llegas a recuerdos que no es que creyeras olvidados, es que ni siquiera sabías que los tenías, pero cuidados y mimados por ese interlocutor vuelven a primer plano con toda su “fuerza”. Te encuentras oliendo la tortilla de tu madre, sintiendo las sábanas frías de la casa de tus abuelos o yendo tan atrás que llegas a tu primer recuerdo. Y te reconforta de varias maneras, te reconforta la resonancia al haber contado tus recuerdos, te reconforta el haberte reencontrado con ellos y te reconfortan en sus buenas sensaciones de entonces. Incluso los malos recuerdos, los tristes… reconfortan al encontrar la resonancia adecuada.

Cuando llevas a alguien a un lugar importante para ti o le enseñas tus recuerdos, en realidad estás haciendo una prueba. Por un lado es una prueba de amor, una prueba de confianza: esto que te enseño, esto que te cuento soy yo… tal cual y te lo enseño sin miedo. Y por otro lado es una especie de prueba al otro. Esperas reconocimiento, interés, que mime tus recuerdos, que los trate como algo precioso, porque lo son, son algo precioso para ti. Esperas que aunque para el otro carezca de sentido, sepa lo importante que son para ti y ,sobre todo, sepa verte cómo eras en ese lugar o en ese recuerdo.

Todo esto no quiere decir que haya que vivir anclado a los lugares o a los recuerdos para siempre. No hay porqué, pero el que los tiene, quiere conservarlos. No entiendo a la gente que no tiene recuerdos, le preguntas por su infancia o adolescencia, por su familia, sus amigos y dice “ no se, normal”. Comprendo que no todo el mundo tenga una memoria increíble pero me resulta aterrador que haya gente que no recuerde cómo era, cómo se sentía y no tenga conciencia de su yo en el pasado.

Cómo eras y lo que sentías te hace ser quién eres, para lo bueno y para lo malo.

Me recuerdo y sonrío.


Originally published at www.cosasqmepasan.com on August 8, 2013.

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