Grandes batallas del siglo XXI: Pedro Simón vs Rubius.

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El pasado domingo se publicó en el diario “El Mundo” una entrevista realizada por el periodista Pedro Simón a el Rubius, un conocido youtuber. El periodista, intentando transmitir su distancia respecto al fenómeno de masas que representa el entrevistado, lo reflejó como una especie de niño grande, ignorantón y dubitativo, desde la óptica de quién — como él mismo reconocía — ni siquiera tenía tarjeta de crédito, y se manejaba con la cartilla.

Disconforme con esa imagen transmitida ( y alegando incluso que en la entrevista se había entresacado declaraciones para añadir polémica, “moar sauce” en el argot forero) el youtuber contestó con un vídeo, que, colgado en su canal, había alcanzado en la primera hora más de 300.000 visualizaciones. En él, desgrana sus disconformidades con el resultado publicado de la entrevista y asegura que no va a volver a conceder ninguna.

A partir de ese momento, las redes sociales han apreciado diversos combates dialécticos entre los siguientes bandos:

- Seguidores de el Rubius, que se solidarizan con él y claman contra el trato que se le ha dispensado y la ignorancia con que se trata el fenómeno gamer-youtuber.

- Defensores de Pedro Simón, generalmente periodistas, que remarcar la obligación del periodista de perseguir la verdad, y que las entrevistas no son un género hagiográfico

Así las cosas, el periodismo vuelve a debatirse entre sus dos pulsión es contemporáneas: por una parte, ser los celosos y exclusivos guardianes de la verdad, que han de buscar y defender con el arma de la información, y, por otra, la necesidad de las empresas ante las que responden, obligadas a mantener su trascendencia en las redes, de clicks de ratón, de tiempos de estancia en las páginas web de sus medios con los que alimentar la venta de publicidad y obtener recursos con los que sobrevivir.

Más allá de géneros periodísticos clásicos, como el publireportaje vestido de noticia, los medios han enfermado de noticias intrascendentes con titulares-anzuelo, que ocupan normalmente cuatro de los cinco puestos de las más vistas y comentadas en sus webs. Con toda seguridad, los responsables de estos medios miren con indisimulada envidia cómo alguien con un micro y una cámara concita más expectación y difusión que ellos, a la vez que comprueban la caída de ventas y, lo que es peor, la brecha que se abre a sus pies: millones de consumidores, que ahora son adolescentes, que obtendrán la información por otras cuentas que no serán ellos.

En este caso, el entrevistador no se ha acercado al hecho como un entomólogo, curioso por entender el fenómeno, sino como un explorador convencido de su superioridad, al que mandan a hacer un informe y que trae de vuelta una foto minúscula que le sirve para hacer a su alrededor todo un relato. Y, a mayor abundamiento, sus defensores han aprovechado la ocasión para definir esa “civilización” descubierta como una especie de submundo habitado por fans irredentos, enfermos de un mal que se llama adolescencia y del que auguran su curación por vía de la madurez.

En resumen: he oído a mi padre diciendo “Déjate de tonterías y de juegos de marcianitos y ponte a estudiar para tener un futuro”. Como periodista, por ejemplo.