Conversación con Alejandro Ponce De León, Tallerista y Coordinador del proceso de formación Discursos Artísticos Emergentes y Co-Creador de la exposición colectiva Emergencia — ambos procesos en el marco de la línea de Circulación y Creación de CasaFractal, período Fractal002 May-Jul 2015 — y Marcela Franco encargada de comunicación y diseño en TeléfonoRoto y #CasaFractal.

Como si hubiera sido por casualidad, Alejandro Ponce de León, Jaime Manrique, director de mi nuevo espacio de trabajo #CasaFractal y yo, Marcela Franco, nos encontramos en el parque de San Antonio una tarde de febrero. Saludos, cruzamos un par de frases, “¿Qué haces en Cali?” y una rápida despedida. Minutos después de este fugaz encuentro, le dije a Jaime: “Alejandro es un chico pilísimo, es politólogo, cuenta con una maestría en Estudios Culturales y siempre ha estado interesado en el arte. Pienso que podríamos vincularlo a #CasaFractal de alguna manera. Sería lindo.”

Digo casualidad, pues ahora entiendo que nuestro encuentro no tuvo nada que ver con el azar. Esa misma semana invité a Alejandro a que conociera nuestro espacio y echara un vistazo a los procesos de trabajo colaborativo alrededor del capital cultural de la ciudad que desarrollamos pues me comentó que tenía tiempo y ganas de participar en todo lo que él percibía que los jóvenes artistas estaban haciendo en Cali. Pero claro, hasta ese entonces él no conocía el sector cultural y mucho menos el circuito de las artes visuales en la ciudad. Era una aventura que sabíamos iba a tener un despegue turbulento. Sin embargo, una cosa fue llevando a otra y luego de casi tres meses de trabajo, dimos por concluido Discursos Artísticos Emergentes, taller en el que nueve artistas locales se reunieron bajo su dirección para dialogar sobre las maneras de comunicar su quehacer artístico, empleando la escritura como principal herramienta. A su vez, este escenario de diálogo estuvo acompañado de la exposición colectiva Emergencia, donde el trabajo de estos nueve artistas habitó #CasaFractal durante el mes mayo y que ciertamente tuvo gran acogida entre el público caleño.

Tanto para el equipo de #CasaFractal como para sus participantes, esta fue una experiencia de mucho aprendizaje. Varias disyuntivas fueron planteadas, pero desde el disenso pudimos percibir posibles estrategias que permitían pensar la comunicación del arte en los a veces toscos contextos de circulación contemporáneos. En este sentido y a modo de cierre, quisimos compartir con ustedes una conversación que sostuvimos Alejandro y yo una vez concluido el taller, en la cual recapitulamos algunas de las discusiones que se plantearon a lo largo de las sesiones, y que debido a su posible relevancia, creímos oportuno darlas a conocer a un público más amplio. No creemos que estas sean conclusiones, sino todo lo contrario, una invitación abierta que hace #CasaFractal para seguir imaginando nuevos horizontes e impulsando, con actividades como el taller Discursos Artísticos Emergentes y la exposición Emergencia, la creación y la circulación de las artes visuales en la ciudad de Cali.


Marcela Franco: Hoy vivimos en Cali una efervescencia tanto en las artes como en la cultura. Hablábamos en días pasados sobre un posible símil a las realidades que la posicionaron, durante la década de los 60ta y 70ta, como una ciudad incubadora de artistas, cineastas y escritores de talla nacional; proceso que se vio bruscamente truncado en las décadas posteriores debido al desvanecimiento de posibilidades sociales, económicas, de seguridad o de infraestructura. ¿Cuáles crees que son las condiciones que podrían haber propiciado este ambiente de reactivación cultural luego de casi 20 años de posible decrecimiento?

Alejandro Ponce de León: Actualmente sucede algo particular, y es que quienes le apostamos a las artes y a la cultura lo hacemos gracias a la sólida estructura que nos respalda. Y esto no es algo con lo que siempre se haya podido contar. Todo lo contrario. Hemos vivido la reconfiguración del campo cultural en Cali en los últimos 15 años, donde me atrevo a pensar que la academia ha sido su principal dinamizador. A finales de los noventa, la ciudad contaba con un reducido número de espacios de profesionalización artística, los cuales, en su gran mayoría -y a pesar del loable quehacer de sus defensores- estaban poco capacitados y/o mal dotados. Hoy en día el panorama pareciera ser diferente. El Instituto Departamental de Bellas Artes ha salido de su mala hora financiera, la Licenciatura en Artes Visuales se está acreditando como un programa Alta Calidad, y además se cuenta con el programa en Artes Visuales de la Pontificia Universidad Javeriana.

Del mismo modo, es necesario tener en cuenta las contribuciones formativas que hacen agentes externos a la academia tales como Lugar a Dudas, el Museo La Tertulia, o la misma #CasaFractal; los cuales posibilitan, a través de sus nutridas agendas, la consolidación de procesos pedagógicos así como el diálogo formativo por fuera de las aulas de clase.

Y si hay oferta es porque hay demanda. La educación superior en Colombia atraviesa un crecimiento en la oferta de carreras que anteriormente no representaban la anhelada prosperidad económica; me refiero puntualmente a las artes liberales, las ciencias sociales y las humanidades.

Estamos creyendo en esas otras prácticas. ¿Qué ha posibilitado este cambio de mentalidad? Ahondar en este terreno podría enlodar mi argumento, pero me atrevería a pensar que el incremento en estabilidad económica del hogar colombiano junto con el cambio en las condiciones estructurales del país (apertura comercial, una posibilidad real de alcanzar una paz, programas Estatales de inclusión social, bonanza petrolera, etc.) han ayudado a la instauración de una atmósfera propicia para que éste sector se reavive y para que muchos jóvenes lo vean como una opción viable de vida.

Exposición colectiva Emergencia, mayo 2015.

Marcela: Me llama la atención que hagas énfasis en la validación académica y sobretodo social que adquieren las artes, bien sea como profesión o como campo de estudio. De hecho, recientemente han circulado en los principales medios de comunicación nacionales algunos artículos que despertaron muchas voces a favor del sector de las artes y la cultura, e incluso se ha llegado a hablar de un boom del arte colombiano en los circuitos internacionales. Si nuestra percepción es correcta, ¿es el 2015 un año de promesas y de nuevos descubrimientos? ¿Dónde crees que se origina este “boom” del arte local?

Alejandro: Si regresamos nuestra mirada algunos años atrás, veremos cómo el oficio artístico se ha venido desprendiendo de su tradicional provincialismo, posicionándose dentro de un campo internacional mucho más competitivo. Y allí te lo corroboro: si, los artistas colombianos están de moda en el mercado global. Fernando Botero ya no es nuestro principal referente, pues hace bastante tiempo están pisando fuerte los nombres de varios artistas como Álvaro Barrios, Doris Salcedo, José Antonio Suárez u Óscar Muñoz.

Pero ésta siempre grata situación tiene su reverso. A modo de ilustración, quisiera traer a colación la exposición “Colombia Recounted: A Project of Contemporary Colombian Art” de la casa Christie’s, inaugurada el pasado 23 de mayo de 2015: un ejercicio que proporciona una visión del arte contemporáneo de Colombia a través de las obras que han jugado un papel fundamental en el desarrollo de la escena artística reciente. Si bien es innegable que ésta es una vitrina excepcional, a través del comunicado de prensa se plantea una visión, creo yo, totalmente colonial desde la cual interpretar el arte nacional: propia de comunidades poco conocidas, abundante en artesanías tradicionales finas, que han desarrollado una rica práctica narrativa frente a nuestros asuntos locales.

¿Qué y cómo es lo que realmente estamos narrando? O mejor aún, ¿qué se espera del arte del tercer mundo? ¿Un arte local para un público global? No está de más recordar la polémica que se desató hace tan solo unos meses cuando el vallecaucano Óscar Murillo vendió su cuadro a Leonardo DiCaprio por 400.000 euros. ¿Criollismos, abandono, violencia y localidad? Realmente no lo sé, simplemente quisiera plantear una tensión importante que surge a partir de la inclusión demoledora del marketing en las artes, y que si no se toman los reparos necesarios, podría llegar a reconfigurar fastuosamente los ideales y motivaciones de las prácticas en Colombia.

Marcela: Es interesante que menciones la posible reconfiguración fastuosa del arte, pues la preocupación misma por la comunicación, tema sobre el que gravitó Discursos Artísticos Emergentes, es una cuestión que se entrelaza finamente con el hecho de pertenecer al mercado del arte. Entonces, podríamos preguntarnos ¿estamos haciendo o vendiendo arte?

Alejandro: Ni lo uno ni lo otro. Voy a empezar por un lugar distante para hacerme entender ¿Qué hizo que las cajas de Brillo de Warhol fueran diferentes de cajas de Brillo comerciales? La respuesta pareciera ser simple: el mundo del arte. ¿Y por qué? Bueno, él alguna vez dijo acerca de sus motivaciones que “Making money is art and working is art and good business is the best art”. Hasta donde yo sé, Warhol sigue siendo considerado como uno de los grandes artistas y comerciantes del siglo XX.

Pienso que la discusión no debería ser qué es y qué no es arte a partir del tipo de relaciones que se conjuran a su alrededor. Claro, vivimos en un mundo de injusticias y de diferencias económicas crecientes, donde el dinero se ha vuelto un motor para la vida y esto es algo que no deberíamos aceptar en bloque y que sin duda deberíamos impugnar. Sin embargo, creo que la naturaleza disruptiva del arte no surge únicamente de los problemas que decide señalar, sino en tanto plantea las tensiones propias de nuestro mundo, es consciente de las estrategias con las cuales puede negociar con él, tal vez aliarse con sus potencialidades, y desde allí plantear nuevas opciones.

Esta es una idea que hasta Marx proyectaba para la revolución social. ¿Cómo hacerlo? No creo tener una respuesta, más que invitar a esbozar algunas alternativas y posibilidades con los cuales llegar a imaginarlas. De hecho, considero que el arte es en sí mismo un proceso de articulación de saberes y prácticas dentro de un contexto de producción determinado, y que esa misma maleabilidad es la que le permite estar a la vanguardia crítica.

Cuando Arthur Danto escribió “The Artworld”, declarando la muerte del arte, lo que realmente sugería era que estábamos entrando en una peligrosa época para el arte, en la cual ninguna práctica contemporánea puede ser comprendida sin la ayuda del mundo del arte, es decir, de una comunidad de agentes que contextualizan y confieren su respectivo lugar. Para algunos, pareciera ser un circuito incestuoso sin fin: artistas buscando su respaldo en el arte, y el arte consolidándose gracias a los artistas. Sin embargo, este campo ha sabido plantear su propia ruta de escape al posicionar la transparencia como el valor sublime de una práctica contemporánea. Un artista puede hacer lo que se le dé la gana, mientras sea un gesto sincero. Así, el artista/sujeto, con sus preocupaciones diarias (¿por quién debería votar? ¿Cómo voy a pagar el arriendo? Etc.) es en últimas quien define qué hace y qué no hace. Creo que ya es hora de empezar a valorar, y así mismo revelar los escenarios de producción, la voz del artista en tanto individuo, y la manera en que éste negocia con sus posibilidades contextuales. Solo allí, en la luminosidad de la práctica, creería que podríamos sentir nuevamente la potencia del arte.

Tercera sesión del taller Discursos Artísticos Emergentes.

Marcela: Recuerdo que una de las preocupaciones que motivaron el taller Discursos Artísticos Emergentes fue, precisamente, encontrar una voz propia a los artistas, sin opacar la luminosidad de la práctica, y a su vez, articularla dentro de las lógicas contemporáneas del mundo del arte. Este interés no deja de ser conflicto, creo yo, con las discusiones teóricas de las últimas décadas, pues como alguna vez Roy Lichtenstein dijo “I wouldn’t believe anything I tell you”. No le creas al cuentista, cree el cuento. Si partimos de que es en la relación entre el observador y la obra donde nace el sentimiento de lo sublime, la sola idea de verbalizar la experiencia estética, codificarla, asignarle un espacio expositivo, un fin y así mismo otorgar un horizonte de interpretación para así preservar cierta “originalidad mítica”; plantea un sinsentido.

Alejandro: De acuerdo. Sin embargo, es precisamente allí donde salta a la vista una tensión irresuelta entre dos vertientes teóricas del arte: aquella existe un contenido inherente a la obra –responder a la pregunta: ¿qué quiere decirnos con su trabajo?, o más bien, ¿Dónde se posiciona dentro del mundo del arte?- y aquella que busca una transparencia contextual, en donde la relación con lo formal determina el valor de la obra.

Hemos cerrado el arte aunque abogamos por su libertad; y aun así se nos exige encontrar una salida a este embrollo. A mi parecer, los seres humanos somos criaturas sociales que constantemente expresamos aquello que nos es imprescindible a través de nuestro trabajo. A lo largo de los siglos, diversas manifestaciones culturales tales como el arte rupestre o las Estancias de Rafael en el Vaticano, han demostrado nuestra capacidad de comunicación y nuestro interés por construir narrativas que expresan nuestras particularidades tanto emocionales como sensoriales. Si bien es cierto que para el mundo de las ‘Bellas Artes’, el siglo XX señaló la ruptura con la linealidad de este tipo de narración, dio cabida a las preocupaciones formales y/o conceptuales de la obra y así mismo abrió posibilidades a la concepción de nuevas formas de comunicar; hoy por hoy, esta necesidad humana, parece estar redefiniéndose desde las prácticas contemporáneas.

No considero oportuno caer en una interpretación adherida discursivamente de la obra como tampoco cerrar el arte a una experiencia sensorial. Creo que la capacidad comunicativa potencializa la relación del espectador con la obra y es con esta idea en mente que iniciamos en el Taller Discursos Artísticos Emergentes; estábamos pensando, precisamente, en explorar maneras de negociar con esta tensión, definir sus contornos y sus prácticas sin caer en un pobre sustituto de la experiencia del arte. Queríamos plantear narrativas que dieran cuenta de los procesos de creación de los artistas, escapando de los parámetros tradicionales de las esferas formales-académicas y que comprendieran las nuevas dinámicas del sector de las artes visuales en relación a la creación, exhibición, circulación y formación. No sé qué tanto de ello logramos alcanzar, pero sin duda, desarrollamos un trabajo muy interesante alrededor de esta preocupación.

Montaje de la exposición colectiva Emergencia.

Marcela: Tradicionalmente, la división del trabajo era clara: los artistas producen las obras, los curadores las seleccionan y los galeristas las comunican. Según lo que hablábamos anteriormente, en el contexto contemporáneo, esta división de roles tiende a desaparecer; pareciera que no existe una división “ontológica” entre hacer, mostrar y vender arte, recayendo todas las responsabilidades sobre el productor. Podríamos pensar entonces que el manejo del lenguaje, como vaso comunicante de todo el proceso, ¿se vuelve una habilidad necesaria para el artista contemporáneo? y en este sentido ¿de qué tipo de lenguajes estaríamos hablando?

Alejandro: Sí. Aunque no haga parte del pensum de las academias locales, creo que aprender a comunicar es parte fundamental del repertorio de prácticas con las que debe contar un artista al momento de afrontar el mundo del arte. Como tal, Discursos Artísticos Emergentes, fue un taller cuya preocupación central era construir un lenguaje propio que contrarrestase los perjuicios de adoptar un “lenguaje Internacional del Arte”. Me explico. Si has visitado alguna exposición de arte contemporáneo, es probable que te hayas acercado a un texto curatorial escrito en un dialecto desconocido para el espectador inexperto: suelen ser documentos oscuros, sumamente herméticos, que exigen haber leído por años a todos los filósofos del siglo XX. Realmente esto es lo que se espera, se le exige al que escribe para que sea considerado parte del campo, pero en últimas terminan siendo un simple revoltijo sin sentido de palabras que dan varias vueltas por muchos temas y no comunican nada.

No digo que esto sea una regla, tampoco digo que esta sea mi opinión personal. Hace algunos años, David Levine y Alix Regla publicaron un muy interesante artículo al respecto en la revista en línea Triple Canopy, en el cual intentaban demostrar científicamente que el mundo del arte era un hervidero de charlatanes pomposos, quienes escribían en un estilo torturado, importado de la teoría francesa. Hay personas brillantes en el campo. Sin embargo, no creo que sea justo que todo aquel que quiera hacer arte, tenga que encuadrarse en un lenguaje que le sea ajeno, y es allí precisamente donde se cae en el error. En la trampa, o en la falta de sinceridad.

Para mí, el acto de verbalizar una práctica artística, debe partir de la intención de atar dos mundos: el del receptor y el del enunciador. Es por ello es que a lo largo del taller quisimos aprender a construir textos que comunicasen; alejándose así de la palabrería habitual del campo. Si bien intentamos pensar algunas reglas básicas para este tipo de escritura, de antemano diría que no encontramos una respuesta concreta, pues un texto de ésta naturaleza debe reconocer su interminable relación con su objeto de estudio.

Exposición colectiva Emergencia, mayo 2015.

Marcela: A grandes rasgos, podríamos concluir que ante la presión constante de circunscribir las prácticas artísticas dentro del mundo y mercado del arte, el taller Discursos Artísticos Emergentes y la exposición colectiva Emergencia, fueron respuestas puntuales a las necesidades formativas de una comunidad artística en búsqueda de otras maneras de dar a conocer sus propias voces, pero que a la vez respondiendo a las dinámicas sociales en que están circunscritos. ¿Podrías ahondar un poco más en lo que consistió este particular aprendizaje?

Alejandro: El taller Discursos Artísticos Emergentes se llevó a cabo gracias al interés de nueve artistas en trabajar conjuntamente frente a las preocupaciones que les atañen. No hubo un programa, sino una serie de preguntas generales: ¿cómo comunicar el arte? ¿Por qué? ¿A quién? Por ello, no podría ser equiparado con una clase universitaria. No estoy seguro de que sus asistentes hubiesen aprendido algo particular, como una técnica. Tampoco fue una revisión de portafolio. En contados casos, se trabajó con una obra en producción. Nunca quisimos llegar a respuestas finales. Tampoco en dar por cerrado un proceso. Realmente, ejercitamos las exploraciones hechas para así identificar las vetas más sólidas con las cuales enriquecer la práctica de los artistas.

Para mí, el taller fue ante todo la posibilidad de plantear la siempre inacabada complejidad como lugar de enunciación. Complejidad porque además eran 10 ó 12 puntos de vista que durante cinco semanas estuvimos imaginando conjuntamente y entre todos llegando a alternativas que dieran solidez a los argumentos de sus autores. Al cabo de las sesiones, logramos entender que para explorar este proceso emergente –por darle un adjetivo–, no hay que buscar un punto final, sino un diálogo, y es precisamente allí donde el componente discursivo se volvió pivotal para entablar conversaciones con los espectadores. Y para lograr la fluidez requerida, considero que uno de los mayores aciertos fue explorar prácticas de pedagogía horizontal. No tenía ningún sentido convocar a nueve talentosos artistas locales para decirles qué deberían hacer, ignorando el enorme aprendizaje que el oficio profesional les ha dejado. Entre todos escuchamos a los expositores, dimos nuestros puntos de vista, y sugerimos nuevas vías para comunicar sus ideas.

No sé si lo lograron, pero pienso que todos los que asistieron al taller, más que aprender, querían recuperar su propia voz, lo más auténtico que tienen y su mejor aliado a la hora de potencializar su trabajo. Creyeron en esto y lograron plantear nuevas reglas para participar dentro del mundo del arte, algo que me parece además completamente vanguardista. Como señalé en el texto introductorio a la exposición, debemos recordar la doble identidad de la Emergencia, como fractura que rompe y a su vez plantea una novedad in situ. Después del temblor surge el volcán. Cuando un grupo de artistas decide reunirse para discutir nuevas maneras de alejarse de la habitual y acartonada parafernalia del mundo artístico, siento que algo nuevo está germinando al interior del campo. Algo que rompe. Algo que debemos escuchar. Estar atentos, examinar e imaginar.