ilustración: propia

Ser sin ser o

Digo la verdad. Me miro y se que digo la verdad. Sin embargo, es una verdad a medias, una verdad pobre, cortita. Antes cuando decía la verdad, de chico, era LA VERDAD, una verdad grande como el universo. La absoluta, la única, tan real como que si me pisaba los cordones me caía. Ahora tengo esta verdad sola, para mi, llena de dudas. Pero allá por mis 4 o 5 años estoy seguro de que mi verdad se herguía hinchada como un rollo de papel higiénico que se cae a la pileta. Digo “estoy seguro” sin estarlo. Porque la realidad es que no me acuerdo. Lo adivino en mis hijas: ellas me muestran que cuando dicen “no quiero” es NO QUIERO. Es una verdad capaz de partir al medio una barra de hierro. Inquebrantable, segura y sin titubeos. Después viene el negociado para tratar de llegar a un punto medio entre sus NO QUIERO y mis NECESITO. Pero ahora que me veo a mi, tan lleno de opiniones esqueléticas, me doy un poco de pena ¿Cuándo fue que mis verdades se desinflaron y pasaron a ser moribundas opiniones? Ah ya se, seguro yo también tuve, como todos los niños, un montón de adultos que me enseñaron que la verdad es algo que se piensa, se debate y se negocia. Una verdad tiene que pasar por muchos filtros antes de postularse como tal: si es lo mejor para uno, si molesto a alguien, si me sirve para el futuro, si me va a traer problemas, si me va a hacer ganar algo a cambio. Puf, me canso tanto que no tengo más ganas de jugar al fútbol, ni a la bolita, ni al yoyo. Siento que soy ese nene al que una señora en un cajero automático le dijo: “- Portate bien, porque sino va a venir un señor que te va a meter en un contenedor y te va a llevar lejos…”. Pero no me dan ganas de preguntar cuán lejos. Mirando ahora hacia atrás, veo que ese señor me dejó lejos, muy lejos, demasiado lejos.

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