100 días: Cha cha chá

Cuando planifiqué este viaje decidí que, en mi camino por África oriental, habrían 3 países no negociables que visitaría: Etiopía, Kenya y Tanzania. Es así que la semana pasada me iba a Etiopía por 10 días (a estas alturas ya debería estar en Lalibela), pero ocurrieron unos percances.

Eran las 4.30am y me encontraba ya en la puerta de embarque (de hecho, el avión estaba a 10 metros) y el señor David, de Ethiopian Airlines, mirando mi pasaporte me pregunta dónde está mi visa. Le respondo que averigüé por internet que para los países de Sudamérica esta no era necesaria. Me responde: «para Chile y Perú, sí.» Es así que a 15 minutos de despegar mi vuelo, tenía todo, menos mi visa. Pequeño detalle.

Para esto, me estaba yendo con una amiga francesa que conocí en un matatu. Entonces, el señor David nos aconsejó que cuando ella llegaba a Addis Abeba llevara a migraciones la foto de mi pasaporte y de mi pasaje y preguntara si podría haber alguna excepción. Bueno, soñar no cuesta nada, así que mi idealismo me hizo quedarme hasta las 9am en el aeropuerto a esperar la respuesta de Kenza, mi amiga francesa.

Bueno, después de que me llegara la confirmación de que es imposible que la oficina de migraciones de Etiopía haga una excepción conmigo, pinché mi globo soñador, me di con látigo por mi irresponsabilidad, por ahí que se cayeron una lagrimitas (siempre digna, siempre) y pensé mis siguientes pasos: i) buscar la manera de que me borren el sello de salida de Kenya, ya que lo más lejos que llegué fue a la puerta de embarque número 8 y ii) recuperar mi mochila backpacker.

El señor David me ayudó con ambas gestiones. Primero, se aseguró que sacaran del sistema mi fecha de salida de Kenya y segundo, preguntar dónde estaba mi mochila.

Es entonces que cuando ya estábamos por recuperar mi mochila en la sala de «Recojo de Equipaje», se me acercó el jefe de policía de migraciones y me pide que lo acompañe. Le pregunté porqué y me respondió que se había enterado de «mi situación». Acto seguido, 3 policías más de migraciones, él y yo estábamos en la sala de migraciones (por «sala» me refiero a un cuarto 4m x 4m, con una mesa y 2 sillas). Me pidieron todos mis papeles: documentos, pasaporte, visa de Kenya y pasajes. Y empezó el bombardeo de preguntas. Les conté que había pasado con con el tema de Etiopía y luego me preguntaron que estaba haciendo ya dos meses en Kenya. Metí la pata y respondí «TRABAJO voluntario en un colegio del asentamiento South B». Al responder eso, inmediatamente me preguntaron porqué no había sacado visa de trabajo y les respondí porqué es voluntario, es decir, no percibo nada a cambio. En esta parte, el contexto era el siguiente: 4 policías, cuarto de 4mx4m, oficina de migraciones, otro país, otro continente, idioma Swahili y gritos. En un momento dado, un policía me dijo «Quieres regresar a Perú ya? Te mandamos a Perú». Y le dije que no, que aún no era el momento. Acto seguido, me botaron del cuarto y, por supuesto, se quedaron con mi pasaporte.

Delante de ellos, hice un enorme esfuerzo por no llorar. Apenas salí, me deshidraté. De hecho, una cree que puede comerse el mundo hasta que se encuentra en una sala de migraciones de otro país de otro continente, con 4 policías enormes que hablan otro idioma. Quizás el universo me estaba enviando una dosis de realismo, un «estate quieta». No sé, aún no lo descifro.

En fin, salí e intenté comunicarme con mis amigos de Nairobi pero no tenía datos ni saldo para llamar. El señor David se ofreció comprarme saldo desde su celular (y no me dejó devolverle ni un shilling). Luego, mientras intentaba tranquilizarme y pensar cómo solucionaría esto, se me acercó un policía de procedencia mexicana y en español me dijo que opinaba que debía darle 100 dólares al jefe de policía y asunto solucionado. Me indigné en cantidades industriales y me tomé el tiempo de explicarle porque no les daría ni un dólar:

  1. Va en contra de mis valores.
  2. Les he estado intentando interiorizar a mis pequeños que uno debe mantenerse siempre fiel a sus valores y no les podía hacer esto.
  3. No tengo dinero.

El policía mexicano se fue y regresó después de una hora. De manera muy casual me dijo: «En mi opinión, solo te dejaran salir si les das 100 dólares». Lo escuché, sin decir nada.

Después, a las 11am, el jefe de policías de migraciones me llamó y lo primero que me dijo fue «Hagamos un trato». Y le respondí con preguntas: «Por qué tiene mi pasaporte? Porque no saqué la visa a Etiopía? O porque saqué la visa equivocada? Entonces, si es así, por qué cuando me presenté el 04 de febrero con mis papeles y la carta de presentación del voluntariado, en dónde se especifican los detalles, sí me dieron la visa de turismo? Y una vez más, le enseñé la carta. Me respondió «Quieres regresar a Perú?» y francamente en ese momento estaba tan cansada (una noche sin dormir y una mañana sin comer) y me sentía tan desprotegida, que le respondí «Sí quiero regresar a Perú.» Me miró y me dijo por segunda vez: «Hagamos un trato». Le respondí muy seria «no tengo dinero». Mi tiró el pasaporte sobre la mesa. Lo agarré y me fui.

Fui en busca de mi mochila. La tomé y le escribí a Daniela, mi amiga de México, para que le preguntara a Azunta, la dueña de la casa, si podía regresar por unos días, mientras pensaba mis siguientes pasos. Así que después de 12 horas en el aeropuerto, sueño, hambre, sed, regresé a mi pensión. Esa noche le lloré a mi hermana, a mi mejor amiga y a Ro.

La puerta de embarque N. 8 fue lo más cerca que estuve de Etiopía

Han pasado unos días. Recordé que en alguna de nuestras conversaciones mis amigas Valita y Ale Puerto Maldonado (las «Bruce Girls») me dijeron «cuando la música cambie, también lo hace el baile». El día de hoy las recordé muchísimo y tomé su consejo: agarré mis cosas y me vine a Diani, una playa al sur de Kenya, en Mombasa.

Las Bruce Girls 🤘🏿

Para bien o para mal, la música dio un cambio rotundo y lo mejor que podía hacer era cambiar mi pasito «cha cha chá».

Cambio y fuera.

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