100 días: Estar presente

Y bueno, con 13 kilos en la backpacker y «n» kilos de nervios (y para ser justa, tres tazas de café encima), me fui: «Alas y buen viento» me dijeron, «que no me pique un mosquito infectado de malaria» respondí.

Mi ruta, en donde lo único que importaba era ahorrar, fue la siguiente: Lima – São Paulo, São Paulo – Johannesburgo y Johannesburgo – Nairobi. Es así que tras 19 horas de vuelo, 24 horas de escala y 8 horas de jet lag, llegué a Nairobi, Kenya.

Al llegar me recibió Shem, un compañero keniano. Lo primero que hicimos fue cambiar dinero: sábado por la tarde, un casino sería el único lugar disponible para cambiar dólares por shillings (1 a 100). Es así como mi primera experiencia con la sociedad keniana fue en un casino. Bacán.

Acto seguido me preguntó cuánto tiempo estaría, le respondí que 7 semanas. Entonces me dijo: tenemos que comprarte un celular. «Por qué no puedo usar este?» le pregunté, enseñándole el mío. Bueno, básicamente se rió en mi cara y me dijo: «because you are a «mzungu»». Ni la más remota idea de qué significaba «mzungu». Con un signo de interrogación enorme en la cara (más las 8 horas del jet lag, no olvidar) le pregunté que significa y me dijo que, en términos literales, en Swahili, lengua de África oriental, significa estar mareado y perdido. En términos figurativos, así llaman a los «blancos» que andan por la zona. En verdad, admito haberme sentido algo confundida al saber que los siguientes 100 días sería una «mzungu».

Bueno, entonces, es así que tengo este celular:

Mi iPhone 7

Luego, llegamos a la casa de voluntarios donde viviría las próximas 7 semanas. Compartiré con Nanqing de China, Julianna de Brasil, Laurie de USA, Brook de Australia y Judith, de Kenia (dueña de la casa). Así que nosotros 6 seremos una familia global (o lo más parecido que se pueda).

Nanqing mandando saludos
Aquí un photobomb
Juliana, Nanqing y yo

En mi primera semana me han pasado muchas cosas, muchas anécdotas y vivencias. Pero quiero contar 2:

1. El día siguiente que llegué, el domingo, fuimos a escalar la Montaña Longonot, a 2760 msnm. En dos momentos, me caí. Y en ambos, fue de la misma manera: Estaba pensando en el futuro, en el día lunes, cómo empezaría la nueva semana tan lejos de casa, qué tan distinta sería, en qué estarían haciendo mi mamá y mis hermanos, en las musarañas y en mi lista de libros 2017 (tengo hartos compartimientos en mi cabeza). Y así derrepente, me caí, sin haberme tropezado. Según yo (y mi imaginación), ambas veces sentí que era como si la madre naturaleza, me llamara y me dijera «ven al presente y disfruta todo esto, ven, ven!»

Montaña Longonot

2. El miércoles, camino al segundo paradero con dirección al colegio, una vez más iba pensando en cómo haría una vez que llegara, cómo me presentaría a la directora, a los profesores y estudiantes, si es que daría mi primera clase, cómo nos comunicaríamos, a que hora sería su recreo y las musarañas (de nuevo), cuando alguien se me acerca y me dice en un inglés masticado (que me tomó tiempo entender) «mzungu, tu mochila está abierta». Bueno, en mi cuarto día en Nairobi, me robaron la billetera – madre no te lo quise contar para no preocuparte, no fue nada grave, lo juro. Ya se podrán imaginar la desesperación que sentí. Para rematar, dado los nervios, tomé el «matatu» equivocado (aquí así se llaman a las combis), por lo que llegar a casa me tomó casi 2 horas. Todo pasó por mi cabeza hasta llegar a cancelar las tarjetas (sigo sin entender que hacía con estas yéndome a un colegio en una zona rural): le recé a todos los santos que pude recordar (de hecho, creo que hasta me inventé unos nombres). En fin, todo salió bien (gracias, gracias!).

Ya, aquí no hay foto.

Sin darle muchas vueltas al tema, me di cuenta que en ambas oportunidades (y en n-veces más a lo largo de toda mi vida) ando en las nubes. Es decir, siempre he tenido un tema con la incertidumbre: no me funciona. De hecho, antes de renunciar a mi último trabajo, ya estaba pensando cuál sería el siguiente. Aún no me había subido al avión rumbo a Kenya y ya estaba pensando cuál podría ser mi siguiente destino en la costa este de África. No había aterrizado en Nairobi y mi mente estaba pensando donde podría comprar las pastillas antimalaria. No había llegado a la casa de voluntarios y mi mente estaba en qué haría cuándo regresara a Lima. Siempre he tenido que tener claridad que haré la siguiente hora, el día de mañana, el mes que viene.

Y estás dos pequeñas anécdotas son solo dos ejemplos de que suelo estar absorta, distraída, ensimismada en lo que vendrá. Pienso que estos 100 días (ya 90) me ayudarán con esto: a aprender anclarme en el presente y sacarle al máximo el provecho a esta experiencia. Y si decidí escribir sobre esto, es porque quiero recordarlo hoy y siempre: debo estar presente.

Termino citando a Ralph Waldo Emerson, poeta estadounidense, quien escribió «Grabad esto en vuestro corazón: cada día es el mejor del año». Si aprendo a estar presente, quién sabe si uno de estos días termina siendo el mejor día de mi vida.

Estoy donde quiero estar.

Y quiero estar presente. Muy presente.

Cambio y fuera.

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