El optimismo de AMLO

Han pasado casi doce años desde que Andrés Manuel Lopez Obrador arrancó su primera campaña a la presidencia. Asediado por el gobierno panista de Vicente Fox y por los priístas que intentaron hasta desaforarlo para evitar que compitiera, el entonces Jefe de Gobierno de la Ciudad de México los desafiaba desde un templete: son unos tramposos, quieren hacerme a un lado y quieren quitarle a la gente su derecho a decidir. Era AMLO entonces una rareza en México, un político querido y admirado por los destinatarios de las acciones de su gobierno. Dejaba la administración de la capital con una aprobación del 76% y tenía confianza de sobra en las posibilidades de su triunfo.

Quedó muy cerca de ganar. Según el dictamen del Tribunal Federal del Poder Judicial de la Federación la distancia con Felipe Calderón, el candidato del panismo gobernante, fue de sólo 0.56%. Como líder de oposición, resistió los embates del PAN, el PRI y de la opinocracia, todos unidos en descalificarlo como el vocero de un segmento de la población que condenaba la inequidad de la contienda electoral y rechazaba la estrategia de seguridad que Calderón impulsó para legitimarse. De AMLO decían estaba que acabado políticamente. En privado se congratulaban de haber logrado que el tabasqueño fuera más tóxico que el arsénico.

En 2012, su segundo intento por llegar a la presidencia, AMLO adelantó a la candidata del PAN Josefina Vázquez Mota y le disputó el primer lugar al candidato de las televisoras, los gobernadores y los gastos millonarios de campaña, el priísta Enrique Peña Nieto. Contra todos los pronósticos la intención del voto por AMLO y en contra del candidato del establishment creció, avivada por el entusiasmo del movimiento estudiantil #YoSoy132. La campaña tenía moméntum pero su coalición de jóvenes y mayores de 50, habitantes de ciudades, de clase media, progresistas y mexicanos con un mayor nivel de estudios, no pudo contrarrestar el apoyo de otros sectores a Peña Nieto y el voto duro fiel a su partido, el PRI.

AMLO buscará ser presidente por tercera vez en las elecciones de junio de 2018. No lo hará acompañado por el partido que ayudó a fundar en 1988, el PRD, sino por MORENA una organización joven que formó tras repudiar el acomodo de líderes perredistas con el gobierno de Peña Nieto. Dos factores han adelantado los tiempos electorales: la extrema impopularidad del presidente Peña Nieto (sólo 12% lo aprueba) y la victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales de Estados Unidos después de haber denigrado a México y a los mexicanos en su campaña. Con MORENA López Obrador está de gira permanente. Presenta una alternativa a los gobiernos del PAN y del PRI, condena su corrupción y su divorcio de las mayorías, anuncia adhesiones de líderes locales e impulsa la creación de comités de apoyo. Las encuestas lo ubican como el puntero.

En los partidos se han activado las alarmas. El expresidente Calderón, quien promueve la candidatura de su esposa Margarita Zavala, se dedica a reciclar los greatest hits de la campaña negra del 2006 y Peña Nieto lo acompaña advirtiendo de un “retroceso” en México si llegara a ganar “la izquierda demagógica”. Nada más les falta agregar una mención del fallecido Hugo Chávez para completar la conocida retahíla. Su única línea nueva es la falsa equiparación de AMLO con Trump. Para ellos un político mexicano de izquierda que siempre ha apostado por empoderar a los más vulnerables y un reality star estadounidense de derecha que triunfó en noviembre tras haberlos reducido a chivos expiatorios tienen que ser forzosamente lo mismo, porque los dos son objeto de su rechazo.

Llevan cerca de dos décadas intentándolo, panistas, priístas, verdes y asociados, casi siempre con la aprobación y el apoyo de los grupos empresariales y los grandes medios de comunicación y no han encontrado la forma de eliminar a AMLO de la ecuación política. ¿Seguro si se unen todos ahora si podrán darle el golpe de gracia a quien consideran poco más que un embaucador? No les pasa por la cabeza lo que a estas alturas debería ser más que obvio. Son millones de mexicanos los que en un debate sobre el futuro del país están del lado de AMLO. Estuvieron ahí en 2006, en 2012 y también estarán en 2018.

Existe una profunda desconexión entre la coalición PRI-PAN que ha gobernado a México desde finales de los 80s y la ciudadanía. El derrumbe del proyecto peñanietista y sus reformas estructurales en los últimos meses no ha hecho más que acentuarla. Muchas de las posiciones de AMLO rechazadas por la élite política — la austeridad republicana en el gobierno y la lucha contra la corrupción, la preferencia por una política económica desarrollista y la focalización en superar la pobreza, la dignidad en la conducción de nuestras relaciones con otros países — son posiciones que comparte con una base considerable de votantes.

Cuando Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto tachan a quien promueve esas posiciones como un loco — “pejeloco” teclean furiosamente sus seguidores en redes- sólo lo hacen más fuerte. Cuando son ellos los que lo llaman demente, no hacen más que apuntar el reflector hacia el fracaso de sus propias posiciones “cuerdas”, hacia los miserables resultados y las promesas incumplidas de sus gobiernos. No se te ocurra votar por AMLO porque viene el diluvio pierde efectividad como mensaje disuasorio cuando, gracias a los errores y omisiones de estos tres personajes, los mexicanos llevan ya un buen rato con el agua hasta el cuello.

La operación para restarle apoyos a AMLO en 2018 ha sido puesta en marcha y la conducen los mismos de siempre. Los anima el terror a un presidente que se niegue a suscribir el pacto de impunidad que los ha protegido de la rendición de cuentas, un acuerdo tácito que viene funcionando desde que el panista Diego Fernández de Cevallos se tomó el café en Los Pinos con el priísta Carlos Salinas de Gortari. Imposible saber si tendrán éxito en evitar que AMLO gane una elección a tercios. Lo que si es seguro, en vista de tantos ensayos fallidos, es que serán incapaces de acabar con la esperanza que las posiciones de AMLO despiertan en muchos ciudadanos. Es ésta el arma más poderosa de AMLO, la que le ha permitido sortear los obstáculos que vienen de fuera y los que él mismo se ha impuesto.

Hace unos días AMLO se reunió con simpatizantes en El Paso, Texas. Hizo una defensa encendida de los derechos de los migrantes y calificó de “inmoral y absurdo” el desprecio con el que gobierno de Trump trata a los mexicanos. Ofreció convertir a los consulados en “procuradurías para la defensa de nuestros migrantes”. Fue más allá. A diferencia de otros actores impedidos por su propio bagaje no dudó en reconocer que la pelota está en la cancha de México. Prometió que, de llegar a la presidencia, se dedicará a garantizar que los mexicanos tengan bienestar en sus lugares de origen mediante la generación de empleos con salarios justos, para que no tengan que emigrar a Estados Unidos en busca de oportunidades. Llamó también a promover el desarrollo de la zona fronteriza

AMLO sonríe y habla con emoción palpable de construir un México “libre, democrático, justo y sin violencia”. El político mexicano más hostigado en las últimas dos décadas mantiene un optimismo envidiable que contagia a quienes están abiertos a escucharle: si su candidatura es la más votada en 2018 las cosas van a cambiar y, dado el desolador panorama actual, sólo pueden cambiar para bien. AMLO sigue y no hay quien lo pare. Al final la única kryptonita capaz de anularlo es precisamente la que hoy parece tan fuera del alcance de sus desacreditados críticos: el ser capaces de ofrecer ellos mismos una visión esperanzadora de lo que México puede llegar a ser como país.

Columna invitada publicada en El Mañana de Nuevo Laredo el 12 de Marzo de 2017.

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