De parte de una presa que te frenó tu misoginia: toma un poco de pan y vino, Marcelino Perelló

Estaba en la licenciatura, tenía unos 22 o 23 años y estaba comprometida —me casaba, en teoría, al terminar mi carrera. Estudiaba Literatura Latinoamericana y subsistema (como un minor gringo) en Filosofía. Antonin Artaud era (y sigue siendo) mi obsesión literaria. Tenía un blog. Después, llegó Twitter y como cada vez menos gente leía los blogs literarios, me mudé al microblogging. Nunca he dejado de usar Twitter como microblog y siempre me ha sorprendido cuando alguien que me lee y yo nos conocemos y cree que está conociendo sólo a una faceta de lo que soy a la que le puse N., luego Ene, ahora ;ene. En fin. Perelló tras tratar y fallar al intentar impresionarme con palabrería de Lacan, me terminó por invitar a Sentidos Contrarios a hablar de mi pasión: Antonin Artaud.

Accedí. Me apasionaba Artaud, quería que todo el mundo supiera quién era ese genio vanguardista.

Mis padres entraron a la UNAM justo después del 68, pasó un semestre desde que se graduaron de la prepa y que pudieran comenzar sus estudios. Uno de ellos estudió en la Facultad de Ciencias. Entrando a clases, nos decía, vi todavía la sangre, los hoyos de las balas, el hedor a tración.

Les dije que me había invitado Marcelino Perelló a su programa de radio a hablar de Antonin Artaud y que había aceptado. Su primera reacción fue: NO. Pero les dije que quería que más gente supiera sobre Antonin Artaud, supongo que les di ternura. Así que accedieron pero me adviertieron: si vas a ir con el cobarde de Perelló, recuerda que cuando las cosas se pusieron duras huyó a España, admira a Artaud, pero a un traidor no. Y ni se te ocurra ir sola: lleva a un amigo que te cuide bien porque todo el mundo sabe que es un violador. Fui con un amigo, un alma hermosa llamada Salvador.

Pero ni Salvador pudo salvarme del pellizcón en la nalga. El abrazo excesivamente, por ponerlo de alguna forma amable, familiar, de un hombre 40 años mayor que yo a quien nunca había visto. Y no pudo frenar el “albureo”. Intenté denunciarlo en la Facultad de Ciencias. Nadie me hizo caso. Li-te-ral-men-te: a nadie le importó. Así que torné a la única opción que me quedaba: denunciarlo por Twitter.

Lo hice. Y encendí su furia misógina. Además del tan pitochico —y que Marcelino disculpe mi uso de una palabra tan vulgar— insulto de feminazi, continuó con un tuit donde abiertamente admitió que me acosó durante ese programa de radio. El día del Perelló Gate mi reacción fue algo así como: «ah, bueno, cuéntenme una nueva».

Sigo microbloggeando, pero fue hace seis o siete años, la verdad ya casi que ni me acordaba, era un incidente menor para los grados de violencia de género y abuso sexual que he llegado a vivir. Así que sencillamente puse esto en Twitter:

Hoy un amigo me pasó una nota en la que citan el mismo tuit que subí como evidencia durante el Marcelino Gate, pero que no menciona ni una palabra de quien soy yo. En la cobertura de este escándalo, el único que importa es Perelló, el violador, el pedófilo, el acosador serial. Yo, como Daphne (pero obviamente —en este particular incidente en mi vida — hablamos de una situación muchísimo menos violenta e injusta): no existo. Yo, como Daphne y las víctimas de Marcelino: no existo. Yo, como Daphne y las víctimas de abuso sexual en México; yo, como tantas otras mujeres mexicanas: no existo.

OJO: Nadie me pagó por escribir esto. Soy apartidista. El interés en escribir este artículo es mío, por mí y por mis hermanas, víctimas de maltrato sistémico a diario. El interés es mío: nos están matando.

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