La danza de los zamuros

El camión pasa en la madrugada. La ciudad todavía no se ha levantado. Recoge la basura que, quieta, descansa en una esquina de la cuadra. Limpian la zona, llevan las bolsas al interior del camión, se escuchan pasos rápidos, unos cuantos gritos y luego se oye como el camión se aleja. Nadie sabe como sucede pero cuando el sol sale por detrás de la montaña ya en la esquina de la cuadra vuelve a haber basura.

Hay unos puntos negros en el cielo, dando vueltas. Están cazando. Si llegas a levantar la mirada y a fijarte bien en los puntos, notarías que son enormes. Que tienen picos afilados. Y que nunca dejan de mirarte. Caen en bandada sobre la basura de la esquina y empiezan a picotearla. Les encanta.

Los zamuros se mueven con frenesí sobre la basura y la revuelven toda; no se les va a acabar nunca, tienen para mucho tiempo. Se ven las alas negras y largas, creando una danza hipnótica sobre los desperdicios, los picos luchando unos contra otros para desgarrar las bolsas y su jugoso contenido, los ojos inyectados de sangre, hambrientos, cazando siempre. Un niño pasa por la calle de enfrente bien agarrado de la mano de su madre y grita: ¡Mamá mira, la danza de los zamuros!

La madre voltea la cabeza y al verlos apura el paso agarrando más fuerte la mano de su hijito. Todos los que pasan se quedan un rato viéndolos. La danza de los zamuros siempre invita a los espectadores a quedarse. Cuando la noche vuelve a caer, los zamuros se levantan y dejan la basura; ya han perdido el interés. La danza ha cesado por hoy.

Cuando el camión vuelve a pasar en la madrugada, encuentran la basura desperdigada, destruida, toda regada. Maldicen a los culpables. La recogen con la rutina de siempre y se vuelven a ir en silencio.

Los zamuros desde el aire toman las maldiciones sin perturbarse.

M. Figuera

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