Camille Parker

¡Qué hermoso día para estar tumbada al sol en la playa! No hay nada mejor que esto. Una playa solitaria en mitad de ninguna parte, rodeada de dunas, aves cantando, alguno que otro niño chillando y tres o cuatro personas más disfrutando del sol del verano. Nada mejor para estar tranquila y pensar en todo lo que se me viene encima.

¡Pero qué os cuento si vosotros no sabéis nada! Ja, ja, ja.

Me llamo Camille Parker, tengo treinta y seis años y soy una morenaza de ojos color verde avellana, piernas largas y torneadas y con un culazo que para qué contaros, para competir contra cualquiera de esas zambas cubanas, ja, ja, ja, y estoy entradita en carnes, vamos que estoy gorda. Pero quien pilla de estas lonjas no se marcha sin su sonrisa en los labios.

Vale, vale, que sí, estoy exagerando, pero sólo un poco; en realidad me llamo (a efectos legales y notariales) Pedro Pablo Parker Ordoñez, así lo pone en mi documento de identidad, por ahora…

Soy hija de un matrimonio internacional, mi padre es el típico machote norteamericano al que no se le escapa una y mi madre una campesinita de Oviedo a la que seguro que no le costó mucho dejarse lazar por el cowboy en alguna fiesta patronal.

Mis padres son, como diría la Pili, harina de otro costal, no nos parecemos en nada. Siempre están gritando y diciendo trapalladas sobre esto y aquello, nunca están de acuerdo con nada, ni siquiera a la hora de dormir. Cada noche es una historia nueva y cada mañana una aventura digna de admirar, si Spillberg pasase una noche en nuestra casa tendría argumento para diez películas o más.

Mi vida siempre ha sido como una película digna de llevar a la pantalla grande, conmigo como protagonista por supuesto, nunca dejaría que otra marica mala se hiciese con el papel principal, ya visteis lo mal que se le dio a Gael García Bernal en aquella película de Almodóvar, al final tuvieron que pillarse a una verdadera transexual.

Sí, soy transexual. De hecho, trabajo como una burra en un centro de estética y belleza (qué tópico) y en muchas ocasiones me he prostituido para ser quien quiero ser, lo que me ha causado infinidad de problemas desde muy pequeña.

Recuerdo aquella mañana escondida tras la puerta de la cocina mientras mis padres discutían, siendo yo aún muy pequeña…

- ¿Qué ha pasado ahora Manuela? ¿Qué está haciendo Pedro en casa?, he visto su morral en la percha.- Preguntó papá con su típico mal genio matutino.

- No lo sé, no lo entiendo mucho la verdad. — Dijo mi madre sin voltear a mirarle y más atenta al fuego y a la leche, que en ese momento hervía en la estufa — La directora me ha hecho acercarme a la oficina por no sé qué discusión sobre una falda.

- ¿Qué falda, qué discusión? ¡¿Quieres aclararte de una puñetera vez mujer?! — Gritos, siempre gritos, papá nunca supo dirigirse a mi madre con palabras bonitas, nunca en mi presencia, que recuerde…

- Pues una niña, que le ha dejado su falda del uniforme o se la ha cambiado, o se la dio y luego se la quitó, no lo sé Charlie, no entendí muy bien lo que me decía la directora. Ya sabes que soy muy bruta… — sí, mi madre siempre se menos preciaba así misma, sobre todo frente a él; él tenía ése poder sobre ella como nadie más, porque recuerdo ver a mi madre muy envalentonada otras veces frente al charcutero o la frutera cuando hacíamos la compra, pero con papá, con él la historia era otra. –…que yo no entiendo de esas cosas. Mañana quiere verte y quiere que lleves dinero para la falda, creo que el niño le dio tijera cuando se la iban a quitar.

- ¿Dónde está? — Preguntó él con seriedad.

- ¿Dónde está quién o qué? — replicó ella sin voltear a mirarle.

- ¡Pues Pedro Pablo idiota, ¿quién va a ser?!

Ella se giró seria, intranquila. Creo que temblaba. Yo observaba cobardemente la escena desde detrás de la puerta. Había sentido llegar a papá y no me atrevía a salir de donde estaba para saludar.

- Le he mandado lavarse las manos y la cara antes de venir a merendar. Por favor Charlie, — Le rogó — no la tomes con él, es sólo un niño, no entiende lo que hace. Piensa que en este pueblo la gente es muy inculta, somos muy ignorantes todos, tú siempre lo dices y él ve mucha tele, para él todo eso es normal. Quiere ser artista y verse como ellos ya sabes. — mamá, siempre defendiéndome…

- ¡Y una mierda! ¡Pedro, Pedro Pablo, por mil demonios! — Gritó aporreando la mesa.

Ése era mi padre, clamando por la atención de su hijo a pulmón herido. Y no me quedó más remedio que salir de mi escondite y enfrentar mi destino…

- Señor. Hola papá. — Dije, plantándome frente a mi viejo con los brazos extendidos, abiertos a un abrazo, mi carita sonrojada y una mirada angelical. Lo hacía siempre que podía, fingir que todo aquello me importaba o mejor aún, que no me enteraba.

- A ver niño, cuéntame, ¿Qué ha pasado, qué has hecho? ¿Cómo es todo ése lío de la falda y las tijeras? — Papá se sentó a la mesa y puso los brazos en jarras. Yo bajé mis manitas y me senté en la silla frente a él, con la enorme mesa cuadrada atravesada entre sus manazas y mi cara.

- Clarita dijo que su mamá no le había dejado nada para merendar — comencé a decir — y que si le daba de lo que yo llevaba me dejaría ponerme su falda. — Pausa para tantear el terreno y observar sus gestos. Papá siempre se sobaba las manos cuando se preocupaba — Ya sabes cómo me gusta la falda del uniforme — continué- con sus cuadritos pequeñitos y esos pelos que le cuelgan, me gusta mucho cuando me la pongo y empiezo a girar y girar y me hace ver como una princesa…

- ¡Ya basta! — Espetó y de un salto se puso frente a mí. — ¡Qué princesa ni qué mierda! — Me apretujó entre sus manos — Tu eres un hombre, — apuntó entre dientes — un machito. Los hombres no usan faldas ni sueñan con ser princesas. ¿Es que acaso me has visto a mi alguna vez usando faldas o los vestidos de tu vieja? — Preguntó mientras me zarandeaba.

Mi madre observaba desde un rincón con los ojos abiertos como platos soperos, sin atreverse a decir o hacer nada. Vaya cobarde estaba hecha mi madre entonces.

- No señor.- Alcancé a susurrar.

- ¿Qué? ¡Habla fuerte carajo, como un hombre!

- No señor. — contesté a viva voz, con los ojos húmedos y a punto de estallar en llanto.

- Entonces, ¿Qué es lo que pasa?

- Es que… — dije sollozando — Es que… a mí me gusta más la falda de clarita que estos pantalones. ¿Por qué no puedo llevar falda, por qué tengo que ir con estos trapos tan feos e incómodos? Pican y escuecen cuando camino y me hacen sudar, y no puedo mostrar las piernas, que dice Carlitos que son bonitas y que le gustan mucho a su mamá.

- ¡Porque las faldas son para las niñas! — Gritó él y sin más me soltó y se apartó. Se dio la vuelta mirando a mi madre y sentenció — Esto es cosa tuya Manuela, en mi familia no hay maricones, esto es cosa de tu hermano Javier. En mi familia no hay maricones, en mi familia no quiero maricones Manuela. ¡Habla con tu hijo joder!

- Pedrito, mi amor. — dijo mamá, acercándose a mí entre sollozos y llanto. — Mi vida que tú eres un niño cielo, ya te lo he dicho muchas veces. Los niños usan pantalones y las niñas faldas. Los niños juegan al futbol y a ser doctores o sacerdotes, y las niñas con muñecas y a la cocinita. Deja ya esas ideas, mira como se ha puesto papá cielo.

- “Mira como se ha puesto papá cielo” — Dijo papá mofándose de ella — ¿Eso es lo que le dices a tu hijo? ¿Así es como esperas que te diga algo? — Me miró, con los ojos inyectados de cólera y sufrimiento. — ¿Es que quieres ser maricón como tu tío o qué? ¡Dímelo para meterte un tiro! — Lloraba. El dolor le embargaba.

- ¡Charlie por el amor de Dios, que es un niño!

- ¡Una niña! — Grité con todas las fuerzas de mi alma. Los cuatro ojos que tenía frente a mi giraron en sus órbitas y me fulminaron. Un largo silencio se produjo entonces en aquella cocina y fue papá quien acabo diciendo — Manuela, de una vez mujer, habla con tu hijo. ¡Habla con tu hijo antes de que le meta un tiro!

Debo aclarar que sólo era una niña de escasos siete años, todo cuanto hacía lo hacía sin pensar en las consecuencias de mis actos y por y para mi beneficio, sin embargo, el abrir la boca y expresarme aquella mañana, desató un infierno en mi casa que me trajo a día de hoy, hasta esta playa.

Tuvieron que pasar muchos años, todos cargados de problemas, psiquiatras, broncas aquí y allá, cambios intempestivos de colegio y cientos de golpizas gratuitas (o no) para que mis padres al final se hicieran a la idea de que su hijita no tenía remedio y que además de palos debían intentar darle algo más.

Cuando cumplí los dieciocho y pude decidir sobre mi cuerpo y mi futuro, me senté frente a mis padres y les dije que deseaba someterme a una cirugía de reasignación genital (CRG), mamá preguntó muy inocente “¿Qué es eso mijo?” y papá como hacía desde hacía muchos años me ignoró por completo. Para él su hijo había muerto y con él su apellido y su honra. Dejó de escribir a su familia en los Estados Unidos y evitaba a toda costa que los primos de allí viniesen a estar con nosotros aquí.

- Pues que quiero ser una mujer completa mamá- le dije — y según he leído — porque lo había hecho, y mucho — es posible si sigo una terapia hormonal durante un tiempo. Vale que sí, que me he estado metiendo cosas y que tengo unas tetitas guapas pero no es suficiente, yo quiero ser una mujer completa, sin el apéndice ese que me cuelga.

- ¡Ja, una mujer completa! Habrase visto semejante insolencia. Una travesti y una puta yonkie de mierda, eso es lo que eres, una sin vergüenza. — gritó papá desde su sitio, sentado en el gran sofá de la sala. — Para esto me he matado trabajando.

- Por lo menos ya soy “una” y lo reconoces viejo y no “la cosa esa rara en la que me estoy convirtiendo”- me burlé.

- A ver Pedro que me entere…- Dijo mamá, sin quitar ojo de su trabajo de ganchillo.

- Camille, Pedro no existe — le interrumpí.

- Vale mijito, Camille, Pedro, como sea…

- Camille mamá, — le aclaré — no empecemos que ya hemos hablado mucho sobre esto. Pedro no existe vale, se ha ido, olvidaros de eso.

- Sí, sí, sí, lo que tú digas. Se ha ido, está muerto, muerto y enterrado. — Dijo papá y soltó un escupitajo, el muy guarro.

- ¡Vale ya! — dijo mamá — Los dos, vale ya. — Dejando su labor a un lado mi madre me miró. — A ver Camille, ¿Es que no es suficiente todo por lo que hemos pasado? La humillación por la que nos has hecho pasar todos estos años, ¿No son bastante para ti? Todo ese rollo de los novios, las hormonas, los senos, ¡Dios mío los senos! No te ha bastado con hacernos la comidilla del pueblo que ahora quieres ir a cortarte los huevos mijito, ¿Qué es esa locura?

- Ninguna locura mamá, he leído que se han hecho muchos avances en la ciencia con respecto a la reasignación de género y yo no estoy cómoda, — dije casi sollozando — necesito frenar la salida del pelo y todo ese marrón de afeitarme, es asqueroso, y no me gusto cuando me veo al espejo. ¿No veis que soy una broma, un adefesio?

- Eres lo que siempre has deseado ser, no molestes más a tu madre. — sentenció papá. — Ya te hemos ayudado lo que hemos podido. Si te quieres poner tetas ponte tetas, si quieres cortarte la polla córtate la polla, pero que no nos enteremos. — Y añadió — Ya te inyectas tus mierdas desde hace mucho y sin nuestro permiso, pues sigue puteando y págate el cuerpo que deseas. Esta es tu casa y aquí podrás morirte si quieres pero no te daremos un duro más para tus maricadas. Camille quiere ser una mujer completa, ja ¡y una mierda!

Y ahí terminó todo. Mamá no dijo nada. Cuando papá hablaba su palabra iba a misa y nosotras como borregas le obedecíamos.

A los veinte años estaba frustradísima, llevaba dos hormonándome. Había conseguido por medio de una tutela que la seguridad social me cubriese el tratamiento. Tenía la piel más suave, me habían crecido las mamas, el vello facial había dejado de crecer, se me ensancharon las caderas y hubo un cambio brusco en la redistribución de mi grasa corporal, tanto que tuve que meterme, a regañadientes y por orden estricta de mi médico de cabecera, en un gimnasio.

El cabello me crecía con más fuerza, perdí gran parte del tamaño de los testículos y mis erecciones eran menos frecuentes y menos firmes, lo que me ayudaba en según qué momentos del día.

Estaba frustrada pero hecha una reina. ¡Bien por mí, ja!

Aunque mis amigas y conocidos me hubiesen hecho de lado (no todos, siempre me quedaba la Pili para echarme una mano) y mi familia haya decidido definitivamente cerrarme el grifo, yo seguía en mis trece, más que dispuesta a alcanzar mi objetivo. Pero para eso hacía falta dinero y no lo tenía. De manera que, me dejé arrastrar a lo que otras transexuales con las que había tenido ocasión de hablar llamaban “la mejor manera de rentabilizar las bragas” y me dediqué al libertinaje, la prostitución y el engaño. Vamos que las peras y el culo no me iban a salir nada baratos.

Con veintiún años me vine a vivir a Barcelona. Mi amiga Pilar me ayudó con eso. Pilar, la Pili, es una travesti vecina de Oviedo, siempre estuvo de mi parte cuando a mi papá le daba por corretearme por las calles del pueblo blandiendo el cinturón de aquí para allá. La Pili siempre se burlaba de mí, decía que nunca había conocido una niña tan caprichosa y traviesa como yo; que lamentaba mucho que mi familia no viera el gran valor que tenía y todas esas cosas bonitas que una madre podría decirle a sus hijas y que la mía, como no estaba acostumbrada, no me las decía.

Un día la Pili se sentó conmigo y me dijo que hacer la calle no era una cosa buena, que ella con gusto me enseñaría el arte de la peluquería, que ella sabía muy bien como era eso de ponerse en cuatro y abrir las piernas y, que si quería ser mala, que vendiera porros y coca en el local que a ella eso no le molestaba que ella se trajinaba a un mosso de escuadra al que el asunto no le importaba.

- Mira niña, — Me dijo muy seria — estás pasando por un momento de tu vida en el que necesitas estar tranquila ¿sabes?, meterte las hormonas cada día y toda esa mierda si no quieres llegar a vieja y verte como yo. — Se señaló así misma con una mueca — No te hagas puta ni te le entregues a cualquiera, que una luego le pilla el gustito y se deja y tú tienes que ser una mujercita guapa y buena mi niña, una mujercita sin problemas.

La Pili nuca lo supo, pero me le trajiné a su mosso, el tío me vino una tarde con unas buenas pelas y no estaba yo por hacerme la buena. ¡Menuda perra estaba hecha!, pero quería mis implantes de pecho y de cadera, y la cosa no estaba para ponerse de digna y buena chica por allá en los ochentas.

De hecho, las travestis y los maricas tenían revolucionado el mercado de la calle y al personal médico de Barcelona. En América se hablaba entonces de un virus que sólo afectaba a los homosexuales y por ende, a todos los que tuviésemos contacto, directo o no, con ellos.

Mi médico se negó a ponerme al corriente, poco o nada se sabía entonces del VIH y dio un paso atrás en el tratamiento, dijo que no quería arriesgarse a contagiarse o a que su personal y demás pacientes no quisieran trabajar con él, que el constante uso de jeringuillas por mi parte abría una ventana enorme a una posible infección del famoso virus.

Me asaltaron los temores, creía que podría pillar cualquier cosa por usar mal una jeringa o por algún medicamento en mal estado, tanto, que por un tiempo dejé las hormonas y aumente mis visitas al psiquiatra. Estaba completamente asustada, perdida, triste y al mismo tiempo indignada. No se sabía nada respecto a la transmisión del dichoso bicho, pero la comunidad LGBTQ era rechazada donde quiera que fuera, agredida, vapuleada y en mi caso humillada y despreciada. No sólo era tomada por una enferma sino también por una loca degenerada.

Como había suspendido el tratamiento hormonal y no encontraba un espacio en el que sentirme segura, empecé a sentirme angustiada, sucia, rechazada; tenía problemas de autoestima y por ende, me auto-mutilaba, me deprimía muchísimo y algunas veces llegué a pensar en terminar con mi vida. Pero un buen día conocí a Mario, un tipo en verdad agradable, que me ayudo a salir del hoyo en el que me encontraba.

Mario era un chico que venía en muchas ocasiones a cortarse el pelo al local; cuando le veía venir, me ponía derechita y me acicalaba toda, me miraba y remiraba en el espejo para que los bultitos esos que le salen a una cuando deja el tratamiento hormonal no se notaran. Entre corte y corte íbamos charlando de nuestras cosas, que no eran tantas ni muy interesantes, pero para una que es cotilla, cualquier historia familiar es agradable.

Mario me dijo una tarde, entre conversaciones triviales, que habían sacado una prueba para detectar el VIH que se llamaba ELISA, y que si quería salir de dudas y seguir con mi propósito de ser toda una señorita, que fuese al médico y me la hiciera. Más tiempo tardó el chico en ponerme al corriente que yo en plantarme en la consulta de mi médico a la mañana siguiente, si había manera de saber si estaba enferma o no yo quería saberla.

- Señorita Parker buenos días — Dijo el médico al verme de pie frente a su puerta. — ¿Teníamos programada alguna cita esta mañana? — Ojeando sus papeles con apuro me miró y luego sin siquiera pestañear, me sonrío. — ¿Está usted bien, puedo ayudarle en algo?

- Estoy tan bien como el doctor quiera, — dije coquetamente y deslicé una de mis manos por mi figura esbelta — si es que tiene ojos y así lo desea.

- Señorita Parker, por favor.

- Vale doctor, vale. Fuera de bromas, buenos días. Sé que debe tener muchos pacientes y que no pedí cita debidamente, pero me agradaría tener unos minutos con usted, si es tan amable.

- ¿Le sucede algo, es urgente? — El joven facultativo me miró inquisitivo.

- Bueno, lo es para mí — Insistí.

- Muy bien, le veré, pero será sólo un momento. Hoy tengo una mañana bastante ocupada, siga. A ver, ¿Qué va a ser?

- Verá doctor, como le comenté la última vez que me visitó, ya hace mucho, me estaba hormonando y preparándome para la transición de chico a chica, pero con todo lo del SIDA…

- ¿¡Está usted enferma!?- Quiso saber, con algo que fue un grito más que una pregunta.

- Pues a eso vengo doctor, a que me saque usted de dudas. Sé que existe una prueba y quiero hacérmela. — Le dije muy segura.

- Una prueba…- Dijo dudoso.

- Sí hombre, esa que se llama tan bonito, ¿Cómo era..? Marisa, Alicia…

- Elisa — me corrigió.

- ¡Ésa misma! Ve que bonito, si suena a señorita encopetada y todo. ¿Entonces? — Pregunté. — ¿Puedo hacérmela? — El médico me sonrió por un instante que fue como un suspiro y tomando su libreta escribió rápidamente la prescripción en una hoja y me despachó. Yo salí dando brinquitos como una cierva y me estrellé de bruces contra una vieja arrugada y torcida que hacía fila en la puerta. Era su turno supongo, y yo estaba en el medio, más contenta que cualquiera.

Tuve que esperar casi dos meses para conocer el resultado de mis análisis, y a ello tuve que sumarle mi regreso a la consulta psiquiátrica porque claro, debía prepararme para lo que viniera, bueno o malo me querían controlada y de buen ánimo.

Poco faltó para que muriera de angustia y desespero, pero al final tuve los resultados en mis manos, eran negativos. Estaba contentísima, nunca había habido riesgo de infección, el psiquiatra me explicó todo lo de la ventana de riesgo, las prácticas de riesgo y todo ése tema enrevesado del virus y de cómo afecta al ser humano. Si hubiese sabido entonces todo lo que sé ahora, otra hubiese sido mi odisea.

Un par de años más de tratamiento hormonal y, acompañada de Mario para arriba y para abajo, quien se había convertido en mi sombra, mi amante y compañero de aventuras, por fin pude pisar el quirófano. El día de mi primera intervención estaba muy nerviosa, me habían dicho que me tendrían que anestesiar, que sería una anestesia general y que se corrían muchos riesgos. Pero que confiase en que todo saldría bien, que el cirujano que llevaría mi caso era el mejor del país y que estaba muy cualificado.

La cirugía duró seis horas, dijo Mario. Yo ni la sentí. Lo que sí que sentí fueron unos dolores terribles cuando desperté, no quería saber de nada más que de calmantes y dormir, deseaba tanto dormir como nunca deseé nada en la vida, sin embargo, las enfermeras batallaban conmigo para que permaneciera despierta y alerta. Al parecer era una de las pioneras de la vaginoplastia por inversión peneana en Barcelona y mis cuidados y atenciones debían ser controlados a rajatabla.

Dos semanas después ya estaba en casa con dos consoladores de diferente tamaño para trabajar en la dilatación vaginal, ¡joder cómo lo detestaba! y un mes más tarde volvía a hormonarme y daba por concluida la primera fase post operatoria. Tendría un año entero para que mi cuerpo se habituara al nuevo sistema urinario y para que yo me acostumbrara, a las pollas falsas, y a la de Mario.

Mario, mi dulce Mario…

Han pasado varios años desde que concluí mi transición y Mario siempre ha estado a mi lado, apoyándome y dándome ánimos. Se convirtió en mi mejor amigo y mi bastón, no sólo en lo anémico sino también en lo económico. Muchas de las facturas y medicamentos que no cubría la seguridad social, los cubrió él, él solito, sin ayuda. Decía y repetía constantemente que yo era su mujer y que nada me faltaría mientras estuviera él.

Una noche Mario llegó muy tarde y borracho a casa. Desde la puerta se le oía reír y alardear de novia. El telefonillo no dejaba de sonar y mis nervios empezaron a crisparse. Levanté el auricular dispuesta a sermonearle.

- ¿Quién es? — Pregunté con sorna, aunque ya lo sabía.

- Soy tu lobo caperucita — soltó bromeando. — Anda abre que el cazador está acechando.

- Ja, ja, ja, ¿Qué cazador? Payaso, venga sube. — solté el telefonillo y abrí la puerta.

Un momento más tarde lo tenía pegado al timbre del apartamento.

- ¡Por favor Mario que no son horas para estar armando jaleo! — le solté histérica cuando abrí la puerta.

- Ñan, ñan Caperucita, ¿Está tu abuelita? — Dijo, guiñándome un ojo y una sonrisa pícara y maliciosa se dibujó en su rostro.

- ¡Ni abuelita ni hostias! ¿Pero tú te has visto muchacho?

Cerré la puerta tras de sí y le ayudé a llegar hasta el salón, cansada de sólo imaginar la noche que me esperaba. De repente se dejó caer de rodillas y me miró con seriedad, metió una mano en uno de los bolsillos de sus vaqueros favoritos y sosteniendo un anillo con un pedrusco enorme, me preguntó

- Caperucita, ¿Quisieras tener el gran honor de hacerme tu lobo, tu presa y cazador? — Le miré atónita, desconcertada y confundida.

- Sí, si sabes a lo que te enfrentas borracho de mierda.- le dije burlona.

- Oye, oye, un respeto que voy en serio — dijo él tambaleándose sobre su única rodilla firme sobre el suelo. — ¿Me quieres o no?

- Sí. Sí quiero…

Creo que no os he contado cómo es Mario, el hombre que me cautivó.

Mario tiene cuarenta y cinco años, un metro ochenta y seis de estatura y noventa y siete kilos de pura masa corporal. Ojos negros y una mirada profunda y oscura como la soledad. De sonrisa alegre y jovial. Lleva tatuada una chica pin up con uniforme de marinero en el brazo izquierdo, de cuando estuvo en el ejercito me dijo. Cuando camina tiene un deje a Danny de Vito, interpretando al Pingüino en Batman, motivo de muchas de mis burlas.

Cuando Mario habla, es como si mil truenos estallasen al unísono y resquebrajasen los cielos pero cuando me susurra al oído, su voz es como un soneto que interminable, llena mi alma con su lamento. Tiene un gran carácter y un temperamento fuerte y avasallador, pero en el fondo es un pan de Dios.

Mis padres nunca han querido conocerle, de hecho, nunca han querido conocerme ni siquiera, a mí, a Camille. Pero si le vieran, si le hubiesen conocido en otros tiempos, seguro que le amarían tanto como yo.

Y es por ese amor que hoy estoy tan contenta y pensativa, tumbada en la playita; es ese amor intenso lo que me tiene hoy de cara al sol, agarrando colorcito y poniéndome guapa, como una princesa.

Hoy es uno de esos días en que tendré que pararme frente a Mario, y lo haré en una ceremonia intima y cortita, con nuestros amigos y allegados. Será un pequeño instante en que nos juraremos amor y respeto mutuos. Será algo sencillo y ficticio, para hacer alarde de vestidos y alianzas, porque hasta que el registro no autorice mi cambio de nombre, y Camille no sea mi nombre legal, no habrá boda oficial.

No sabéis lo agradable que es estar en esta playa y recordar con agrado lo que era antaño, verme bajo este bañador de dos piezas y enseñar carnaza sin tapujos ni vergüenzas. Verme y a lo lejos vislumbrar a una mujer con algo parecido a un burka que remoja sus brazos a la orilla del mar, mientras yo enseño mis carnes con libertad.

Mi nombre es Camille Parker, tengo treinta y seis años y lo creáis o no, soy una mujer de verdad.

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