La realidad de los hombres

Últimamente, con el crecimiento de los movimientos en defensa de los derechos de las mujeres en el plano social y su eco en los medios, está surgiendo a la par un patrón de comportamiento reaccionario al feminismo. Este es un breve glosario de esta corriente reactiva:

“Si no es para tanto”
“Siempre ha sido así”
“Eso de los micromachismos es una tontería”
“¿Y éstas?”
“Ya están las feminazis”

Evidentemente, ellos (y también se oye de boca de ellas, tristemente) rechazarán el adjetivo de “reaccionarios” porque te dirán que ellos creen en la igualdad de género, entienden que las mujeres tengan que luchar por algunos derechos y que “para nada” son machistas. Este patrón de comportamiento es sumamente activo, pues a cada noticia, columna o post relacionado con un acto en defensa de los derechos de las mujeres, ellos lo comentan con jocosidad (“¿y éstas?”), crítica de bar (“ya están las feminazis”) o ambas actitudes.

Por lo tanto, sí que son reactivos al tema, el asunto de alguna manera les toca alguna fibra interior que les impide ser pasivos (en vez de decir: “cada uno que vaya donde quiera con su lucha”). Curiosamente, este patrón de indignación o reactivo al feminismo coincide con el mismo colectivo activo de ciudadanos y usuarios que vuelcan gran parte de su tiempo diario a mostrar online las deficiencias de los nuevos movimientos de izquierda. La ferviente pasión que destapan ellos y ellas (muchos y muchas pertenecen a esa ola de “liberales de descripción de Twitter”) no es comparable con la que desatan ante, por ejemplo, escándalos de corrupción (siempre me ha resultado irónico tener tanta urticaria a la defensa de los derechos sociales cuando luego te tienes que acordar de la protesta social cuando se rompe una tubería en tu calle y no va nadie arreglarla).

Es por eso que me ha llevado a preguntarme durante mucho tiempo cuál es el mecanismo psicológico que se desencadena para mostrarse tremendamente activos. Y la respuesta que tengo es su realidad, trastoca enormemente el prisma por el que ven el mundo, que además proclaman como la única. He aquí un breve glosario que lo demuestra:

“Es el sentido común”
“Eso es así”
“Las cosas son como son”
“Es muy bonito como lo pintas, pero la realidad es otra”

Pongamos un ejemplo: El sujeto X cuelga un artículo de micromachismos en el grupo de WhatsApp que tiene con sus amigos. La conversación que subsigue puede ser la siguiente:


– ¿¡Y esto!? (link).

– Menuda tontería, eso no pasa.

– Y si pasa, yo si fuera mujer pasaría del tema.

– Como son estas…

– Es que ya no se puede hacer ni decir nada.


Mi pregunta para estos sujetos es: ¿Han desarrollado el súper poder de ponerse en las entrañas de una mujer para sentir exactamente lo que sienten con un micromachismo y así poder elaborar un juicio? Igualmente es aplicable para otros casos de machismo social. ¿Le dirían lo mismo a una persona de raza negra que ha sufrido la discriminación por su color en pequeños detalles durante su vida (el más afortunado) como comentarios por la calle, miradas desconfiadas e insultos? Evidentemente no. Ellos no son racistas, muestran compasión y pena porque esa persona de raza negra haya sufrido/sufra eso, pero no pueden sentir al 100% su sufrimiento porque no son esa persona de raza negra. Sin embargo, a una mujer sí le dicen cómo sentirse. Se lo dicen porque su realidad es la única posible, la “sensata”, la “normal”, la “de todos”.

Les traigo noticias a estos hombres: el mundo está conformado por más de siete mil millones de personas. Cada una de esas siete mil millones de personas es un ser humano que tiene su propia realidad cortada por sus valores, costumbres, carácter, ideología, religión, influencia de la propaganda, etc. Su realidad de costumbrismo arcaico donde son los únicos portadores de las sencillas verdades no es la única.

Consecuentemente, sería útil para ellos abandonar esa posición absolutista de “única verdad” (que tanto abandera el extremo centro), no solo para el beneficio individual aprovechando la inteligencia y formación de la que gozan la mayoría de ellos que queda achantada ante la falta de un prisma más amplio por el que ver el mundo, sino también para aportar un granito de arena a luchar ante un problema social que puede desencadenar en desgracias. Porque esa es otra, negar que el machismo social es la raíz de la violencia de género ya son ganas de algunos de normalizar (“esos casos aislados de locos maltratadores”) lo que no es normal. Son los mismos hombres que les entran los mil males (con toda su honestidad) cuando ocurren casos de violación como el del pasado verano en Pamplona (“yo los mataría”, “yo los castraría”) y a la par creen que una mujer se pone escote “para ellos”.

La fórmula es muy simple: ya que molecularmente los hombres no pueden sentir lo que sienten las mujeres, escuchar y abrir la mente a diferentes versiones de la realidad (o diferentes realidades) puede proporcionarles un juicio más justo para entender el feminismo. Más conocimiento e información haría a los hombres elaborar un pensamiento crítico sobre los valores y costumbres por los que han sido educados y son bombardeados cada día. Posteriormente, y se quiere/puede ir más allá, desarrollar una sensibilidad, intentar sentir los problemas que sufren las mujeres en su día a día (lo que se conoce como empatía) y que les llevan a defender sus derechos y denunciar los machismos.

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