La vuelta

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“Alguien que sembró alguna esperanza en el mundo nunca se va del todo”
[Ariel Scher]

1

“Me cansé, estoy harto. Esto no da para más: ya ni siquiera me putean…”, soltó la frase al pasar, casi sin darse cuenta. De tanto pensarla se le escapó y la dejó caer con desprecio en el piso reluciente del vestuario. Al mismo tiempo, se sacó la camiseta y la tiró encima de la camilla que aún brillaba por los resabios de los ungüentos para los masajes. Rompió el silencio pero no pudo con la pasividad de sus compañeros, ninguno le prestó demasiada atención, cada cual siguió murmurando en su propia burbuja.

“Juego horrible, erro un penal, perdemos y la gente como si nada. Les da lo mismo…”, pensaba mientras suponía que el agua de la ducha sería un buen calmante. No era bronca lo que tenía. Se sentía raro. Hubiera preferido explotar de rabia o agarrarse a trompadas con alguien antes que estar así: vacío, insulso, sin encontrar ni siquiera un motivo, más allá de su herido orgullo, que justificara semejante decepción. La lógica de su vida no comprendía que las derrotas no tuvieran consecuencias. Si pierdo tengo que pagar, pensaba.

Nunca imaginó que algún día extrañaría las puteadas de la gente. Entendió que las necesitaba tanto como a los aplausos. O quizás más, se dijo. Cuando un futbolista ya no provoca ni siquiera insultos es porque a los hinchas les ganó la resignación, no tienen más expectativas y dejan que el jugador se marchite como una planta sin riego, lo abandonan porque no esperan nada nuevo de él. No le resultó simpática la comparación, pero se veía como un caballo de carrera, achacado por el paso del tiempo, al que ya no valía la pena pegarle fustazos. Peor: daba lástima pegarle.

“Mierda che, ya ni ganas de putearme tienen. Es bravo…”. Decidió no afeitarse aunque el vapor de las duchas compartidas generaba un ambiente propicio. Se secó mirándose al espejo como buscando alguna respuesta. Físicamente ya no estaba como diez años atrás, eso era cierto, pero había suplido la falta de explosión y despliegue con un juego más cerebral. “Es cuestión de aprender a caminar bien la cancha; correr corre cualquiera”, solía presumir cuando los periodistas lo cuestionaban.

Descubrió que los hombros se le habían caído y si los unía con una línea imaginaria podía dibujar un paréntesis acostado boca abajo. “Es el peso de la gloria…”, se rió de sí mismo tratando de superar el trance. Lo que no le hizo mucha gracia fue percibir que la frente le brillaba como una plaqueta de bronce recién lustrada. El colorcito que producía el sol del verano europeo era incomparable, pero no le agradaba demasiado notar que cada vez le sobraba más espacio al final del pelo.

No se sorprendió por la ausencia de mensajes en el celular. A regañadientes se había acostumbrado a las nuevas reglas del juego. “Y pensar que cuando empecé lo primero que hacía era buscar un teléfono para hablar con mi abuelo sobre el partido y contarle todo lo que había pasado. Ahora, cuando ganamos aparecen notificaciones de todos los colores, pero cuando perdemos no llama ni el loro. A nadie le interesa lo que pasó, únicamente miran el resultado y listo…”.

Se frenó. Dudó. Tuvo miedo de estar hablando solo, no por lo que fueran a pensar sus compañeros sino porque esa costumbre de pensar en voz alta le recordaba a su abuelo, que en lugar de dialogar con su abuela se la pasaba todo el día charlando consigo mismo sobre sus ocurrencias, mientras la vieja le reprochaba que la ignorara y lo trataba de loco. Era una imagen que prefería evitar. Y más en ese momento que suponía importante. O decisivo. O algo así.

La vibración del teléfono lo descolocó. “Jugaste bien papi”, tres palabras inocentes, sin dobleces, inexactas pero sinceras. Su hija solo quería saludarlo. Siempre lo hacía, independientemente del resultado. No entendía nada de fútbol, y eso era lo mejor. Ya tendría tiempo de llamarla, en un ratito. Antes prefería cerrar un asunto que llevaba tiempo rebotándole en la cabeza.

Escribió una oración que no lo convencía del todo. La borró. Cambió las palabras, no las encontraba; tampoco es que le sobraran. Sabía qué quería decir, pero no sabía cómo. La rigidez involuntaria de los dedos no lo ayudaba. Un leve cosquilleo en la panza parecía ser el mejor consejo. Decidió no darle demasiadas vueltas al asunto. Ignoró las inútiles sugerencias del corrector automático. Apretó enviar y sintió una especie de alivio, como si junto con el mensaje viajaran todas las angustias que traía acumuladas. Fue suficiente con una breve sentencia: “Me vuelvo al pueblo”.

2

­El ronroneo del motor producía sacudones rítmicos en el colectivo que se movía como una cuna gigante. Mil veces se había dormido en esa situación, pero ahora era distinto. No podía dejar de mirar a un pibito que, enfundado en la camiseta del club, corría por todo el playón pateando un vaso de plástico: trataba de hacerlo pasar entre dos botellas de gaseosas que lo esperaban desafiantes en uno de los extremos. Algo parecido a la envidia se le cruzó por la cabeza. No, envidia no, más bien nostalgia, se reprochó. Extrañaba la libertad de la inocencia y no estaba seguro de que pudiera recuperarla. Cuando se adivinó con los ojos humedecidos reflejados en el vidrio de la ventanilla, el sonido del celular le desdibujó la imagen.

— Oscarcito, perdoname viejo, recién veo tu mensaje. Estaba jugando al golf. ¿Qué es eso de que te querés volver? — la voz del otro lado sonaba relajada, ajena a todo, y al mismo tiempo inquisidora.

Odiaba que le dijeran Oscarcito, pero se contuvo porque no era momento para diluirse en pequeñeces.

— Que me vuelvo, boludo. Simple: no juego más acá y punto. Andá pensando cómo podemos arreglar el tema del contrato y la guita… — dejó que los puntos suspensivos abrieran el único aspecto que estaba dispuesto a negociar porque lo demás era asunto cerrado.

— Oscar, escuchame. No es tan fácil, te quedan dos años de contrato. Es mucha plata; sin contar mi parte. Además, ¿pensaste qué vas a hacer con la cuota alimentaria de tu hija?

Ciertamente no lo había pensado, pero no porque no lo creyera un tema importante sino porque consideraba que no significaría un problema. Supuso que con los ahorros alcanzaría para cubrir las obligaciones económicas. Sí pensó que sería más complicado acordar un nuevo régimen de visitas, pero eso no era nada que no pudiera solucionarse con un poco de buena predisposición. Ya somos grandes, trató de convencerse.

— Hablálo con mi ex. No aguanto más. Mañana me vuelvo.

Sin darse cuenta había usado el verbo volver en sus tres intervenciones, como para que no quedaran dudas. Volver significaba retomar un estado previo: el de la inocencia que le había estado envidiando a ese nene que peleaba contra el andar impredecible de un vaso que no parecía estar dispuesto a obedecerle. Pero el pibito lo seguía intentando con una sonrisa que se le escapaba de los cachetes.

— Oscarcito querido, porque no lo charlamos más tranquilos mañana. Entiendo que estés caliente porque perdieron, y por lo del penal, pero no es cuestión de mandar todo a la mierda de un día para el otro. Me extraña, sos un profesional; no empezaste ayer. Todavía te queda mucho hilo en el carretel. Además, tenemos contratos firmados. Pero más allá de eso, nos une una confianza que excede a los negocios. Te diría que lo pienses de nuevo. Mirá, a veces a mí también me pasa que quiero largar todo y mandarme a mudar, pero cuando lo pienso un poco me doy cuenta…

Otra vez la misma cantinela, se dijo recordando esa palabra tan particular que solía usar su abuela cuando lo descubría tratando de inventar excusas para irse a jugar a la pelota a la hora de la siesta. Este boludo no cambia más: se hace el que me habla a mí pero en realidad vive hablándose a sí mismo. De nuevo tuvo miedo de haber dicho en voz alta lo que se suponía que estaba pensando. Sintió que la frente le hervía y el cuerpo le entraba en ebullición, mientras las palmas se le enfriaban. Pensó que el asiento se lo estaba deglutiendo. Necesitaba un poco de azúcar para recuperar la estabilidad.

— ¡¿Qué parte no entendés de “me vuelvo”?! Me vuelvo a jugar en el club del pueblo, mañana mismo. ¡Ah!, y sácame por favor el pasaje en avión que no sé cómo carajo se hace…

Cortó la comunicación. Era suficiente. Había roto la burbuja y se descubrió un ignorante de las cosas más elementales que tiene la vida: cómo puede ser que no sepa ni siquiera comprar unos putos pasajes, se reprochó. Trató de frenar las revoluciones y percibió que el motor del colectivo había acelerado el ronroneo hasta convertir las vibraciones en un tenue movimiento hacia adelante. Levantó la vista y notó que el pibito en el playón comenzaba a alejarse paulatinamente: seguía aislado del mundo porfiando contra el vaso de plástico que se resistía a pasar entre las botellas; no había conseguido todavía lo que buscaba, pero era feliz intentándolo.

3

— Muchachos, anoche estuve hablando con el Pepe y me dijo que lo suyo es una decisión tomada: se vuelve al pueblo…

— ¿Qué Pepe?

— Oscar Monje, un chico de acá que hizo las inferiores en San Lorenzo y después se fue a jugar afuera. Anduvo por varios países y ahora está en Malta. Es el nieto de don Monje, ese viejito que venía siempre a la cancha y se sentaba en la esquina del córner. Ustedes no lo llegaron a ver porque eran muy chicos cuando se fue…

— Ah, ¿y de qué juega?

— Cuando jugaba en el club era diez, enganche; en realidad, en esa época se le decía cuarto volante. Pero ahora tengo entendido que lo estaban poniendo de carrilero y hasta de tres…

— Bueno, habría que ver qué dice el Pocho, ¿no?

El presidente advirtió que la noticia no había encontrado a los interlocutores adecuados: un grupo de jóvenes entusiastas que tenían ganas de colaborar en la Comisión, pero no sabían nada de fútbol y menos de la historia del club.

Antes de mandarlos al carajo prefirió tomarse unos segundos para ordenar los argumentos. Haciendo tiempo estiró el cuerpo sobre la mesa para agarrar unos maníes, escarbó con la punta de los dedos en la cazuela hasta llenar el puño, después abrió la palma como si estuviera evaluando la cantidad y calidad de la carga, arrugó la nariz y dejó caer los maníes, con cascara y todo, en el vaso lleno de cerveza. La efervescencia de la espuma fue una proyección de lo que pasaba con su cabeza.

— Mierda, ustedes no son más boludos porque no hicieron pre temporada. Si el Pepe dice que quiere volver a jugar en el club, viene, juega y es capitán. ¿Estamos? ¡Qué carajo me importa lo que piense el inútil del Pocho!

— Está bien presidente, no se enoje. Yo solamente lo decía porque él es el técnico y se supone que tiene que tomar ese tipo de decisiones. Así se trabaja en las empresas modernas: con gerentes en cada una de las áreas…

El presidente consumió el último gramo de paciencia que le quedaba en el cuerpo cuando escuchó combinados en la misma oración los términos empresas, modernas, gerentes y áreas. Bajó la vista hacia el vaso y se dejó tentar por los maníes que flotaban en la cerveza como pequeñas boyas en el rio. Cerró los ojos y se mandó un trago profundo, tan largo que algunos maníes pasaron directamente al estómago y a otros los fue masticando con una impostada parsimonia. También sobreactuó el golpe de la copa contra la mesa, cuando terminó de tomar. Después, sin disimular, se limpió los labios con el dorso de la mano, carraspeó buscando concitar la atención que se había disgregado y se dejó llevar por los impulsos:

— Escuchen, dos cosas les voy a decir. Primero: acá el que manda soy yo, estamos. Y segundo: el Pepe Monje llega mañana y juega el domingo, con la diez y la cinta en el brazo derecho, estamos…

El presidente disfrutaba agregando un “estamos” al final de cada orden para que sus interlocutores no tuvieran más salida que una tímida mirada aprobatoria. Satisfecho por su intervención, respiró profundo, volvió a tomar el vaso ya vacío, lo sacudió con cierta intensidad para que los maníes se despegaran del fondo y quebrando el cuello hasta tocar la espalda con la nuca los engulló como si fuera una máquina de picar carne.

Después, apoyó el vaso en la mesa y dio por terminada la reunión golpeteando los dedos sobre el nerolite humedecido por la transpiración de las botellas de cerveza. Antes de levantarse, agarró el último maní que quedaba en el platito, lo amasó entre el índice y el pulgar y lo tiró hacía arriba haciéndolo dibujar una perfecta línea recta que terminó en el centro de su boca, que esperaba abierta como si estuviera gritando un gol. Mientras masticaba el sabor de la autoridad, examinó los jóvenes rostros que lo rodeaban y no pudo resistir la tentación de dejarles una sonrisa socarrona. Arrastró la silla hacia atrás y todo lo que dijo fue: “Hasta mañana, gente”.

4

La salida del equipo a la cancha lo impactó, no porque se tratara de una recepción especialmente preparada sino porque sintió que todo estaba más o menos como lo recordaba. Cada cosa en su lugar: el alambrado con un poco más de herrumbre, las publicidades pintadas en el tapial, los caños de los arcos, que debían ser los mismos de hacía veinte años, pero con redes relativamente nuevas, y la tribuna de uno de los costados con los tablones doblados que seguían amenazando con quebrase como pasaba desde que su abuelo se sentaba ahí, siempre en el mismo lugar, cerca del córner, al lado de la torre de iluminación que todavía esperaba por los nuevos reflectores.

Lo único que rompía la armonía era una improvisada bandera, hecha con bolsas de cereales, colgada en el tejido con un escueto mensaje: “Bienvenido Pepe”. Más allá de la desprolijidad de las letras pintadas con aerosol, valoró que tuvieran la precaución de colgar el agasajo en el rincón donde su abuelo veía los partidos. Lo sintió como una fina e inesperada caricia al alma.

Le costó encontrarse en esa foto de un pasado que parecía haberlo estado esperando todo ese tiempo prácticamente sin moverse. Sacudió las piernas para asegurarse de que estuvieran ahí; por un momento dejó de sentirlas: entre el frío y los nervios, los músculos se le habían tensado como una cámara de bicicleta retorcida.

El acople de los parlantes lo devolvió a la realidad. El presidente golpeteó un par de veces el micrófono con el dedo índice. Después de escuchar el “tuc-tuc” confirmatorio, balbuceó casi sin abrir la boca la famosa frase de prueba “un-dos-probando…”, y recién entonces comenzó con la improvisada bienvenida.

“Antes de hablar quisiera decir unas palabras”, comenzó el presidente para abrirse paso a sí mismo sin que nadie valorara su humorada demasiado pretenciosa. Después de un incómodo silencio, prosiguió: “Querido Pepe, solo quería agradecerte en nombre del club, de la Comisión y de todo el pueblo, este enorme gesto de grandeza que has tenido de volver para ponerte de nuevo la camiseta de tus amores… Esa camiseta con la que empezaste a soñar, cuando eras un nene así de chiquito, con llegar a ser lo que finalmente fuiste…”. Las tenues pausas y cierto rebusque en las palabras parecían una estrategia del presidente para incrementar el nivel de emoción, pero en realidad era una forma de ganar tiempo para que no se notará que estaba inventando lo que decía, porque el machete que le habían arrimado solo era una hoja en blanco apoyada sobre la plaqueta que esperaba por su turno.

(“Estos pibitos son más inútiles de lo que sospechaba”, maldijo resoplando y haciendo fuerza para mantener la calma mientras los fulminaba con la mirada. El grupo joven de la Comisión ni siquiera lo notó porque los devoraba la intriga por saber quién había puesto la bandera de bienvenida; además, se lamentaban por no haberla hecho con tela y un poco más prolija.)

Luego de unos forzados aplausos de ocasión, el presidente lo invitó, con un leve cabeceo, para que se arrimara al pie del micrófono: “Tranquilo Oscarcito que no te vamos a hacer hablar; ya sé que lo tuyo es jugar…”, le dijo palmeándole la espalda para generar un clima de complicidad, pero apenas recibió como respuesta una media sonrisa aprobatoria. Desorientado y transpirado, a pesar del frío, el presidente redondeó con premura: “Bueno señores, sin más preámbulos, y para no hacerlos esperar tanto, no sea cosa que te enfríes y te lesiones, querido Pepe, te hago entrega de esta plaqueta recordatoria que reza: ‘A nuestro hijo dilecto: Oscar “Pepe” Monje, en agradecimiento por su vuelta. Club A. Sarmiento. 10–7–2017’”.

Mostró el reconocimiento hacia cada uno de los tres costados de la cancha en los que había gente. Imprimió con sudor las huellas de sus dedos sobre el acero inoxidable de la placa, y una angustia indescriptible le golpeó el pecho cuando notó que no encontraba a quién dejarle su trofeo. Recién en ese momento se dio cuenta que estaba solo, que no tenía a nadie en el pueblo más que a sus propios recuerdos. Recuerdos de lo que había sido y quizás ya no era.

Le dolía más la vergüenza de sentirse como si estuviera desnudo que la soledad ignorada por los demás. Con disimulo, examinó las caras de los que estaban en el banco de suplentes tratando de encontrar algún gesto salvador que lo sacara del aprieto. Un: “vení, dame que te tengo”. Pero todo lo que le devolvieron fue una extraña admiración, mezclada con cierta expectativa por ver qué haría. No con la plaqueta, sino con la pelota cuando comenzara el partido.

Abatatado, lo único que le salió fue pegar unos saltitos breves e improductivos que no activaron lo suficiente los músculos. Cuando quiso meter un pique, como para dar por concluida la ceremonia del retorno, sintió que un alfiler se le clavaba a la altura del muslo y la cámara de bicicleta que antes se había retorcido ahora se desinflaba. Disimuló y siguió corriendo. Cuando llegó al rincón donde estaba la bandera hecha con bolsas, se vio tentado de arrodillarse pero le pareció demasiado y, además, el pinchazo se lo impedía. Se agachó hasta donde el dolor se lo permitió y dejó la plaqueta, como una ofrenda, sobre el pequeño tapial que sostenía el tejido.

Mientras volvía hacia la mitad de la cancha para empezar el partido, acompañado por unos tímidos aplausos que sonaban más inquisidores que alentadores, giró la cabeza por encima del hombro buscando lo que sabía que ya no podría encontrar. Entonces se preguntó si volver así, a destiempo, no era peor que no haber vuelto. Tantas veces se lo había prometido hasta que al final cumplió, pero parecía tarde. Demasiado tarde.

5

El fútbol puede ser tan cruel como se le antoje. Y la gente del pueblo, también. En ese sentido, ni el pueblo, ni el fútbol suelen ser originales. Una de las formas más extendidas de la crueldad son las puteadas. Las puteadas a los jugadores propios, porque las que van dirigidas a los rivales se toman prácticamente como una obligación.

Putear se putea en todas las canchas del mundo, pero lo interesante de este fenómeno universal es que en los pueblos se puede saber todo: motivo de la puteada, contenido de la misma, destinatario y, especialmente, quién es el autor o los autores: creadores y/o ejecutores, que no necesariamente coinciden.

En los pueblos hay muchas rutinas sagradas, pero una de las que más se respeta es la de ubicarse siempre en el mismo lugar de la cancha. Esa costumbre sumada a un oído medianamente entrenado permite adivinar con relativa facilidad quién putea, o al menos desde dónde. Aunque, es cierto, algunos son muy hábiles para esconder su verdadero tono de voz y lo más común es que el autor material de la puteada no coincida con el autor intelectual. Pequeñas mañas de pueblo que según cómo se las juzgue son vivezas, habilidades, astucias o malas costumbres. O todo junto. En algunos momentos pueden ser formas de vivir y en otros, de sobrevivir. Como sea, surgen siempre en el instante preciso, sin necesidad de planearlas o invocarlas. Aparecen.

No podía descifrar si sus sentidos se encontraban especialmente predispuestos ese día o simplemente era que le estaban pasando todas. Sentía que la responsabilidad por demostrar pesaba más que la escuálida mochila de sus hazañas europeas. Quizás por eso estaba un poco más lento. También, quizás por eso, llegó un segundo tarde cuando quiso tapar el centro atrás del marcador de punta rival. Increíblemente tuvo tiempo para reprocharse haber adquirido ese indeseado hábito de llegar tarde, pero no alcanzó a cubrir lo suficiente un tirito al que le cambió sus intenciones rozándolo apenas con el tobillo derecho para mandarlo por encima del cuerpo del arquero.

Giró sobre su eje y fue testigo privilegiado del infortunio. Corrió tan rápido como los años se lo permitieron. El pinchazo del muslo le llegaba ahora hasta la garganta, pero no se frenó. Continúo la carrera con la vista clavada en la pelota implorando que la parábola imaginaria se estirara unos centímetros. No hubo caso: cuando el destino se lo propone puede ser incluso más cruel que el fútbol y que le gente del pueblo.

Corrió hasta que la red del arco lo detuvo. El ruido del cuero sacudiendo los piolines delante de su nariz fue lo último que escuchó. El silencio se parecía a aquel de las siestas en las que sus abuelos no lo dejaban salir a jugar. Envuelto por sus propias dudas, y amenazado por las ajenas, descubrió que nunca había hecho lo que estaba por hacer: algo tan simple, y hasta insignificante, como agacharse para agarrar la pelota después de un gol en contra. Sintió las miradas perforándole la nunca. Especialmente una a la que podía adivinar tratando de ocultarse detrás de la bandera de bolsas, allá en el rincón.

Pensó en largar todo. Pero no podía porque a eso ya lo había hecho. Dobló el torso. Le crujieron las cervicales. Tomó la pelota con ambas manos y palpó que el cuero estaba áspero, demasiado áspero. Era un cuero vivo, no una piel sintética inanimada. Recuperó la vertical y las dudas le dinamitaron los botines. Tomó todo el aire que encontró para inflar el pecho y disimular camino hacia la mitad de la cancha. Serían los pasos más largos y difíciles, mucho peor que caminar en el sentido inverso para ir a patear un penal en una definición. Caminatas similares, pero incomparables: cuando vas, vas hacía una oportunidad, la de meter un gol; cuando volvés, volvés de una sentencia, la del gol convertido.

Había cambiado el contexto, pero la sensación seguía siendo la misma: el silencio, la indiferencia, la ausencia de una puteada aunque sea, se parecía mucho a la lápida del futbolista. Hasta que de improviso, como ocurren las cosas en el fútbol, y en los pueblos, se escuchó: “¡Monje y la reputísima-madre-que-te-parió! ¡Hay que poner más huevos acá, eh!”.

Supuso que con veinte años menos hubiera sido capaz de identificar al puteador. Y era cierto. Tan cierto como que con veinte años menos hubiera llegado a tiempo para tapar el centro. Pero nada de todo eso le importó porque un detalle, un inocente adverbio, aunque no sabía que se trataba de un adverbio, lo dejó con vida. O mejor dicho: le devolvió la vida. Ese “acá” fue todo lo que necesitaba para entender que no tenía sentido seguir atrapado al pasado. No importaban el “allá” y el “antes”, lo único trascendente eran ese “acá” y ese “ahora”. En una simple y hasta rustica puteada le estaban diciendo: “Nos importa un carajo lo que hayas hecho, o cómo jugaste en Europa; nos interesa lo que hagas, y cómo juegues acá… en Sarmiento…”.

Los pasos hasta el medio de la cancha fueron más cortos y sencillos de lo que había temido. Apoyó la pelota en el círculo central. Cuando irguió el cuerpo notó que algo se le desataba a la altura del pecho. Por fin pudo tomar aire con libertad y salió jugando con un compañero. Todavía quedaba mucho tiempo para dar vuelta el partido. [-]