
Cobrar por sexo es mucho más fácil para un hombre, porque uno tiene el control. Aunque te la estén metiendo, el cliente casi siempre está asustado y vos marcás el ritmo. Como bailando merengue. Con las prostitutas no. Es un asunto de sociedad. En la mente de un hombre, él siempre tiene que tener el control, aunque tenga miedo. Pasa con la esposa y pasa con la puta. Entre dos hombres es un juego diferente. Uno no sonríe ni se puede ver coqueto. Bueno, cuando trabajé en el prostíbulo era diferente, porque competías con otros diez hijueputas, pero en la calle jamás. No es como en las películas, que la puta se le recuesta al carro. No, vos siempre tenés que dominar, verte serio. Como si estuvieras ofreciendo matar a alguien, nada de risitas. Que el que te contrata sepa que sos un hombre. Cuando cogés, vos les das cachetadas, los agarrás fuerte. Ellos se dejan, casi ni te tocan. Yo, de hecho, no dejaba que me tocaran. Así uno siempre es el jefe, por así decirlo.
La primera vez que me pagaron por algo sexual fue en un bus a Matina. El viaje es larguísimo y toda la gente va dormida. A la par venía un viejillo que duró como una hora para animarse a rozarme una pierna. Ahí despacillo llegó hasta la picha y luego metió la mano debajo. Como estaba oscurísimo, nadie se dio cuenta. ¿Sabés por qué me dejé? Porque me excitaba sentir que yo, sin tener que moverme, podía poner a un mae todo templado. El mae me dio tres billetes de 100, que en ese tiempo era un pichazo. Ah, yo tenía quince años en ese momento. Vieras qué taco, porque cuando llegué a mi casa mi mamá me abrazó y me dijo que estaba muy asustada. Pensé que alguien me había visto en el bus y le había contado… y era que un volcán había hecho erupción y pensó que me había podido pasar algo. Ahí fue cuando me di cuenta de que todo lo que yo siento se refleja en la naturaleza. No te riás, es cierto.
Pero bueno, al mae yo lo conocía, y cuando tenía que agarrar bus a Chepe o me lo topaba para devolvernos a Matina, me le sentaba a la par. El viaje me salía gratis y aparte me ganaba una platica.
Don Samuel, se llamaba. Se murió hace muchos años, yo creo. La vara es que el mae una vez en Chepe me dijo que me daba dos mil si me la dejaba chupar. Diay, yo no tenía que hacer nada… Solo estar ahí. Y la verdad el mae era muchísimo mejor que mi novia, que siempre me la mamaba con asco y con la gracia con la que camina una yegua recién nacida. Al tiempo me presentó a un amigo que me hizo lo mismo y así empecé a hacer tanta plata que nunca volví a mi casa.
Terminé en un prostíbulo. Todos los maes estábamos en una sala, sentados, hablando, y algún viejo llegaba y escogía quién quería que se lo culeara. El menor de todos tenía trece años, pero no crea que lo obligaban. El mae estaba ahí porque quería, porque los tatas ni sabían e iba a un colegio privado y todo. Para ese momento yo tenía 20 años. Es que trabajar solo era muy difícil, muy peligroso. Ya en ese prostíbulo nada nos pasaba y solo le dábamos la plata del cuarto al dueño.
Era raro. Porque uno estaba ahí y quería que lo escogieran. A uno lo reducían nada más a cómo se veía, ¿entendés? Entonces uno tenía que preocuparse mucho por verse bien. Había un mae que entrenaba un equipo de fútbol y tenía una maestría. ¿Vos creés que tener una maestría importaba a la hora de culear? Bien podías ser mudo, incluso no tener manos, si tenías una buena verga. El dueño del prostíbulo nos… Ahhh… ¿el nombre? Diay, digamos que se llamaba Tim. Bueno, este mae nos tenía máquinas para hacer ejercicio en la parte de atrás. Todas oxidadas y viejas, obvio, pero diay, era gratis. Entonces… diay, no sé, uno se sentía feliz de que lo prefirieran a uno, se sentía superior, digamos. Uno se arreglaba más, se ponía pantalones más apretados, se peinaba con cuidado. Cuando llegaba un cliente y lo tocaba a uno, uno se dejaba con la esperanza de gustarle y ganarse algo.
Yo me le ponía a los viejos, los que estaban casados. Porque los playos quieren que uno los abrace y los bese y les dé suave. Pero los rocos quieren algo rápido, casi ni tocarlo a uno y se van. ¿Ah? No, yo no soy playo. Siempre que me cogía un mae, yo pensaba en una doña. Cuando me cogía a un mae, lo hacía por plata, no porque lo disfrutara… Los playos caminan como patos, hablan todo suavecito, como una vieja y dicen mucho «mi vida». Por todo dicen «mi vida». ¿Vos me ves soltando plumas como si le dispararan a un puño de palomas? De hecho a los 19 ya yo tenía una hija de un año. Uno se convierte en un hombre apenas embaraza a una vieja. Ya la gente lo ve diferente, aunque uno siga siendo un güila. No, la cabra no sabía. Ella pensaba que yo era guarda y por eso trabajaba de noche.
Ganaba bien, pero casi todo lo gastaba inmediatamente. No quería tener esa plata mucho tiempo en las manos. Me sentía medio culpable, y eso que yo nunca puse el culo. Bueno, está bien, a veces, pero muy pocas. Sí, yo soy católico y voy a misa todos los domingos. Bueno, iba. Sí, también me confesaba, pero lo de ser cachero no. Ah, porque… Se supone que si vos te confesás, es porque no querés volver a hacerlo. Yo no quería volver a hacerlo, pero tenía. Traté de dejarlo y estuve en una constructora un mes. No pude. Era más matado y ganaba mucho menos. Llegaba a la casa y no podía ver a mi hija ni jugar con ella.
Pero bueno, lo peor lo peor fue cuando cumplí 24. Estaba en la salilla esperando que algún roco llegara a que lo cogiera. Y ninguno me escogió. Por primera vez. A las 5 de la mañana me di cuenta de que tenía que aceptar que nadie iba a llegar por mí. Me dio como taquicardia, o temblaba de frío, no sé. El prostíbulo empezó a tambalearse porque estaba temblando. Todos salieron corriendo. Yo me quedé sentado, sin moverme, porque sabía que el temblor era mi culpa. Entonces me fui caminando despacio a mi casa. Tenía miedo porque de un día para otro ya no era nadie y no sabía hacer nada más. Pero pensé que tal vez al día siguiente podría mejorar. En esa semana solo tuve tres clientes. Antes tenía hasta ocho por día. Me tuve que ir otra vez al Parque… No me llegó nadie. Yo nunca he llorado en mi vida, ¿sabés? Siempre que quiero llorar, llueve. Y esa noche se inundó todo San José.
Fue una noche rarísima, porque entendí muchas cosas. Por ejemplo, que sí me afectaba que los clientes no me consideraran guapo. Cuando dejaron de escogerme… me sentí como si ya no tuviera nada qué ofrecer, como un negocio quebrado, creo. Obviamente en ese trabajo la apariencia es todo lo que importa, y llevaba tanto tiempo haciéndolo que yo mismo me reduje a solo eso. Yo era mi apariencia y nada más. Pero los hombres nunca somos eso, ¿verdad? A las que tratamos así es a las mujeres. Cuando estaba en la salilla con los otros cacheros y nos veían como si estuvieran en una carnicería… eso es la vida de ellas, ¿sabe’? Ese era mi trabajo, pero para las mujeres, eso es su vida. Caminar por la calle, hacer fila en el cajero… Porque, bueno, sí le mentí. A veces uno no tiene el control. En la salilla del prostíbulo, esperando a ser escogido… el control lo tienen los pagadores. Y ellos lo saben, por cómo te ven, por las cosas que te gritan. Pero uno sale del prostíbulo y se acabó. Las mujeres no… para los hombres es como si las viejas siempre estuvieran dentro de la salita del prostíbulo, esperando a ser escogidas y que por eso pueden gritarle cosas. Pensé en mi hija. En todo lo que iba a tener que soportar porque, diay, quiéralo o no, a los hombres nos enseñan a tener el control sobre ellas. Le juro que en mi vida nunca vi llover igual.
Pero bueno. Corrí con la suerte de que a los días regresó un alemán. El mae me había ofrecido bastante por irme a vivir con él. Se lo recordé, y, bueno, esa es la razón por la que estoy aquí. Le dije a mi esposa que me iba a trabajar a Limón pero solo por un tiempo. Calculé que en un año ya iba a tener suficiente para vivir toda la vida, imaginate.
El dueño del prostíbulo, ¿cómo te dije que se llamaba? Ah, sí, Tim. Era una loca, rajado. Pero era muy parecido a mí, así, por dentro. No sé, me entendía. Era como una especie de mamá. O de papá. Cuando supe que se murió, a los tres meses de irme con el alemán… Ufff, fue la primera vez que me sentí completamente solo, desamparado. Digamos que había cosas que mi novia no iba a entender pero él sí. Estoy seguro de que nunca voy a conseguir un amigo como él, con el que nunca sentía vergüenza de compartir nada, y que si le decía «yo sé que hemos pasado hablando todo el mes de Teresa, pero hoy me volví a acordar de ella» y le contaba veinte veces lo mismo porque no lo superaba… él, diay, me iba a escuchar. Le contaba todo… Me sentí perdido, como si de un día para otro me hubiera quedado ciego y tuviera que acostumbrarme a esuchar más en vez de ver. Nunca me dejó sentir lástima de mí mismo, y nunca se cansó de que yo le contara la misma historia diez veces porque no podía superarla. El mae conocía mis puntos débiles y nunca, pero nunca, me golpeó en ellos. Un amigo de verdad te dice cosas malas, fuertes y dolorosas solo si es necesario. Eso es lo que más le agradezco a Allan. Digo, a Tim.
El alemán me tenía como acompañante, casi como esclavo. Me compraba ropa toda apretada y solo me dejaba usar lo que él quería. Me contrató un entrenador personal y se sentaba a vernos hacer ejercicio. Con él sí perdí el control. Me sentía… diay, muy feo decirlo, pero me sentía como una vieja controlada. Me acuerdo de una vez con unos amigos de él, uno me tocaba el pecho a cada rato, me apretaba los brazos y hacía bromas sobre mi picha. Me puso todo incómodo. Pero yo no le podía decir nada, porque me pagaban para estar ahí y no reventarles la jeta a ese montón de hijueputas. Si le decía que me dejara de tocar, iba a parecer un alzado, un creído. Me acordé de una vez que le toqué el culo a una vieja en un bar por chingar, la vieja se volvió toda emputada y yo le grité que la toqué vacilando porque ni estaba tan guapa.
Otro amigo del alemán solo decirme varas cerdas como «¿Y usted sí se imagina cogiendo con esa mesera de 50 años? ¿Se imagina cómo debe tener la pano…». Bueno, la verdad me da vergüenza decirle las cosas que ese mae me decía. Siempre que me dejaban solo con él, era lo único de lo que hablaba. Panochas. Las describía con todo detalle, pero siempre de manera sucia. Imaginate, yo, que hasta había cogido una vez con un roco sin bañar en silla de ruedas, me sentía incómodo. Asco me daba.
Una vez fuimos donde un amigo de él, don Claudio, que también tenía un acompañante, todo culón. Don Claudio me tocó el culo. Le conté al alemán y dijo que no me creía. Que Matías, el acompañante, tenía mucho mejor culo que yo, ¿para qué iba a querer tocarme Claudio si Matías tenía un culo de verdad y no dos globos desinflados? ¿Me entendés? Como si yo tuviera que estar agradecido de que me tocaran porque no era suficientemente culón. Como lo que dicen los maes cuando se dan cuenta de que a una vieja que no es bonita la violan. Porque para el alemán yo era mi cuerpo. Le juro que si yo caía en coma, el mae hubiera pasado sentado encima de mí dándome viagra.
Otra vez el alemán invitó a dos amigos. Los maes pasaron tocándome tanto que me emputé demasiado. El alemán me dijo que me calmara, me dio dos nalgadas y me echó una botella de agua encima. Estaba tan puteado que los pichacié a los tres. No pudieron sostenerme. Los amarré con los mecates y látigos que el alemán tenía guardados. ¿Ah? Sí, a veces los usaba conmigo, pero no quiero hablar de eso. Hubo un incendio forestal que quemó como tres hectáreas. No sé cuánto es una hectárea, pero me dijeron que era un pichazo. Yo siento que fui yo, de la cólera, que hice estallar el bosque. Bueno, después de pichacirarlos les robé todo y volví con mi esposa. Yo sé que hay chismes de que yo maté a dos, pero no es cierto. No sé qué pasó al final, yo solo los dejé amarrados. Uno de los viejos era juez, y diay, él se me cagó en todo, me enchorparon.
Porque todos asumen que el malo es uno, porque uno es el puto. Entonces tienen este montón de ideas de qué sos, qué sentís — o más bien de qué no sentís — , de que siempre querés aprovecharte de los demás, que sos un carepicha, que sos… eso, el malo. Gente que te conoce, ellos creen que el malo sos vos. Que fuiste puto, entonces no te tenés respeto, que es imposible que te violaran porque sos hombre y te pagaban por eso.
Lo peor de todo esto fue cuando mi esposa se dio cuenta. Me vino a visitar a la cárcel solo una vez. No dijo una sola palabra, solo me veía a los ojos en silencio. Ni siquiera lloraba, casi ni parpadeó. Solo nos vimos. Le expliqué, le dije que me disculpara, que lo hice por ellas… Y no contesaba, no reaccionó. Sin decirme nada, se levantó despacio y se fue. Así me di cuenta de que ella no iba a perdonarme nunca. ¿Sabés lo que se siente eso? ¿Estar consciente de que alguien que amás nunca va a perdonarte, que el único sentimiento que va a tener hacia vos es rencor? Lo peor es que ni siquiera me dijo qué sentía, qué la hice sentir… Nunca voy a saber nada… Si se muere, si mi hija aprende a nadar, si alguien las trata mal, si se casa con alguien, si logra poner su negocio de pintar uñas, cualquier cosa… Nunca voy a saber nada, ya voy a estar completamente fuera de su vida… Tengo toda una vida para pensar en eso una y otra y otra vez. A veces pienso tanto que se nubla y empiezan a caer rayos a menos de 10 kilómetros a la redonda. Una y otra vez.