Cadena

Los actos lo cambian todo

Finalizaba mi día laboral y sobre la entrada del subte suspire pensando: Hoy me siento muy cansado.

Decidí no ceder el asiento. Aun cuando esa señora me regalo una sonrisa creyendo que yo haría lo que corresponde. La desilusión le borro la sonrisa silenciosamente.

Ella viajo todo su recorrido con la indignación aferrada a su rostro. Llego a su casa y dio un grito innecesario a su hijo que había pasado a saludarla. Su hijo sin comprender tal escándalo, prometió no volver a pisar la casa de sus padres por un largo tiempo.

Al día siguiente y perturbado por la discusión familiar, le toco definir un despido y tomo una decisión equivocada: El empleado señalado resigno varios fines de semana para trabajar horas extras. Necesitaba el dinero para poder pagar la hipoteca.

Ese nuevo desempleado no pudo contener la incertidumbre mezclada con tristeza y deambulo por la ciudad varias horas en un estado de ebriedad notable. Al llegar a su casa, inexplicablemente golpeo a su mujer varias veces. Su hijo menor presencio toda la escena y sin que ellos lo notaran escapo por la puerta trasera del patio. Corriendo hacia la calle, sus lagrimas le impidieron advertir ese colectivo que acabo con su vida.

Desde la ventana del colectivo, me convierto en testigo de esa escena de horror y lamento. Es tal la congoja de las personas que estamos de pie, que una persona de edad avanzada pierde el equilibrio y se desmaya.

Observo furioso a un joven que no cede su asiento para poder asistir a la anciana.

Puede ser agotador hacer lo que corresponde, pero siempre es necesario.

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