El loco Ibarra

A fines de los ochenta y principios de los noventa hubo un linyera, de apellido Ibarra, que frecuentó un predio abandonado del barrio Palermo, cerca de Ruta 8, en Arrecifes. Le decían el loco.

Poco y nada se sabe de su vida. No se le conocen familiares más allá de un hermano que vivió primero en Arrecifes y después en Pergamino. El loco pedía plata para el vino y en general —se decía, no sin desaprobación— andaba borracho. No hacía mucho más que descansar o pasearse por el barrio, sin alejarse demasiado del predio. A veces iba hasta el centro y los perros lo seguían. No le hacía mal a nadie, pero no todo el pueblo lo quería.

Según el común de la gente, Ibarra vivió una vida de lo más tranquila. No le gustaba ser molestado.

Cuando se incendió el predio abandonado, él estaba dentro, bebiendo o durmiendo una siesta. No se lo vio más después de eso.

A su vida no le faltó la astucia y, según cuentan, tampoco la magia. Cuando veía que un policía o alguna otra figura de autoridad se acercaba a molestar, se convertía en un viejo cajón de verduras para pasar desapercibido. Cuando tenía hambre, se transformaba en perro para mendigarle comida al carnicero. Antes del incendio, pero sobre todo después, se dijo que el fuego no lo quemaba.

Sus detractores, además de negar sus poderes sobrenaturales, afirman que vivió una vida deplorable. Ibarra fue un hombre que despreció cierta clase de éxito y de buena fama, dos ídolos en cuyos altares inmolan sus cuerpos quienes todavía lo censuran. Imagino que el loco Ibarra representaba para ellos una amenaza, una especie de revelación que nunca alcanzaron a comprender pero que siguen temiendo.

Like what you read? Give Ezequiel Lúgaro a round of applause.

From a quick cheer to a standing ovation, clap to show how much you enjoyed this story.