Besando el hielo

Había pasado una semana desde aquel día y nadie en el pueblo se había enterado. Quizás porque a las personas no les interesaba meterse en la vida de los demás, aunque eso no sucedía en este pueblo ni en ningún otro. No, más bien se debía a que consciente o inconscientemente yo seguía actuando de la misma manera, como si nada hubiera pasado. Mi agenda pública seguía siendo la misma. Hasta que esta mañana se me ocurrió ir al almacén a comprar harina.

Se me habían antojado unos ñoquis caseros y me pareció que era el momento de poner en práctica todo lo que había aprendido durante estos años mirando a Ana. Al llegar del trabajo siempre la encontraba en la cocina preparando algo, entonces le ofrecía — y ella siempre aceptaba — una falsa ayuda, pues solo me quedaba charlando con ella y picando lo que encontraba en la heladera. En esos repetidos momentos yo le preguntaba la receta del plato de turno y ella contestaba exponiendo todos sus conocimientos. La charla pasaba por sus lugares conocidos, me encantaba hacerla sentir bien. Después nos sentábamos y llegaba mi hora. Ella me preguntaba sobre el trabajo y yo entusiasmado hablaba durante minutos acerca de los avances que estábamos logrando hasta que notaba que no me estaba entendiendo, entonces llegaba el momento de endulzarle los oídos comentándole lo exquisita que estaba la comida. Luego me contaba sobre algún acontecimiento relevante sucedido en el pueblo, o acerca de algún familiar, hasta que terminábamos de comer y nos íbamos a dormir.

Caminé hasta el almacén recordando a Ana y olvidé que quien lo atendía era Gastón, un antiguo compañero de secundaria. Desde el momento en el que crucé la puerta me di cuenta de que inevitablemente iba a mantener una charla con él. De hecho asistí al final de la conversación entre él y la señora a la que estaba atendiendo. Hablaban sobre el hijo de Norma (otra señora), que había dejado de estudiar y había vuelto al pueblo. Comenzaron acusándolo de haberle generado un gran gasto económico a su familia para irse un año «de joda». Sostenían que había sido un error elegir una carrera tan complicada habiendo superado con dificultades el secundario. Gastón insistía con que debería haber buscado un trabajo, que viviendo en el pueblo uno no puede estudiar una carrera universitaria, que se extraña a la familia, que el costo elevado de vivir en la ciudad no se justifica, que las escuelas de acá no te preparan para estudiar allá, que los profesores no quieren a los del interior, etc. Un montón de cosas que no había experimentado pero aparentemente le habían contado, a las que esta señora respondía con un «pero claro, claro». Finalmente justificaron sus ideas con un par de frases hechas que no venían al caso pero sonaban bien, pues al pronunciarlas sentían que acababan de decir una verdad absoluta e irrefutable. Tras coronar el acto con un contundente «y… viste como son estas cosas», la señora logró irse con sus compras y con el placer del deber cumplido.

Entonces quedamos los dos solos, y casi buscando problemas preguntó:

— ¡Daniel! ¿Qué haces acá? ¿No tendrías que estar trabajando?

Era martes por la mañana, a esa hora yo habitualmente me encontraba en la capital, que se ubicaba a 50 kilómetros del pueblo, a la que viajaba de lunes a viernes a cumplir mi tarea de jefe de mantenimiento en la fábrica de automotores de los hermanos Mahler. Pero exactamente una semana atrás había recibido la peor carta de mi vida, que me indicaba que desde ese momento dejaba de ser empleado de la empresa. Esa carta me dejó un dolor inmenso, mil dudas y una sola certeza: se comunicarían conmigo en los próximos días para arreglar la indemnización.

No me di cuenta, pero estuve callado durante varios segundos. Empezaba a sospechar que Gastón ya sabía la respuesta pero quería oírla de mi boca. De todas formas continuó, quizás sólo le interesaba meter el dedo en la llaga.

— Con el viejo hablábamos de vos el otro día. Cuando vimos en la tele que rajaron como a trescientos empleados nos entró la duda.

Yo no contaba con ese dato, me había ido de la empresa en el mismísimo instante en el que recibí la carta en mi oficina. Entré en la conversación para confirmar lo que había escuchado.

— ¿Ah sí? ¿Trescientos?

No fueron las mejores ni más expresivas palabras, pero cumplieron su objetivo.

— Hombre, vos tendrías que saber más que yo, a fin de cuentas sos vos el que trabaja ahí. Parece que la empresa cambió de dueño y pasó lo que pasó, viste como son estas cosas.

Esa información me generó una sensación rara, pero la charla no me dio tiempo a razonar sobre eso. En realidad, más que charla, parecía un monólogo. Sólo esperaba que llegue el momento de recibir los consejos de Gastón para darle la razón y partir hacia mi casa a cocinar esos benditos ñoquis.

— ¿Sabés lo que tenés que hacer? Te vas a una casita más chica, más fácil de mantener, cambiás el auto por uno más económico, y te buscás un laburito tranqui como el mío. Yo la verdad que no me puedo quejar acá.

Ahí estaban, esos indisimulables deseos de arrastrarme hacia una vida como la suya estallaron en un puñado de palabras. Hice una mueca, compré pan y fiambre (adiós a las ganas de cocinar), y emprendí mi retirada.

Otra vez caminaba y recordaba, esta vez al ingeniero Giusti y ese único café que nos tomamos juntos. Imposible olvidar aquel día en el que me informó que me enviarían a capacitarme a Alemania. Todavía se me pone la piel de gallina. Me había citado en una dirección en el centro de la capital, yo llegué media hora antes y me asombré al notar que a diferencia de muchos bares, éste no tenía una vidriera que dé a la calle. Era un local interno con un ventanal que mostraba una pista de patinaje sobre hielo que formaba parte del complejo.

Pedí un café y me quede mirando hacia la pista, había mucha gente. Observé a un grupo de adolescentes que parecían estar juntos, sin embargo algunos patinaban realmente bien mientras que los otros, a los tumbos y a veces desde el suelo, sólo intentaban voltearlos. También vi a una nenita de 5 o 6 años aprendiendo a deslizarse de la mano de su hermana mayor, a una señora que hacía de sus movimientos una danza y a varios más disfrutando de aquel nuevo entretenimiento en la ciudad.

— ¿Viste cómo un pequeño sistema de personas puede representar tantas cosas?

La voz de Giusti me tomó por sorpresa y no pude evitar hacer un movimiento torpe, como asustado. Después de darme la mano se sentó y continuó.

— Suelo venir a este lugar para entender mejor a la gente, es necesario teniendo tantos trabajadores a cargo. Podría ir a una canchita de fútbol, pero esto me queda de camino a casa y el café es buenísimo. ¿Lo probaste?

La charla siguió y ese día significó un cambio importante en mi vida laboral, pero aquellas primeras palabras de Giusti me acompañaron todos estos años. Empecé a visitar aquel café y a buscar respuestas en ese grupo inconstante de personas. Durante un tiempo me vi reflejado en un niño que daba sus primeros pasos en la pista ayudado por un señor que bien podría ser Don Giusti, pero más adelante me vi danzando cual experto, las cosas iban bien.

Esos recuerdos vinieron a mi mente debido a que comentarios como los de Gastón solían hacerme sentir que había gente que intentaba entorpecer mi andar y reclamaba mi compañía allá por lo bajo y lo frío.

Llegué a casa y puse música para tapar un poco los ruidos de mi cabeza, no podía conmigo mismo. Almorcé en la mesita ratona e intenté dormir una siesta en el sillón. En un momento el disco terminó y culpé al silencio por evidenciar mi desorden mental. Puse otro disco que también se terminó antes de que lograra conciliar el sueño. Después de algunas horas de intentar poner mi mente en blanco decidí salir en busca de respuestas.

Mientras manejaba hacia la capital para poder visitar aquel café, me di cuenta de que mi conflicto interno se debía a la noticia del despido de trescientos empleados y mi sensación al respecto. En un principio había pensado que yo era el único despedido, que era algo personal. Ese dato que tiró Gastón al pasar me colocaba en un estado extraño, difícil de aceptar. Pasaban los kilómetros y me acercaba a una idea que había tratado de reprimir todas estas horas. ¡Estaba feliz! Completa y horriblemente feliz. El hecho de no haber sido el único despedido y de que la medida haya sido irracional me generaba una felicidad que no se atenuaba con el sufrimiento de trescientas personas. En ese momento, más que nunca necesitaba consultar ese espejo de hielo y encontrarme.

Estacioné como pude y entré corriendo al lugar. La pista estaba repleta como nunca, sin embargo el bar estaba completamente vacío. Me senté en la mesa de siempre pero esta vez no ordené nada. Contemplé a esa multitud andante y me encontré más rápido de lo que hubiera querido. De repente sentí que se me congelaba la sangre y ya no pude moverme más, quedé atornillado a la silla mirando en una sola dirección. Estaba ahí en el suelo, sonriendo y recibiendo uno por uno a mis nuevos compañeros, que contra su voluntad ahora compartían conmigo lo bajo, lo frío, lo blanco. Al lado mío estaba Gastón, siempre lo estuvo, pero ahora lo veía.

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.