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Las reglas las ponen los que van ganando

Dabalché
Dabalché
Aug 27, 2017 · 9 min read

Leí 1984 hace poco. No leo mucho. Eso no me hace mas idiota, aunque esa afirmación vaya en contra de cualquier cliché que me asocie con un ser ensimismado y aburrido encerrado en una biblioteca. Prefiero subir montañas, perderme por ahí o, cuando estoy en casa, ver qué hay en Netflix o Spotify. Tengo la tablet llena de ebooks apenas empezados y casi solamente leo los apuntes de la facultad. La parte negativa de no leer es que no puedo dar un compendio de citas de autores célebres y no es porque eso lo haga mejor Wikipedia y Wikiquote sino porque tengo mala memoria y lo que menos retengo es el autor de lo poco que leo, pero de vez en cuando tiró un nombre de peso, como para parecer inteligente.

Me acuerdo que en 1984, el Ministerio de la Verdad es la institución que monopoliza la verdad. No importa qué sea, importa quién la posea.

Hago senderismo y trekking (sinónimos red carpet de salir a caminar por el campo y subir montañas). Casi siempre cuando tomo una bifurcación avanzo unas horas, retrocedo y tomo el otro camino. Una distopía no es buena por el vuelo imaginativo del mundo apocalíptico que nos presenta; sino más bien porque nos presenta un mundo posible.

Es un buen ejercicio para explorar las bifurcaciones de la historia sin andar y desandar — si eso fuese posible — .

No conozco ni un ecólogo que no diga que los políticos no les prestan atención a la hora de legislar en materia ambiental.

Como siempre, el malo es el legislador que casi nunca escucha sus buenos argumentos y se guía por el dinero.

Perfecto.

Yo también amo al ambiente y estoy convencido de que tiene un valor per se.

Pero darle valor al ambiente solamente porque existe exige pensar en él de una manera poco usual: no como “eso que está ahí afuera” sino como un complejo sistema de interdependencias, con una larga historia detrás, con nosotros y miles de otros seres dependiendo de su integridad.

Responder “qué es” es tomar posición y desde ese lugar nos relacionamos con el mundo, con nosotros y con nuestros pares. Ese “saber qué es lo que hay en el mundo” se llama ontogenia y si bien cada uno tiene sus propias posiciones, no hay muchas ontogenias diferentes para elegir en un momento dado y dentro de esas opciones hay algunas mainstream y otras no tanto. Nuestra ontogenia hippie del ambiente no es de las top y lo más probable es que no sea la del legislador. No es tarea del político entender, es tarea del ecólogo adaptar el mensaje.

Hace unos días, en una clase de filosofía escuché un argumento que me sonó parecido. Esta vez, en el lugar del legislador estaba la neurociencia y decía lo mismo con otros nombres: los neurocientíficos hablan de pensamiento sin saber qué es, lo buscan sin saber dónde encontrarlo. El pensamiento es el dominio de la filosofía y para entenderlo no es necesario saber nada del cerebro. Una versión actualizada de la vieja y absurda pulseada entre ciencias duras y blandas (yo les diría ciencias cuadradas y voladas, porque a unos de tanta estrechez mental no les cabe ni una mota de aire fresco y a los otros de tanta apertura a veces parece que se les escapó el cerebro. La gente tiende a pintar el mundo en blanco y negro. También los científicos).

Llegamos a la vedette de la noche: el cerebro. Por la misma razón, los filósofos deben abtenerse de hablar del cerebro. Decir “de eso yo no hablo porque no sé, sólo hablo de lo que sé” es la otra cara de ese argumento, y es una autolimitación ridícula. (Los filósofos que la juegan de escépticos hardcore, no sé si lo hacen por vicio profesional o porque realmente piensan que no tienen nada en la cabeza o piensan que piensan con las uñas de los dedos del pie derecho).

Decir “de eso yo no hablo porque no sé, sólo hablo de lo que sé” es una autolimitación ridícula.

No hace falta saber qué es algo ni dónde está para intentar entender cómo funciona. Incluso podemos ir más allá y dar una vaga caracterización (decir cómo es o cómo identificarlo si lo encontramos por ahí). Casi siempre hacemos eso, en todos los ámbitos de la vida: damos una lista de atributos que tiene el objeto cuando nos piden una definición de ese objeto. Si te pregunto qué es un silla probablemente me digas que tiene cuatro patas y forma de hache minúscula. Eso no es responder el qué es. La respuesta adecuada sería decir que la silla es un tipo de mueble, usualmente de madera. Pero si yo pretendo no confundir una silla con una cama me sirve más saber que tiene forma de hache minúscula a saber que es un mueble. Respondemos el “cómo es” antes del “qué es”. En rigor, el qué no importa.

Otras veces el camino mas fácil para identificar algo que no sabemos qué es es decir qué no es e ir descartando opciones hasta quedarnos con la que buscamos. Y aún no podemos decir qué es. Eso también lo hacemos siempre y no pasa nada. El neurocientífico puede hablar del pensamiento y de la mente sin ser filósofo y el filósofo puede hablar del cerebro sin ser neurocientífico, no veo problema en ello.

Para hablar de lo que uno no sabe hay que tener cautela, humildad y un mínimo de conocimiento, que dista mucho de la exigencia de ser un especialista.

Se puede hablar de casi todo sin saber qué es. Yo hablo de filosofía y no sé quién fue Platón, ni cómo se pronuncia Descartes y cuál fue la genialidad que dijo. Para hablar de lo que uno no sabe hay que tener cautela, humildad y un mínimo de conocimiento, que dista mucho de la exigencia de ser un especialista.

Hoy la neurociencia se vende como autoayuda. Los periodistas hablan de neurociencia, la gente habla del cerebro y los “neurocientificos” devenidos en gurúes les enseñan como entrenarlo. El problema es que no es lo mismo un neurocientífico hablando con un colega que alguien que no es científico escuchando el soliloquio de un científico. Diga lo que le diga el científico, le van a creer de cabo a rabo porque los científicos son los que saben, los poseedores de la verdad indiscutible. Nadie cuestiona lo científicamente probado, los publicistas lo saben bien y utilizan la frase por su alto poder de conversión (en markting, se habla de conversión cuando un oyente compra. Vean la cantidad de publicidades de cosméticos “científicamente probados”). No hablo de lo que sucede al interior de la ciencia, porque el disenso es uno de los pilares de la actividad científica. Hablo de la percepción pública de la ciencia.

Vender ciencia como pan caliente a un público que no es capaz de matizar esa clase de información tiene mas riegos que aciertos. Tengo dudas de hasta qué punto eso es divulgación u oportunismo mercantil. La neurociencia está de moda y vende. Oferta y demanda. La neurociencia esta influyendo en los programas educativos, y ahí es donde la cosa se pone álgida, porque tampoco los docentes tienen la formación necesaria para digerir esa información y terminan tomándola tal cual. El cerebro esto, el cerebro aquello… ¿Y las personas? es una pregunta que anda en los pasillos de cualquier facultad de humanidades.

El Ministerio de la Verdad de Orwel silencia el disenso por la fuerza. El decir “de eso no sé” es algo parecido, solo que el las voces desidentes se abstienen de opinar.

¿Quienes cuestionan a la ciencia?

De verdad, no muchos. Para los científicos es inconcebible: la ciencia es perfecta e inmaculada (otro día voy a escribir un texto cinco veces más extenso que éste sobre la falta de autocrítica de la comunidad científica y la cantidad de sesgos y concepciones doctrinarias que operan a ese nivel. Un científico es muy parecido a un religioso, a lo mejor esa es explicación para el conflicto imperecedero entre ambos).

Para la mayoría es una osadía criticar a la ciencia, y si hay crítica siempre va ser desde la condescendencia. Para peor: quienes tienen argumentos suficientes para cuestionarla se abstienen a hablar del cerebro porque no saben (y no quieren aprender porque consideran que no les hace falta). Tenemos una distopía en potencia. La ciencia está construyendo un monopolio de la verdad y no tiene críticos. Digámoslo: tiene el camino allanado.

¿Dónde entran los ecólogos y los políticos?

Cabe preguntarnos si los políticos son necios por ignorancia e incomprensión o por mala fe.

Mi vecina no sabe de neurociencia, mi madre, de ecología, poco. Y no puedo sostener que su desconocimiento tiene algún origen oscuro. No entienden porque estoy usando un lenguaje técnico, y ellas no tienen una formación específica que les permita dominar el mismo lenguaje que yo.

Emisor, código y receptor nos enseñaron a todos que es el esquema básico de la comunicación. Lo podemos complejizar hasta dónde querámos pero incluye los tres elementos necesarios para que se comunique.

Si no tenemos un código común, ¿cómo esperamos comunicar? Perfecto, que el político tiene asesores que le pueden explicar pero siguen siendo conceptos ajenos para alguien que la mayoría de las veces carece de la formación necesaria para comprender. Ahora, con esto no estoy diciendo que la mayoría de los políticos carecen de la formación necesaria para hacer política si que en ese ámbito en particular hacen agua. Puede ser un excelente economista, y entender perfectamente algo como “la falta de liquidez del sistema financiero” (vaya a saber qué será eso) pero es muy raro que sea también un buen ecólogo y entienda “la alteración de los estratos nativos afectará de manera negativa la provisión de servicios ecosistémicos”. (Podés decir, con total razón: “vaya a saber que será eso, ¿es bueno o malo?”.

Los políticos funciona en clave económica, y si les vamos con el cuento de que el bosque da un montón de beneficios no lo entienden. Tampoco me entiende un neoyorquino si le hablo en español y no puedo culparlo ni obligarlo a aprender español.

Al legislador hay que hablarle en su idioma. Hay que sacar la calculadora y hacer balances: cuánto se pierde y cuánto se gana al reemplazar un bosque con una cancha de golf. En dólares o en metal, pero hay que hablar de dinero con los números claros. Ese es el objetivo de la economía ecológica, un enfoque que deja de lado el romanticismo conservacionista y le pone precio a la naturaleza. Por más frío que resulte pensar así, está dando algunos resultados. No hay que decir que hay riesgo de inundaciones y de enfermedades. Hay que decir: “con la cancha vas a ganar x, en salud pública vas a gastar 2x y en planes de contingencia y remediación de catástrofes vas a gastar 4x. Ergo: x-2x-4x quiere decir que esa cancha no te conviene”. Es mas fácil de enteder, mas tangible y mucho mas directo.

En conservación el cuanto es la clave, el que no se entiende.

“Marketing” no es una mala palabra

¿Se distorsionó la ecología en el camino? Creo que no: adaptó su mensaje, lo enfocó en un objetivo y lo hizo efectivo: “copywritting conservacionista”. Al fin de cuentas ¿quien entiende los pormenores de la ecología si no es especialista? ¿A quién le importan las abejas y la polinización? Decime cuánto pierdo en producición agrícola sin polinizadores, decime cuánto si arruino un paisaje. Cuánto pierdo en cultivos, cuánto pierdo en turismo, cuánto pierdo en infraestructura.

Como con la silla, el qué nunca importa. En conservación el cuanto es la clave, el qué plantea interrogantes que no queremos. No queremos explicar porque se están muriendo los polizadores y cuál es su relación con la producción agrícola. Queremos simplemente que dejen de matarlos.

Queremos persuadir y para eso el mensaje tiene que ser lo más directo y claro posible: “si hacés esto, vas a perder x rendimiento agrícola. Eso son x dólares menos”.

Lo mismo pasa con esta neurociencia envalentonada. No tenemos demasiadas opciones entre las que elegir: o hablamos de cerebros, neuronas y sinapsis o nos quedamos callados viendo surgir un biologicismo versión s. XXI sobre la cognición humana y la cultura. Al menos no hay que allanar el camino y a los humanistas no les queda otra que aprender a hablar del cerebro, igual que los ecólogos aprendieron a hacer balances.

Hay que meternos al bardo, y las reglas de juego siempre las pone el que va ganando. No es una opción valida decir “yo de eso no sé”. No es necesaria la literatura para ver lo que hace el reduccionismo biológico, basta revisar la historia. Hoy hay uno creciendo con fuerza y los humanistas de brazos cruzados porque “de eso no se habla”, como Wittgenstein, pero él lo decía en un sentido constructivo, no el sentido de “eso no me importa porque no es mi campo y no sé, ni me interesa aprender”.

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Escribo, viajo y hago fotos. Tengo un blog “serio”.

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