Nuestras secretas promesas infantiles

Y el mundo que configuran a nuestro rededor

A raíz de situaciones muy dolorosas en nuestra niñez solemos declarar, secretamente, una especie de promesa: “Nunca seré como mamá/papá”, “Nunca volveré a confiar”, “Es mejor no sentir”, “Mis hijos nunca tendrán padrastro”, etc. Estas promesas o declaraciones tienen un poder enorme y determinan muchas cosas en nuestras vidas. Siempre, siempre negativas, limitantes, rígidas, destructivas.

Después las olvidamos y no entendemos que hay una conexión entre esas promesas y eventos/relaciones negativas, repetitivas, que atraemos a nuestra vida.

Como si ese sufrimiento fuera poco, se le suma uno peor. Dentro nuestro se gesta un enorme terror y dolor, quizá de los peores que podemos los humanos sentir: la sospecha de que vivimos en un mundo aleatorio, sin orden ni justicia, donde cualquier cosa nos puede ocurrir sin un motivo entendible, sin que podamos hacer ninguna conexión entre causa y efecto. A la deriva en un mundo caprichoso donde nunca sabemos a que atenernos.

Inventamos las explicaciones más absurdas tipo: “castigo divino”, “mal de ojo”, etc. Para poder explicarnos cómo es que nos suceden cosas tan dolorosas, trágicas, lamentables.

Todo trabajo de verdadera sanación psicológica eventualmente nos tiene que abrir el espacio donde podremos darnos cuenta que nosotros mismos fuimos los que generamos/atrajimos, situaciones indeseables a través de nuestras decisiones, promesas, preferencias, evitaciones, actitudes, etc.

Poco a poco nos vamos enterando que hay una maravillosa y amorosa simetría entre lo que Somos/hacemos y lo que “ocurre” allí afuera y que si cambiamos nuestro Ser/hacer cambiamos lo que “ocurre” y que nada de lo que nos “ocurre” es aleatorio o injusto sino mas bien, una creación.

Tanto, tanto poder! Ah pero recuerda que a mayor poder… mayor responsabilidad. Mejor así nomás.