Etimología de Chinola

Raul Guerrero
Jul 1, 2017 · 5 min read

Crónica del dominicanismo para la fruta maracuyá.

Maracuyá, passiflora edulis, es una fruta de amplia propagación en las zonas tropicales de América. El origen estaría en una franja entre Brasil y Paraguay. Maracuyá significa criadero de moscas en el idioma guaraní. Los incas la denominaban tumbo, bolsa ácida. En efecto, se dice que antes de llegar el limón — junto a la cruz, la gramática y el sarampión — en el Perú se maceró el cebiche con maracuyá.

En inglés se la conoce como fruta de la pasión, nombre sugerente de propiedades afrodisiacas. Pero la pasión de la fruta no puede distar más de la libido. Misioneros jesuitas acuñaron el nombre al observar similitudes entre la estructura de la flor y la corona de espinas y otros símbolos de la Pasión de Cristo. Cabe destacar que pasión nació con la acepción de sufrimiento, cuyo rezago lo podemos atestiguar en compasión, solidarizarse con el dolor ajeno. A todo esto, mi esposa, dominicana, apuntó que el nombre popular correcto era chinola.

Todos los dominicanos saben que es una chinola. La etimología, por el contrario, resultó elusiva, propiciando esta crónica digresiva. El punto de partida de rigor fue Google. Arrojó cientos de entradas; un principio auspicioso, pues investigaciones de esta índole a veces avanzan como los peregrinos del Cristo Oscuro en Panamá, con su botellita de trago, un paso adelante y dos atrás. Dos días después de iniciada la pesquisa nos encontramos exactamente donde comenzamos. Todas las entradas desembocaban en la descripción: fruta de enredadera, familia de la granadilla, cáscara gruesa color amarillo o morado, muy aromática, y de sabor dulce tirando a ácido. Ni una palabra de la etimología.

En materia de lenguaje, el Diccionario de la Real Academia Española es la autoridad. El primer diccionario, editado en 1780, no contiene la palabra chinola. Tampoco Tesoro de la lengua castellana o española, el diccionario de Covarrubias de 1611. Antonio Nebrija ya incluye en Vocabulario español/latino de 1495 el vocablo taino canoa, pero no chinola. (Antonio de Nebrija fue quien redactó la primera gramática del castellano, y la dedicó a la Reina Isabel el histórico año 1492. La reina, latinista por excelencia, no vio mayor utilidad en la obra. Su confesor intercedió con gran visión imperialista: “Después que Vuestra Alteza someta bajo su yugo pueblos bárbaros y naciones de peregrinas lenguas y éstos tengan la necesidad de recibir las leyes que el vencedor impone al vencido y con ellas la lengua, la Gramática Castellana resultará tan útil como la espada). El 2014 salió a la luz la última edición del Diccionario de la Real Academia, un mamotreto de 2400 páginas. Lista dos acepciones de chinola, ambas coloquialismos hondureños. 1. Betún. 2. Persona de piel muy oscura.

No quedaba otra que acudir a la Academia Dominicana de la Lengua. Envié el siguiente correo electrónico: “¿Podrían, por favor, informarme sobre la etimología de chinola? Entiendo que es sinónimo de maracuyá, pero no he logrado encontrar ni el significado ni el origen de la palabra.”

Antes me empapé de las peculiaridades del español dominicano, de la influencia de Sevilla, que al tiempo de la conquista y colonización competía con la escuela de Madrid. Como explicara Pedro Henríquez Ureña, el español andaluz y canario se afincó en La Española, y se propagó al resto del Caribe y áreas costaneras del Nuevo Mundo. Me enteré asimismo de la influencia del gallego en el área del Cibao, por ejemplo el uso de generai por general, caminai por caminar y pai por padre. La influencia africana que pervive en las palabras malanga, cachimbo, guineo, el temido fucú, símbolo de la mala suerte, o fo, interjección de asco, traída por los efik de Nigeria, excremento. La influencia de las ocupaciones militares americanas queda plasmada en pariguayo, tontón que en vez de entrar al baile se limita a mirar, party watcher, o fullín, trasero, alusión a las voluptuosas asentaderas de dominicanas que llenaban el pantalón, full-jean. Y, claro, el legado del arahuaco, idioma de los tainos, evidente en las palabras barbacoa, tabaco, bohío, hamaca, tiburón, ese embrujo maligno del mar que es el huracán, y la misma Cibao, montaña de piedra.

La respuesta de los académicos no llegaba. ¿Qué iba a hacer? Me puse a inventar con la morfología. Pensé, si en Puerto Rico la chinola, fruta tamaño de una pelota de tenis, es parchita, en contraste con parcha, fruta tamaño de un balón de fútbol, ¿era chinola — la variedad dominicana amarilla — una alusión a la naranja? Naranja, injerto de pomelo y mandarina, originaria del sureste de Asia, deriva del sanscrito naranga, árbol de la naranja o naranjo. Aunque el limón, de la misma familia cítrica, existió por siglos en el Mediterráneo, la naranja dulce se propagó por Europa, convirtiéndose en preciado ingrediente de las mesas más finas, apenas en el siglo 15. Colón la trajo al Nuevo Mundo en su segundo viaje.

A primera vista, el parecido entre la naranja y la fruta de la pasión dominicana es innegable. Entonces, pensé, ¿acaso algún tigerazo (dominicanismo que denota tipo astuto, de pensamiento rápido, derivado de tigre) vio en la fruta de la pasión una naranja pequeña, y con un áspide despectivo, recurrió al sufijo diminutivo uela para bautizarla naranjuela? Como en la República Dominicana la naranja no es naranja sino china, naranjuela cedió a chinuela. La contracción de vocales en diptongos es tan antigua en el español como sus orígenes mismos, así puertorriqueño se convierte en portorriqueño. Es de suponer que aquel tigerazo no habrá reparado en aspectos morfológicos, más bien, por el poder que ejercen los pueblos sobre su idioma, un poder que ninguna academia ni gobierno ha podido ni podrá restringir, por su voluntad soberna, chinuela terminó chinola.

Una semana después recibí la respuesta de María José Rincón, miembro de la Academia Dominicana de la Lengua, avalando en algo la descabellada hipótesis: “Aunque no es concluyente, se cree que el origen puede estar en algún tipo de derivación a partir de china, que en la República Dominicana usamos para llamar a la naranja.”

Raúl Guerrero, novelista y ensayista, es el autor de Crónica del corazón, una guía para la salud cardiaca, y la novela Women Loved Dr. Böll. Es director académico del Downtown Arts + Science Salon en Miami.

Este artículo fue publicado originalmente en el Nuevo Herald.

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Editor, Downtown NEWS. Director, Downtown Arts + Science Salon, DASS, (DASSMIAMI.COM). His latest book is Curiosidad/Curiosity.

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