Eterno retorno

Nadal festeja el triunfo ante Thiem [Foto: Getty Images]

La infinitud no consuela. Nadal buscará, el domingo, lo que no existe. Porque para el balear, en París, se ha acabado el diccionario. Hace tiempo que coge polvo en la estantería del olvido. Donde ir a rescatar imágenes hace que uno se pierda entre momentos de disfrute que ahora vuelven a la cabeza en forma de hechos añejos que mejoran, como el buen vino, con el paso de los años.

«Nadal pasea entre recuerdos ante un Thiem aturdido por la trascendencia de un tenista que tiene imán sobre tierra batida»

La Philippe Chatrier se abarrota de sentimientos encontrados. Todos juntos vienen a confluir a un escenario donde la obra, perfectamente, es digna de exhibir en el Louvre. Nadal pasea entre recuerdos ante un Thiem aturdido por la trascendencia de un tenista que tiene imán sobre tierra batida.

Sus huellas son calcomanías en el polvo de ladrillo, donde sientan cátedra ante el joven aspirante a todo. El austriaco prueba lo imposible. El libro de la táctica queda roto por una leyenda que fusila con su derecha todo lo que se pone por delante a su paso.

Nadal es un galgo en París. Da igual la presa. Da igual que hayan pasado los años. Da igual todo lo que ha tenido que aguantar meses atrás para volver a sonreír. Hoy sonríe, es lo que manda.

«Thiem se pierde entre las sombras de una pista donde la magnanimidad del balear no cabe si quiera en el recinto»

Thiem se pierde entre las sombras de una pista donde la magnanimidad del balear no cabe si quiera en el recinto. El pupilo de Bresnik se despide por la puerta grande. Como grande llegará a ser cuando lo inefable tenga a retirarse al otoño caduco de los años.

Mientras tanto aplaudámosle, simplemente, por atreverse a desafiar las reglas de un oligopolio mundial que, difícilmente, volverá a repetirse. En 2017 se lleva de nuevo lo vintage.

Wawrinka asoma la cabeza. Si hay alguien que puede parar el ciclón quizá sea el suizo. Su papel, en el segundo plano, funciona con una efectividad clamorosa. Delante tendrá a un bombardero que carbura con fina prosa tenística deleitando al respetable con tardes para contar a nietos.

En París, se demuestra que la vida es cíclica, como así creían los primeros humanos -ese eterno retorno estoico- porque todo empezó en 2005 y, el domingo, doce años más tarde, podría acabar redondo y de diez.

David Sánchez (Twitter: @DASanchez__)

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