Principios perdidos

Decía el famoso jugador de béisbol, Lou Gehrig: «Me encanta ganar; pero amo perder casi igual. Me encanta la emoción de la victoria, y también me encanta el desafío de la derrota».
En Montreal un joven de 18 años, llamado Shapovalov, tumba una torre. Sus cimientos hace tiempo que comenzaron a resquebrajarse con el infortunio de las lesiones como invitado indeseado. Del Potro no carbura en este 2017. Es un tira y afloja con la desconfianza que, como maldito enemigo en el deporte, se desliza con la apariencia del peor de los venenos.
Delicada. Inverosímil. Certera. El tandilense se encuentra, de nuevo, con la trampa en una temporada de blancos y negros. De tonalidades translúcidas que solo en Delray Beach y Roma parecieron dejar pasar la luz de un hombre que heló al mundo en la noche neoyorkina de 2009 que lo izó a las portadas de medio globo.

La cabeza de Del Potro es un juego de incógnitas. Destapas una carta y suerte. Buscas la pareja para que todo cuadre y te encuentras con la decepción de una nueva derrota. Zanahoria y palo.
«Del Potro está en la encrucijada de la pasión y el desengaño»
El argentino está en la encrucijada de la pasión y el desengaño. Sus golpes son naderías al lado de la segunda mitad de 2016 ya no te cuento años atrás. El ritmo sobre la pista sufre alteraciones impropias de un brazo que siempre destiló coraje. Del Potro necesita sentarse frente a la pared.
Necesita asumir el momento. Necesita dialogar consigo mismo y no buscar excusas. Escucharse. Entenderse. Taponar los oídos de habladurías. Serenar sus nervios por no ver materializados sus deseos en forma de buenos resultados. Obviar las lesiones. Reconstruir sus principios. Asentir y volver a mirar de frente al desafío.
Hoy Del Potro es un mochilero perdido en el bosque entre dos caminos. Cualquier atajo es sendero impropio para alguien como él capaz de alcanzar la gloria.
David Sánchez (Twitter: @DASanchez__)

