La Nueva Economía se Construye con Tecnología

La ecuación más mediocre aturdía al salón entero: provocaba un silencio vergonzoso, seguido por jadeos resignados y una luz redentora en forma de calculadora. Por lo general era una afirmación inofensiva, como, “el 54% de los 127 millones de mexicanos viven bajo el umbral de la pobreza”.

Es un acontecimiento habitual en los salones de clase de Ciencias Sociales. Los ojos perdidos de los estudiantes relucen ante su miedo a las matemáticas. Nuestra ignorancia no es más grande porque los planes de estudio no son más extensos. ¿Se imaginan si nos enseñaran a programar?

Yo entendía el valor de la tecnología; de manera abstracta podía asegurar que era una herramienta invaluable para mejorar la calidad de vida de millones de personas. Del otro lado del espectro académico, los desarrolladores también lo reconocen. La conclusión es evidente para todos, pero no es hasta que se combina ambas disciplinas que verdaderamente podemos imaginar las posibilidades a nuestro alcance y comenzar a crear soluciones innovadoras.

Yo he estudiado modelos económicos alternativos (economía social y solidaria, economía colaborativa, etc.) desde hace algunos años. Gran parte de la tarea que tenemos todos aquellos que tratamos el tema es convencer a la gente de que no son modelos utópicos, que sí funcionan, que son eficientes, más justos y sostenibles.

Esta labor nos remite a una interminable lista de evidencias, tanto prácticas como teóricas. En mi caso, suelo hablar de alguna de las increíbles experiencias que conocimos en nuestro recorrido por América Latina, como CECOSESOLA en Barquisimeto, Venezuela.

Después de algunos golpes en la cabeza me di cuenta que a aquella lista interminable teníamos que sumar otra lista igual de larga: las experiencias basadas en tecnología. Estas iniciativas nos ofrecen algunos de los argumentos más contundentes para convencernos de que debemos promover la solidaridad y la colaboración como fuerzas productivas esenciales, no complementarias.

El código abierto es uno de los mejores ejemplos que tenemos. Es un concepto ancestral: personas que juntan esfuerzos y capacidades para generar soluciones y oportunidades para todos. Es un concepto ancestral puesto en práctica con las herramientas de hoy en día.

Linux, por ejemplo, es un sistema operativo que puede ser utilizado, modificado y distribuido por quien quiera, utilizando la licencia de uso GNU (General Public License). Gracias a su naturaleza colaborativa, los proyectos de Linux Foundation contienen 115 millones de líneas de código, lo que representa 41,000 años de una persona de trabajo y 5 billones de dólares de salario competitivo de un desarrollador. Es utilizado por el 97% de las supercomputadoras en el mundo, además lo utilizamos muchos de nosotros en nuestros celulares Android, así como también algunos gobiernos a través de sus servidores y sistemas de escritorio.

Por más miedo que nos genera las matemáticas a todos los que estudiamos alguna ciencia social, reconocemos su importancia y la estudiamos. Es parte de nuestros planes de estudio. Me parece que la programación seguirá el mismo camino. No sólo que será parte de las materias que compongan nuestras carreras, sino que será un elemento fundamental de nuestra formación.

Para los que estamos interesados en transformar nuestro paradigma económico, hemos encontrado en la tecnología un aliado indispensable. Como nunca antes, la tecnología nos ofrece la oportunidad de demostrar que la solidaridad y la colaboración son mucho más que anhelos idealistas de un grupo de “hippies”.

Sabemos que en la construcción de una nueva economía debemos respaldarnos en la tecnología. ¡Pero debemos ir más allá! Debemos hacer de la tecnología uno de los pilares fundamentales de la economía solidaria y la economía colaborativa.