Malestares

¿Por dónde empezar? Soy un desastre, tanto para mí como para todo aquel que me conozca; más aún esta semana.

Tengo que comentar que no soy una persona demasiado sociable ya que rara vez me hallo capaz de sostener una relación por poco más de dos o tres años. A simple vista, uno llegaría a la conclusión de que tengo la tendencia de tomarme todo a la ligera, sin embargo desconocen mi retorcida mente colmada de múltiples planteos e hipótesis que surgen con cada pequeño problema que llegue a mi vida.

El asunto que esta noche me atormenta no es uno solo, sino que son múltiples factores externos sumados con algunos inconvenientes propios. Y para colmo me cuesta bastante expresarme sin irme por las ramas. Como no tengo nada mejor que hacer, me explico (más o menos):

En primer lugar, nunca volví a desenvolverme de la misma manera estando sola en la calle desde ese evento tan poco fortuito que fui forzada a experimentar (o sea, el robo de noviembre). Abandonar mi casa, ya sea por unos minutos o para hacer las compras, supone un suplicio; cada vez que doy un paso más allá de la puerta de calle, me invade una sensación terriblemente desagradable. La ansiedad y la falta de quietud se han vuelto habitué dentro de mi cabeza.

Por otro lado y volviendo al aspecto social del cual anteriormente hablé, se puede decir que mis amistades decrecen exponencialmente. Muchas personas se fueron de mi vida para bien y arrastraron con ellas a gente que realmente me importa, de manera que ahora estaría intentando recomponer ciertas amistades ligeramente condicionadas. Y, ¿qué mejor que una superflua sorpresa para recuperar a esa gente que se alejó de una de la noche a la mañana? La única contradicción de esta gran idea es su carácter efímero. En cuanto la emoción se disperse, todo volvería a ser gris nuevamente. Me recuerda a barrer hojas caídas en otoño: un vago intento por evitar lo inevitable.

Dos pensamientos se pasean por mi mente en este preciso momento rogando ser asimilados mientras me provocan un horrible dolor de cabeza. Ambos tienen su peso en mi conciencia; no obstante, el contexto, la voluntad ajena y mi propia impotencia inclinan dicha balanza para que continúe desilusionándome a mi misma al no mostrar progreso alguno y encerrarme en mi extremadamente confortable esfera de cristal anti-pánico.