Agujas de rutina

Es un día cualquiera, un día con tráfico, un día sin sol aún. Los carros se cruzan frenéticos en las calles, anónimos, sumergidos en la masa que avanza lenta por el asfalto. Gabriela no quiere saber nada. De hecho esa decisión la acaba de tomar. No va a llegar a tiempo a la oficina, ni podrá cerrar la venta del día, será un día moldeado como algún otro. Es una mañana como cualquiera, que le exige estar respirando ante un sol que amanece asfixiante.

–Ya es la segunda vez esta semana –murmuró Adrián, con el mismo tono asqueroso que el del olor al café barato, ya frío, en su taza.

–Perdón, no volverá a suceder –mintió Gabriela.

No sabe qué pensar de su trabajo, ni de su jefe. Le pasa lo mismo con su novio. Al fin y al cabo son solo sombras que se desdibujan en la rutina. Alguna vez pensó que sería una mujer, pero sigue siendo una niña abandonada. Lo asegura. Atrás quedaron los días con tardes de amaretto y siluetas delineadas. Ahora debía conformarse con estar conforme en el conformismo.

–Buen día, bienvenido –la sonrisa la había ensayado tantas veces que casi podía creerla ella misma; de hecho así mantenía engañadas a sus amigas y vecinas.

–Gracias, solo estoy viendo –Gabriela no tiene un plan distinto a ese. Se contenta con ver pasar el tiempo, ver pasear a la gente, ver vagar, en fin, su vida desteñida.

Ya terminó de contar las malditas flores de las puntas de su pelo. Ya se probó todos los tintes, pintalabios y zapatos de los catálogos que le ofreció la Meches. Ya se imaginó metida en los vestidos de alfombras rojas de las revistas. Pero ni el pelo, ni los catálogos ni las revistas han hecho que se asome siquiera el medio día.

Ella sabe perfectamente que el estómago le reprochará no haber desayunado cuando las agujas se alineen a las 12, pero aún entonces no podrá escapar del mostrador. Doña Estela le traerá una sudorosa bandeja que llama “almuerzo ejecutivo”. Entonces comerá un poco y dejará el resto.

–Gracias doña Estela, estaba muy rico –mentirá con su sonrisa fingida número tres.

Gabriela jura que el reloj de la oficina está descompuesto. Se ha percatado de que la segundera se detiene a contemplar los colores del atardecer cuando se acercan las cinco. No entiende por qué es tan idiota la aguja: son siempre los mismos borrosos horizontes atascados. Solo le queda maldecirla mientras espera a que se mueva. De paso maldice a Adrián y a su novio. También se maldice a sí misma. Maldice al tráfico que la espera afuera.

Llegarán las 5 y al fin será libre. Tomará su bolsa un poco antes de la hora en punto y saldrá sin despedirse. Ella no sabrá que no es verdad, que aún quedan largas horas en el tráfico, pero al menos no habrá ninguna manecilla que la hostigue. Mañana volverá a vigilar la de la tienda.

Publicado originalmente en Imaginario Colectivo Guatemala [deprecated] con ayuda de su Editor.
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