Elegir lo inmediato, elegir a Barrabás

Hay muy pocas cosas en las que hoy en día podemos estar universalmente de acuerdo, pero hay una idea que emana de la conciencia humana desde siempre: esto que vivimos ahora no es lo ideal.

Las voces de las víctimas nos lo reclaman constantemente: los niños sepultados por las guerras, las madres que lloran al no tener pan para sus hijos, los ancianos abandonados en las calles, los enfermos agonizantes.

Vemos al mismo tiempo, con impotencia, el furor del mal: la corrupción descarada, la violencia de los poderosos, las redes de trata de personas, los grupos de crimen organizado.

¿Por que tanto mal y tanto sufrimiento? Si es que existe un Dios y es bueno y es amor ¿cómo permite todo esto?

Ecce Homo, Jacopo Tintoretto. 1546–1547

El Calvinismo radicalizó una noción que ha llegado a convertirse en un rasgo característico de la mentalidad occidental. Calvino veía el bienestar material como signo de la bendición de Dios, mientras que su ausencia mostraría lo contrario. De este modo la posesión y el confort ya no se limitan a la esfera material, sino que se ligan a una dimensión divina y por tanto se elevan de categoría.

Paulatinamente, el tener y el gozar han seguido escalando hasta convertirse en los mismos dioses que rigen la vida en Occidente, relegando lo Divino a una esquina sentimental pero francamente irrelevante o incluso dañina.

Vistas así las cosas, el cristianismo no sería más que una moral ya superada, cargada con nostálgicas tradiciones y costumbres. ¿Quién puede realmente creer en algo así ? ¿Qué clase de persona puede hacer de eso el fundamento de su vida? Quizá algún tonto o un romántico o un tonto romántico.

Sin embargo, el cristianismo no es una moral, ni un conjunto de estructuras de personas o edificios, o unas anticuadas tradiciones. Por otro lado, ¿es realmente cierto que el bienestar equivale a bien? ¿es legítimo cualquier holocausto en honor del dios placer y el dios poseer?

“Despreciable y desecho de hombres — leemos en Isaías — , varón de dolores y sabedor de dolencias, como uno ante quien se oculta el rostro, despreciable” (Is 53, 3). La Iglesia usa este texto en Viernes Santo para describir a Jesús, al Hijo de Dios, a Dios mismo. Podemos ver así lo dramático que resulta el contraste entre el mensaje cristiano y las expectativas materiales de hoy.

Ecce Homo, Britsh School, late 16th Century.

Esta tensión entre el deseo material y la riqueza integral, sin embargo, no es nueva sino que la vemos incrustada incluso en el mismo relato de la Pasión de Jesús. Intentando salvar a quien considera inocente, Pilatos ofrece al pueblo el beneficio de la pascua: liberarles un preso. Le propone al pueblo elegir entre Jesús y Barrabás.

La traducción más común del evangelio de Juan dice que Barrabás “era un bandido” (18, 40) y Mateo nos dice que era un “preso famoso” (27, 16). Por el contexto socio-político del Imperio Romano, el matiz de la palabra “bandido” indica algo muy concreto: Barrabás era un combatiente de la resistencia. Probablemente el líder de una revolución, en la cual habría matado a un hombre. (Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, 2007).

De esta forma vemos en esta escena la misma dicotomía que nos planteamos hoy: ¿elegimos a Barrabás o a Jesús? La elección es esencialmente entre dos formas de mesianismo: la de un revolucionario que nos ofrece una liberación material o la misteriosa redención de Cristo que nos pide morir a nosotros mismos.

La elección del pueblo de Israel de Barrabás sobre Jesús no es trivial y es la misma que hacemos nosotros hoy con frecuencia. Es la elección de lo inmediato, de lo material, de una promesa concreta de satisfacción que entendemos más fácilmente. En otras palabras, es elegir la justificación de nuestros males y vicios como positivos en vez de cambiarlos. A la larga, es elegir nuestra propia destrucción sobre la Vida.

Vemos así por qué resulta difícil comprender el mensaje cristiano en su integridad, sin reducirlo a nuestros pobres esquemas basados en la posesión y el confort. Cristo no nos trae la abundancia de pan ni la satisfacción de los sentidos. Cristo nos trae a Dios, le hace accesible a nosotros. Ya no es un ente lejano, sino que sufre a nuestro lado el furor del mal con todo su peso.

Por eso al cuestionarse ¿por qué existe el mal? El Compendio del Catecismo responde:

Al interrogante, tan doloroso como misterioso, sobre la existencia del mal solamente se puede dar respuesta desde el conjunto de la fe cristiana. Dios no es, en modo alguno, ni directa ni indirectamente, la causa del mal. Él ilumina el misterio del mal en su Hijo Jesucristo, que ha muerto y ha resucitado para vencer el gran mal moral, que es el pecado de los hombres y que es la raíz de los restantes males. (No. 57)

Vemos de forma contundente que la cuestión del mal no es un tema trivial o irrelevante. Resulta particularmente conmovedor el testimonio de Benedicto XVI en la última entrevista que ha concedido en su vida. Peter Seewald le pregunta si ha experimentado noches obscuras, a lo cual responde:

[…] Cuando las cosas suceden en la esfera humana de eventos, donde uno solo dice: ¿Cómo pudo el Dios amoroso permitir eso? Estas preguntas son ciertamente cuestiones muy grandes. Uno debe entonces sostener firme, en la fe, que Él sabe más.

Luego de haber estado sentado en la Cátedra de San Pedro por ocho años, tras decenios como defensor de la fe y asesor de san Juan Pablo II, el Papa Emérito deja ver cómo el mal no le deja indiferente o se conforma con consuelos dulzones.

De igual forma, tampoco puede el mal dejarnos indiferentes. La escandalosa realidad del mal en el mundo puede ser un punto de partida para buscar aprender a diferenciar entre Jesús y Barrabás en cada decisión que tomamos, de distinguir entre lo bueno y lo atractivo, entre la vida y la muerte.

Finalmente, el tema del mal nos recuerda nuestra limitación y nuestra contingencia. Pretender que comprendemos y controlamos todo es una dañina ilusión que desemboca en la locura y la frustración.

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