Silencio de sirenas


Veía las imágenes de la noche en blanco y negro teñidas de verde. En el cielo desfilaban estelas finas y tupidas que explotaban sin previo aviso rompiendo el silencio. Los fuegos artificiales más crueles que puedo recordar. “Esta es la guerra, hija”. Así me lo explicó mi madre con la cara apesadumbrada de quién tiene que contarle a una niña una verdad cruel, un cuento real ilustrado con las trágicas imágenes en infrarrojos que ofrecía incesantemente la televisión como novedad y espectáculo feroz. En esos momentos dejé de lado los hermanos Grimm para descubrir lo que es la grima. Era la guerra del Golfo.

Pasaron más de veinte años, y en ese correr del tiempo conocí otras noches teñidas de verde: la de los fuegos artificiales que iluminaban lagos el primero de agosto; la de las auroras boreales espiadas en fotos y recreadas en mi mente gracias a sugestivos relatos de afortunados emigrantes de las latitudes; las que acabaron bañadas en absenta y desparramadas de espalda a la orilla del mar, donde los pescadores utilizaban cebos fluorescentes para atraer pulpos que buscaran raves salvajes. Pero por mucho que intentara escapar desde mi posición privilegiada, las sirenas silenciosas siempre volvían. Nadaban sigilosas en las noches, rompiendo las elipsis mudas con sus cantos estridentes y dejando surcos verdes en el aire, rastros de vergüenza que explotaban esparciendo la metralla de la estupidez planificada. Fue en Yugoslavia, en Kosovo, en Gaza, en Irak, en Palestina y seguramente en muchos sitios más. Siempre lo vi desde la pantalla de una televisión que, con el pasar de los años, se volvía cada vez más plana, en todos los sentidos posibles. Pero también lo vi en los rostros de unos pocos que lloraban lágrimas de sirena, cascadas mudas que caían sobre mejillas verdes, desesperadas y desamparadas, huecas y enfermas de vacío. Eran las víctimas, que escapando de las atrocidades ansiaban convertirse en verdugos instantáneos antes que en almas compadecidas por momentos, desdeñadas a plazo fijo y olvidadas según bajaran los intereses.

Será que tenemos sólo memoria histórica, de esa que vive solitaria en los libros, intentando cavar en el polvo y salvarse de las polillas que cría como animales de compañía que le carcomen las páginas. Las neuronas, las sensibilidades y los recuerdos deben de haberse mudado a urbanizaciones en las que las banderas compiten por ondear, alimentadas por el petróleo que se extrae de tierras a las que ya no le queda linfa ni sangre. Y así, los que antes salieron de los guetos para ser numerados y masacrados detrás de cercados que decían que “el trabajo hace libres”, ahora son los que libremente tropiezan en la misma piedra una y otra vez, construyendo muros de la vergüenza y rociando con misiles a los que se defienden a pedradas. Y los que antes miraban estáticos ahora siguen catatónicos.

En Palestina está ocurriendo una tragedia. Día tras día la espiral se repite, marcada por la esteras y el grito mudo de las sirenas, un aullido que nadie parece escuchar, como si fuéramos tripulantes de la nave de Ulises. Ojalá las noches verdes se transformaran en noches blancas y fuera Visconti el que narrara Dostoievski y nos los telediarios los que recuperan el pesar de otros abusos diarios, como el de Anne Frank. No hay tregua suficiente: las noches teñidas de verde tienen que terminar y dar paso a días tranquilos, iluminados por mil soles espléndidos y cielos en los que vuelen sólo cometas.

-PatriShaw-

P.D.: No se puede callar. Las palabras son necesarias y son vehículos fundamentales. Pero más importante es actuar, en nuestra pequeñez y con nuestros medios. Por eso te pido que inviertas unos minutos (no más de 2, lo prometo) y firmes esta petición. No es por ellos, no es por nuestra conciencia. Es por todos, como debería ser siempre.