Dependencia divina

Por Gretel Ledo

El libro de Éxodo capítulo 14 nos relata la historia de liberación del pueblo de Israel. Cuatrocientos años de esclavitud y el dolor de una generación fueron la antesala del hambre por un cambio.
Ese cambio era sinónimo de liberación.
Modificar patrones de conducta y de condicionamiento no resultaba una tarea fácil para toda una nación. Dios primeramente iba a tratar con sus corazones.

Cuando salen de Egipto no tienen por delante de manera automática ni providencial a la tierra prometida. Todo un desierto los rodea y como segundo obstáculo el Mar Rojo les impide seguir avanzando.
Esa pared de agua por delante, el desierto como contexto y los egipcios a sus espaldas fueron el escenario permitido y preparado por Dios para que sea glorificado su poder:
“Di a los hijos de Israel que den la vuelta y acampen delante de Pi-hahirot, entre Migdol y el mar; acamparéis frente a Baal-zefón, en el lado opuesto, junto al mar”. Porque Faraón dirá de los hijos de Israel: “Andan vagando sin rumbo por la tierra; el desierto los ha encerrado. Y yo endureceré el corazón de Faraón, y él los perseguirá; y yo seré glorificado por medio de Faraón y de todo su ejército, y sabrán los egipcios que yo soy el SEÑOR.” (Éxodo 14.2–4).

Indudablemente tenemos la tendencia a trazar planes, organizar esquemas, diseñar procedimientos para alcanzar logros que nosotros mismos estipulamos. La pregunta es: ¿están presentados a Dios?, ¿lo hacemos partícipe de nuestros sueños o queremos que todo se haga a nuestra manera?

Hacer planes está en la propia naturaleza humana, no es malo. Moisés los tuvo cuando sacó a todo un pueblo de Egipto camino a la tierra prometida. El problema es cuando por nada del mundo soltamos ese plan, el modus operandi casi artesanal y rústico con el que operamos los hilos de nuestras vidas cerrando las puertas a toda ruptura sobrenatural y creativa de Dios.
Estar abiertos a ser sorprendidos por Él, habla no sólo de disposición sino de disponibilidad.

Los mejores planes desviados del diseño original o desbaratados, dan cuenta de la imposibilidad humana y, al mismo tiempo, casi paradójicamente, de la posibilidad divina.

Muchas veces Dios nos impulsa a manejarnos sin planes ni garantías de arribar a puerto seguro. Justamente en ese plano de la irracionalidad donde el ser humano no puede controlarlo todo, se abre el espacio para el mayor de los desafíos: la confianza absoluta en Dios.

El pueblo de Israel comenzó a lamentarse, a murmurar y a comparar cómo deseaba morir, si en tumbas en Egipto, perecer ahogados o bajo la espada de los egipcios. En ningún momento Dios notificó a Moisés cómo los salvaría, simplemente les ordenó que salgasen de Egipto. Hasta el último instante fueron probados en su fe.

“Y Moisés dijo al pueblo: No temáis; estad firmes, y ved la salvación que Jehová hará hoy con vosotros; porque los egipcios que hoy habéis visto, nunca más para siempre los veréis. Jehová peleará por vosotros, y vosotros estaréis tranquilos. Entonces Jehová dijo a Moisés: ¿Por qué clamas a mí? Di a los hijos de Israel que marchen. Y tú alza tu vara, y extiende tu mano sobre el mar, y divídelo, y entren los hijos de Israel por en medio del mar, en seco.” (Éxodo 14.13–16)
Los exhortó a dejar de clamar y comenzar a accionar. Desatar milagros no depende de Dios sino de nosotros. No hablamos de un accionar abrupto e impulsivo sino en fe. Dependemos de Él, confiamos en que sus planes son perfectos al lado de los nuestros y sus pensamientos hacia nosotros, de bendiciones y abundancia. Bajo ese plano nos movemos en fe.
Si el Mar Rojo o la espada de ese enemigo que está en tu vida se convirtió en un gigante que no te deja avanzar inmovilizándote, hoy te desafío a rendir tu corazón, tus fuerzas, tus planes y tus sueños al Todopoderoso. Ahora es el momento para que Dios vea en ti un corazón obediente. La mano creativa de Dios nunca llega tarde, siempre a tiempo y en el lugar exacto.

Gretel Ledo
www.gretel-ledo.com
Twitter: @GretelLedo

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