La fantástica aventura del bulto: 9

Parte 9: Noche gratis en suite de lujo con todo incluido

[Parte 8: La operación]

Recuerdo el camino hacia la habitación como un par de segundos y a no ser que el teletransporte ya esté en uso común deduzco que no habría sido así. Primero recuerdo saliendo del pasillo de donde estaba el quirófano al pasillo y allí estaban mis familiares esperando, después inmediatamente ya recuerdo girando por un pasillo para entrar a la habitación preguntándome “¿Entrará la camilla en esa habitación tan pequeña?”, pues entraron dos, la mía y la de un compañero de operación tiroidea.

En aquel momento no pensaba mucho la verdad, ni pensaba, ni reaccionaba a nada, simplemente estaba cansado y tenía un sueño tremendo. Abría los ojos cada equis tiempo para controlar un poco el ambiente, notaba que no me dolía nada pero mi cuerpo parecía un trapo mojado, los músculos pasaban de hacer lo que mi cerebro les decía, lo único que podía hacer era abrir los párpados, mover las manos brevemente y no mucho más. Cada dos por tres caía en un breve sueño y volvía a despertar, o al menos eso me parecía a mí. Cada vez que despertaba veía a gente diferente en la sala, mi madre, mis tías, más tías, mi novia, el enfermero.. digamos que el día pasó rápido, en breves minutos llegué a la noche aunque para mí era exactamente igual que antes, no distinguía el día de la noche a no ser que mirase un poco hacia la ventana claro está sin girar una pizca el cuello.

Me daba absoluto pánico mover el cuello, me daba la impresión de que al más mínimo movimiento se me despegaría la herida y se me volvería a abrir el cuello cual inicio de operación. No quería eso claramente así que decidí ignorar que tenía cuello.

El enfermero venía cada dos por tres para asegurarse de que tenía todo el suero que necesitaba y más, no estamos para quedarnos sin suero, ¿quién quiere quedarse sin suero? exacto, nadie. Cuando veía que se había acabado me enchufaba una nueva y me ponía una bolsita pequeña que supongo que era para evitar dolor pero no era muy agradable, “Ahora notarás cómo va entrando por la vena”, y tanto, madre mía cómo entraba eso por la vena, parecía que me estaban metiendo una granizada de limón por el brazo, tanto que me dolía medio brazo. Agradecía que se acabase pronto. Cada vez que éste venía me preguntaba si había hecho pipí a lo cual le respondía negativamente. En una de estas se sorprendió diciendo “pero si te hemos metido ya cuatro litros de suero”, es lo que tiene, tumbado queda comprobado que no puedo evacuar líquidos.

En su siguiente visita me volvió a preguntar si había miccionado y ante mi negativa decidió amenazarme con una sonda:

- Pues como no hagas pipí voy a tener que ponerte una sonda
- No hace falta, yo hago un esfuerzo, lo que sea

Esto despertó mi instinto de resistencia al dolor y mi mente me repetía una y otra vez “mea como sea”. Lo intenté, os juro que lo intenté pero no había manera, la horizontalidad no me lo permite, el ser humano está diseñado para orinar en vertical. Al final mi táctica fue decirles al enfermero y a mi madre que me levantasen que iba a orinar, no veía otra manera posible. Me agarraron la cabeza, el brazo y mi nuevo bolso de sangre y me ayudaron a ponerme en vertical. Aquello salió que daba gusto.

Una vez pasada esa prueba de vuelta a la cama y a dormir. En este tiempo ya tenía molestias en la espalda. No es nada bueno tumbarse de la misma postura sin moverse un día entero, os puedo asegurar que cansa y os dolerá la espalda. Dormía intermitentemente pero al fin conseguí llegar al amanecer, que tardó, pero llegó. Por la mañana ya todo se veía diferente, como más alegre, hay más gente, sonríen más, te hablan, ves caras nuevas, desconocidas y conocidas..

Sobre las diez de la mañana llegaban los cirujanos para ver cómo habían quedado sus trabajos y decidir si te dan el alta o no. Es bastante probable que todo haya ido bien y te dejen ir a casa ese mismo día. Llegaron un par de cirujanos a tiempos distintos y ambos coincidían en que todo muy bien y que según el informe del calcio me iba a casa esa misma mañana o no. Ahora llegaba la parte que se me antojó más desagradable, no dolió pero fue del sentido más desagradable que jamás he tenido: quitar el drenaje.

Llega un enfermero que me dice alegremente que me va a quitar en un momento el drenaje:

- ¡Buenos días! Voy a quitarte el drenaje en un momentillo
- Perfecto pero.. ¿duele?
- Qué va, bueno, nunca me han quitado ninguno pero nadie se queja de que le duela
- Bueno, espero que vaya fino
- Claro hombre, ya verás

El enfermero comenzó a restregarme lo que probablemente fuese clorhexidina con una gasa, con un bisturí comezó a cortar el par de puntos con los cuales está agarrado a mi piel el fabuloso tubo de plástico como si fuese una mochila de esas para beber. Por ahora no dolía nada, de hecho no notaba que estuviese haciendo algo. Al parecer algo se le atravesaba porque cada vez acercaba más la cara a mi cuello y hacía muecas mientras soltaba aire cada vez con más fuerza. Al parecer uno de los puntos se había pegado con la sangre y se estaba resistiendo. Su táctica fue intentar despegarlo con más clorhexidina en una gasa y lijarme como cual madero recién cortado. No pudo y me dijo que lo intentaría en un ratillo y así yo descansaba porque sabía que me estaba dejando la piel. Al breve volvió con refuerzos, una enfermera que se veía más experimentada que llegó, sonriente también, cogió el bisturí, hizo alguna magia y afirmó: “ya está”. Yo no noté nada pero al parecer metió el bisturí en el hueco donde los puntos y cortó el que se resistía. Genial, ahora podía irme a casa después de intentar ponerme vertical.

Ahora sí que noté mi vejiga cuando me puse de pié y tuve que ir al baño a evacuar más cóctel de anestesia y suero.

Trajeron el “desayuno” y con suerte de que me conocían — otra historia — me preguntaron qué quería, yo no sabía si podía tragar, ni siquiera si me apetecía tomar algo pero bueno, fui convencido para tomar un capuccino y unas tostadas de mantequilla y mermelada de melocotón. A pesar de lo que os imaginéis el café estaba genial y las tostadas me sorprendieron gratamente. Antes de terminarme la primera tostada ya me decían que nos íbamos, me vestí “rápidamente”, me despedí de mi compañero de zulo y salimos al pasillo que me pareció gigante después de haber estado en aquello metido un día.

Yo me sentía raro y cansado pero a la vez con energía, de esta manera nos llevaron a casa y allí me quedé tranquilito. Ahora venía la siguiente prueba: la recuperación en casa.

[Parte 10: Interludio]

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