¿Está Rusia interesada en que Trump estrangule a Irán?

Las principales potencias mundiales, EEUU, Rusia y China, están implicadas en una compleja madeja de intereses económicos y geopolíticos en la región de Asia Central

DAN GLAZEBROOK

Desde los primeros días de la campaña, nunca ha habido dudas sobre quién ha estado en el punto de mira de Trump y su equipo. “Irán es la mayor fuerza desestabilizadora en Oriente Medio y sus políticas son contrarias a nuestros intereses”, dijo el secretario de defensa Mattis en su audiencia de confirmación en el Senado, tras haber afirmado anteriormente que el país persa representaba una amenaza mayor para la seguridad que ISIS o Al Qaeda.

Mike Pence calificó a Irán como el “principal estado patrocinador del terrorismo”, mientras que el nuevo consejero de seguridad nacional, John Bolton, lleva años pidiendo que se bombardee Irán. El mismo Trump, en su propia versión de las palabras de Pence, ha llamado a Irán “el estado número uno del terror patrocinado”, lo que presumiblemente significa algo despectivo.

No podemos olvidar, asimismo, que China fue acusada por Trump de “violar nuestro país” en 2016, mientras que Peter Navarro, asesor de la Casa Blanca, afirmó que Pekín estaba llevando a cabo una “agresión económica” contra Estados Unidos. Y el ex consejero de seguridad nacional Steve Bannon anunció esta semana que “estamos en guerra con China”.

Irán y China han sido, por tanto, objetivos privilegiados de la retórica de Washington desde el primer día, pero este año esa retórica se ha convertido en una guerra económica total. Solo este mes, Trump ha impuesto aranceles a productos chinos por valor de 60.000 millones de dólares y ha amenazado con hacer lo mismo con otros productos calculados en 500.000 millones de dólares. Ha anunciado, además, que reducirá a cero las exportaciones de petróleo iraní para noviembre.

Estas armas de destrucción financiera están destinadas abiertamente a paralizar y sabotear las economías de China e Irán, obstaculizar su desarrollo y ponerlas de rodillas. Sin embargo, al mismo tiempo que esto sucede, el principal aliado geopolítico de Teherán y de Pekín, el presidente ruso Vladimir Putin, ha seguido siendo cortejado y halagado por Trump. ¿Qué está pasando?

A primera vista, estos actos hostiles contra dos de los aliados clave de Rusia han sido, como cabría esperar, condenados por el gobierno de Putin. Antes de que Trump anunciara en mayo que tenía la intención de violar el acuerdo nuclear iraní restaurando las sanciones, el Kremlin advirtió de las “consecuencias perjudiciales” que tal decisión tendría. Y tras la reciente cumbre de Helsinki entre los dos líderes, Putin siguió apoyando el acuerdo (aunque con el argumento de limitar la soberanía iraní en lugar de defenderla) y declaró que “la posición de Rusia permanece inalterada con respecto al programa nuclear iraní, y creemos que el JCPOA (Plan de Acción Conjunto y Completo) es un instrumento que permite garantizar la no proliferación de armas nucleares en general y en la región en particular”, añadiendo que el acuerdo había convertido a Irán en uno de los países más controlados por el OIEA en el mundo. Rusia también denunció los aranceles aplicados a China a principios de este mes.

Sin embargo, detrás de la oposición retórica, las acciones rusas están facilitando la agresión de Trump. Tras 18 meses de recortes en la producción de petróleo acordados por Rusia y Arabia Saudí en 2016, que habían logrado elevar los precios del crudo a pesar del desplome en que habían caído, Rusia propuso el mes pasado un giro inesperado e inmediato en esta política.

Los bajos precios del combustible que habían asolado los mercados petroleros antes de que se acordaran los recortes de 2016 habían causado enormes problemas a países productores como Rusia, Irán y Venezuela, llevando a muchos a creer que los saudíes habían recibido instrucciones de Washington para inundar el mercado y sabotear las mercancías de sus enemigos geopolíticos.

Las nuevas cuotas de producción les habían dado a estos países un respiro muy necesario. Sin embargo, en junio de este año, Rusia presentó una propuesta a la OPEP para aumentar la producción en 1,8 millones de barriles al día e, inusualmente, propuso que estos aumentos comenzaran en unas pocas semanas.

Al final, los países de la OPEP y otros no miembros de esta organización acordaron, alentados por Rusia y Arabia Saudí, aumentar la producción en un millón de barriles diarios a finales de junio. Irán, Irak, Venezuela y Argelia se opusieron a esta medida y el ministro iraní del petróleo, Bijan Zanganeh, comentó antes de la reunión que “la OPEP no recibe órdenes del presidente Trump […] La OPEP no forma parte del departamento de energía de Estados Unidos”.

A los pocos días de la adopción del aumento de la producción, la administración Trump anunció sus planes de “reducir las exportaciones de petróleo iraní a cero” para el 4 de noviembre. Cuando le preguntaron si una política de ese tipo podría causar problemas a algunos países hasta que consiguieran reemplazar los suministros, el director de políticas del departamento de estado, Brian Hooks, comentó que “estamos seguros de que hay suficientes reservas mundiales de petróleo”.

El movimiento de Rusia para aumentar la producción había allanado el camino para la siguiente ronda de sanciones estadounidenses contra Irán. Fue precisamente este acuerdo lo que subyacía a la descarada afirmación de Trump de que el suministro mundial de petróleo cubriría la brecha creada por la pérdida de crudo iraní; sin el fin de los límites de producción ruso-saudíes, esto habría sido impensable.

Sin embargo, tal como están las cosas, todas las piezas están en su sitio para que Trump ejerza una seria presión sobre todos los importadores de petróleo iraní. Aunque el acuerdo ruso-saudí ofrece fuentes alternativas de suministro, la guerra comercial en curso demuestra la voluntad de Trump de utilizar aranceles contra aquellos que no se dobleguen a su voluntad geopolítica. Si bien Trump ha amenazado abiertamente con imponer sanciones a quienes no pongan fin a sus tratos con Irán, es muy posible que quienes lo hagan se vean recompensados con exenciones arancelarias. China, en particular — el mayor socio comercial de Irán y ahora amenazada con aranceles a sus exportaciones a Estados Unidos, valoradas en 500.000 millones de dólares — , se verá particularmente presionada.

A primera vista, las acciones de Moscú parecen contraproducentes. El fin de las cuotas de producción de los 18 meses anteriores, que tuvo un gran éxito, provocó inmediatamente una caída de los precios del petróleo (el principal producto de exportación de Rusia), al tiempo que facilitó la escalada de la guerra económica de Estados Unidos contra un aliado ruso clave, Irán. Sin embargo, hay varias razones por las que Rusia puede estar apoyando los movimientos de Trump.

La más obvia es que Irán es un competidor importante de Rusia en los mercados de exportación de petróleo, especialmente en Europa. Es probable que las esperanzas europeas de reducir la dependencia de los suministros energéticos rusos se vean seriamente frustradas si no pueden seguir recurriendo a Irán como proveedor alternativo. Sencillamente, Rusia venderá más petróleo sin la competencia persa.

Además, el uso de los aranceles por parte de Trump con el fin de que los países afectados dejen de comprar petróleo iraní podría ser beneficioso para Rusia. Por otra parte, si Trump condiciona efectivamente la importación libre de aranceles a los mercados estadounidenses a la reducción de la inversión y el comercio con Irán, China se enfrentaría a un gran dilema.

China ha sido durante algunos años no solo el principal socio comercial de Irán, sino también un financiador de inversiones. En 2011, China firmó un acuerdo de 20.000 millones de dólares para impulsar la cooperación bilateral en los sectores industrial y minero persas. En la actualidad, China está a punto de asumir el desarrollo del enorme yacimiento de petróleo y gas de South Pars en caso de que la firma francesa Total se retire, como se espera que haga, al tiempo que ha llegado a un acuerdo por valor de 3.000 millones de dólares por el que SINOPEC adquiere el derecho a ampliar la refinería de petróleo de Abadán, en la provincia de Juzestán. Por otro lado, FOX NEWS ha informado que “mientras el departamento del tesoro de Estados Unidos presiona a los bancos occidentales para que no hagan ningún trato con Irán, el banco estatal chino CITIC está extendiendo líneas de crédito por valor de 10.000 millones de dólares para los bancos iraníes. Esto servirá para financiar proyectos relacionados con el agua, la energía y el transporte. Para eludir las sanciones estadounidenses, las líneas de crédito utilizarán euros y yuanes”.

Pero lo más importante para Rusia es el acuerdo firmado el año pasado por el que el Banco Chino de Exportación e Importación invertirá 1.500 millones de dólares en un ferrocarril de alta velocidad entre Teherán y Mashhad. Se prevé que el ferrocarril forme parte de la Iniciativa del Cinturón y Ruta de la Seda, que creará una ruta de tránsito de alta velocidad entre Asia Central y Europa, que permitirá reducir en dos semanas los tiempos de viaje actuales.

Este mes de mayo, en un claro acto de desafío a Estados Unidos, China abrió una nueva línea ferroviaria entre la Región Autónoma de Mongolia Interior y Teherán, que acorta el tiempo de viaje en 20 días. No obstante, una vez que se lleve a cabo el plan chino de una red ferroviaria de alta tecnología y alta velocidad a través de Asia Central, es probable que la actual “ruta del Norte”, que discurre por Rusia, sea prácticamente superflua.

¿Podría ser, entonces, que Rusia considerara que le interesa facilitar el plan de Trump para frustrar las inversiones chinas en Irán y preservar, así, sus rutas comerciales y el acceso a los mercados petroleros europeos?

Si así fuera, es probable que acabe decepcionada. Irán es fundamental no solo para la Iniciativa del Cinturón y Ruta de la Seda (un programa “geoeconómico” chino de varios billones de dólares y varias décadas de duración), sino también para su estrategia de defensa. Como se ha señalado correctamente en THE DIPLOMAT, “Irán constituye la verdadera prioridad [de China]. China ha alimentado las relaciones bilaterales con Teherán durante décadas, basándose en un resentimiento común hacia el dominio occidental. Esta asociación tiene una gran importancia geoestratégica para ambas naciones. Gracias a sus reservas de gas y petróleo, Irán podría ayudar a Pekín para hacer frente a un ataque de Estados Unidos contra sus líneas marítimas de comunicación”.

Por mucho que Pekín trate, lógicamente, de evitar más castigos por parte de Washington, Irán es simplemente demasiado importante para ser regateado. Desafortunadamente, no es así, al parecer, para Moscú.