Democracia de partido único con el 15 por ciento del electorado

Con una abstención superior al 50 por ciento, una democracia francesa de partido único va a entregar el país a los mercados financieros

Emmanuel Macron. (Foto: Official Leweb Photos
Emmanuel Macron. (Foto: Official Leweb Photos

Diana Johnstone

Las elecciones legislativas francesas han seguido las huellas de las presidenciales. El impulso inicial garantizaba virtualmente una mayoría en estas últimas. Así pues, se dio por sentado que los votantes darían al presidente Emmanuel Macron un parlamento dócil para sus cinco años de mandato.

Pero estas elecciones fueron excepcionales. La victoria del partido personal de Macron, la República en Marcha (REM), es novedosa en varios sentidos. REM no solo obtuvo una mayoría absoluta de 350 de los 577 escaños de la Asamblea Nacional. Además, la victoria de REM ha destrozado a los dos partidos de gobierno tradicionales, los republicanos y los socialistas, quizás fatalmente.

Con más de 130 escaños, el Partido Republicano del expresidente Nicolas Sarkozy y sus aliados ocuparon el segundo lugar y, por lo tanto, se ha configurado como el principal partido de la oposición. Pero puesto que Macron atrajo con éxito a dos políticos republicanos para importantes puestos en su gobierno — Edouard Philippe como primer ministro y Bruno LeMaire como ministro de economía — , va a ser difícil para el actual líder de los republicanos, François Baroin, explicar exactamente a qué se van a oponer. ¿Cómo puede una “oposición de derechas” enfrentarse a un gobierno que pretende acabar con el Código Laboral, dejar a los trabajadores a merced de los empresarios, desregular la economía, privatizarla y promover la militarización europea?

La situación de los socialistas es aún peor. A pesar de su fuerte implantación histórica en todo el país, solo han conseguido 29 escaños (que, unidos a pequeños partidos aliados, se convierten en 45 diputados). La mayoría de los miembros más destacados del gobierno de Hollande que osaron concurrir han sido derrotados. La estrecha victoria del ex primer ministro Manuel Valls en la ciudad en la que fue alcalde está siendo vehementemente contestada por muchas personas enojadas que le han acusado de haberles engañado.

Como partido de oposición, la situación de los socialistas es aún peor que la de los republicanos. Macron fue un mimado asesor del presidente socialista François Hollande, ministro de economía en su gobierno y fue promovido por destacados socialistas como una forma de perpetuar su propia rendición a las altas finanzas. Puesto que muchos dirigentes del Partido Socialista se han unido o han apoyado a Macron, los supervivientes no saben si apoyarlo o no, o cómo hacerlo o no. La confusión es total.

El resultado es que, al canibalizar a los dos partidos de gobierno desacreditados y añadir un gran contingente de políticos aficionados (descritos como representantes de la “sociedad civil”), Macron y su equipo han logrado crear una nueva forma de estado de partido único. La nueva mayoría de diputados en la Asamblea Nacional no está allí para representar ideas o un programa, o a un electorado local, sino simplemente para representar… a Emmanuel Macron. A primera vista, parece que podrá hacer lo que quiera y que el parlamento lo aprobará.

La victoria de Macron fue abrumadora y en absoluto sorprendente. Se batieron todos los récords de abstención. Por primera vez en cien años, una mayoría del electorado no acudió a las urnas en la primera vuelta de las elecciones parlamentarias y la abstención llegó al 57 por ciento en la segunda ronda. Así que Macron debe su “aplastante” victoria a menos del 20 por ciento de los votantes registrados.

No hay duda de que los resultados de las elecciones revelan un rechazo de los partidos tradicionales, de los políticos y, hasta cierto punto, incluso de la política electoral. Es un resultado previsible del denominado “poder de los mercados”, que priva de poder a los votantes. Las elites políticas se han rendido a los dictados del capital financiero, principalmente por medio de la Unión Europea (UE), donde la política económica es diseñada e impuesta a los estados miembros. Presentado como algo “nuevo”, Macron está simplemente más dispuesto que sus predecesores a promover políticas económicas europeas en nombre de los grandes bancos y a costa de todos los demás. Pero muchos de quienes le han votado lo hicieron en términos fatalistas: “vamos a darle una oportunidad”, como si se tratara de jugar a la lotería.

Macron se presentó tal como es, “joven, enérgico y optimista”, en unos tiempos de pesimismo, y sin programa. Y, de hecho, las elecciones han demostrado que las personalidades cuentan más que los partidos o los programas. Las dos personalidades más carismáticas de la política francesa, Marine Le Pen y Jean-Luc Mélenchon, tras sus buenos resultados en las elecciones presidenciales, fueron elegidas cómodamente para la Asamblea Nacional en ciertos distritos (él en Marsella y ella en el deprimido norte industrial), pero sus seguidores no acudieron a las urnas para apoyar a sus respectivos partidos en las elecciones legislativas. El partido de Mélenchon, Francia Insumisa, solo obtuvo 17 escaños, que junto a los 10 de los comunistas podrían formar un grupo de 27 diputados.

En cuanto a Marine Le Pen, su Frente Nacional solo consiguió ocho diputados, cuatro en el norte tradicionalmente socialista (donde resultó elegida Marine Le Pen) y otros cuatro en el sur conservador (donde fue elegido Louis Aliot, compañero de Marine). Eso refleja la división ideológica en el partido. En la región de Calais, el líder del Frente Nacional ha sido un antiguo dirigente regional del Partido Comunista, José Evrard, que proviene de una familia de mineros del carbón y resistentes antinazis. El líder intelectual del ala izquierda del Frente Nacional, Florian Philippot, no fue elegido, pero tiene pensado crear un movimiento “soberanista” más amplio que se oponga a los planes de Macron de integrar irremediablemente a Francia en las estructuras económicas y militares globales de Occidente.

En resumen, el presidente Emmanuel Macron tiene la intención de utilizar sus poderes como líder del partido hegemónico para reducir el poder de Francia, intensificando su compromiso con la globalización. Pero, ¿cuánto poder tiene realmente? ¿No es, en realidad, un instrumento de otras potencias?

El principal gurú del poder, Jacques Attali, tiende a ensalzarse desvergonzadamente, pero cuando dice que está “muy orgulloso” de haber lanzado la brillante carrera de Macron, está diciendo una verdad indiscutible. En cuando al próximo presidente, después de Macron, Attali afirma que sabe “quién es ella”.

Pero quienquiera que sea, lo que sostiene Attali es que el verdadero poder ya no es ejercido por los políticos, sino por las instituciones financieras. Recientemente, dijo en un programa de televisión que el presidente de la República tiene mucho menos poder que lo que la gente cree. Una razón de esto es el euro, señaló, que “significa que una gran parte de la política económica es ahora afortunadamente europea”.

“La descentralización, las grandes inversiones y las grandes infraestructuras — sigue explicando Attali — ya no corresponden al estado. La globalización y el mercado han ganado definitivamente. Hay muchas cosas que se pensaba que correspondían al gobierno, pero ese ya no es el caso”.

Los presidentes “ya no tienen ningún poder real sobre la sociedad”.

Y en cuanto a las posibilidades de salir de las garras de los dictados europeos, Attali se jacta de que quienes, como él, tomaron parte en la redacción de las primeras versiones de los tratados de la UE “se aseguraron de que la salida no fuera posible”.

“El mercado se va a extender a sectores a los que no ha tenido acceso hasta ahora, como la salud, la educación, los tribunales, la policía, los asuntos exteriores…”. Attali reconoce cínicamente que tendremos un mercado dominante que provocará más concentración de la riqueza, más desigualdades, una prioridad absoluta al corto plazo y la tiranía del momento presente y del dinero.

Un sentido bastante realista de la impotencia subyace a la alta abstención y a la búsqueda de un líder providencial. Con unos socialistas y unos republicanos contaminados con macronismo, la única oposición parlamentaria seria se reduce al pequeño partido de Mélenchon y al grupo aún más pequeño de Marine Le Pen. Mélenchon tiene bastante habilidad oratoria para ser la principal voz de la oposición tanto dentro como fuera del nuevo parlamento. Marine disfruta todavía de una fuerte lealtad personal. Pero mientras no logren encontrar un terreno común, la maquinaria macroniana utilizará sus diferencias para marginarlos como “extrema derecha” y “extrema izquierda”. Y la democracia francesa seguirá perdiendo poder que entregará a la gobernanza global. El estado de partido único es una expresión precisa de esta realidad.