La aristocracia parlamentaria

La democracia está desdemocratizada, ¿quién la democratizará? El democratizador que la democratice, buen democratizador será

Sergio del Molino

Que la democracia representativa no está en su mejor momento es algo que nadie niega, como tampoco se discuten las causas principales: corrupción, crisis de representatividad, inoperancia, exceso de cargos públicos, mediocridad, nepotismo, redes clientelares, medios de comunicación que ejercen de la voz de su amo, etcétera, etcétera, etcétera. La discrepancia no está en el diagnóstico, sino en los tratamientos, y no hace falta enumerar las diferencias que separan a Donald Trump de Ada Colau, si consideramos que ambas son expresiones (irreconciliables y antónimas) de un mismo problema.

Fuera del ruido político, hay gente que anda pensando cosas muy originales y radicales, mucho más radicales que el más radical de los programas electorales. Precisamente, porque promueven la supresión de esos programas. Acabo de leer Contra las elecciones. Cómo salvar la democracia, del belga David van Reybrouck, que propone no tanto suprimir los comicios como quitarles importancia.

Este libro le ha dado una nueva dimensión a mi abstencionismo. Hace años que no voto, y he escrito algunos textos y he intervenido en algunos debates explicando mi postura o intentando resumir las respuestas que doy cuando me preguntan (o me increpan o me insultan por no votar), porque no presumo de apoliticismo ni de vivir al margen. Al contrario, me tengo por un ciudadano participativo e implicado en las cuestiones del aquí y el ahora. El hecho de no votar no me hace sentir menos parte de la sociedad ni menos zoon politikon, y cacareo en el ágora como el que más. Gracias a Van Reybrouck he dado forma sólida a una sospecha gaseosa que estaba en el origen de mi abstencionismo: que las elecciones no sólo son una escenificación litúrgica sin más significado que una misa, sino que pueden ser un instrumento antidemocrático, en el sentido de que sirven para cooptar a los mejores (los aristoi) y cortar el acceso al poder al común de los ciudadanos. Según Van Reybrouck, lo que llamamos democracia en realidad es una forma actualizada y laica de aristocracia. De ahí la impenetrabilidad de las élites y todo lo demás.

Las elecciones no sólo son una escenificación litúrgica sin más significado que una misa, sino que pueden ser un instrumento antidemocrático, en el sentido de que sirven para cooptar a los mejores (los aristoi) y cortar el acceso al poder al común de los ciudadanos

La democratización, por tanto, no pasaría por conquistar ese poder, pues sólo se puede tomar desde un principio aristocrático (es decir, convirtiendo en aristocrático cualquier movimiento de renovación democrática), ni tampoco mediante una democracia directa y asamblearia que es inoperante en una sociedad avanzada donde la gente tiene costumbre de ir a trabajar, pasear a su perro por las noches y ver el último de Juego de tronos en vez de dedicar todo su tiempo libre a debatir ordenanzas municipales, sino en cambiar la forma en que se escogen los órganos legislativos y ejecutivos. Van Reybrouck propone algo chocante y, en principio, disparatado: elegir los parlamentos por sorteo, como los jurados.

Recomiendo leer el libro porque es bastante más convincente que este artículo. No sólo repasa las raíces históricas de este método de selección de los representantes, que se utilizaba en la Atenas clásica y era considerado por Aristóteles como el más democrático posible, sino que repasa su pervivencia en muchos lugares, como las ciudades-Estado italianas, y sus virtudes como supresor de la corrupción (es difícil corromper a cargos por sorteo que se ejercen durante muy poco tiempo), garante de la representatividad (como en los sondeos, todas las sensibilidades sociales estarían representadas en una asamblea escogida por sorteo) y su capacidad para dar estabilidad y resolver los conflictos.

Ha habido experimentos recientes de reformas políticas hechas por asambleas de ciudadanos elegidos por sorteo, en temas de calado constitucional. Van Reybrouck se fija en ejemplos canadienses y aboga, junto con otros politólogos, por implantar este sistema en países pequeños, progresivamente, en convivencia con el sistema de elecciones. Por ejemplo, con dos cámaras, una electa y otra por sorteo.

Ha habido experimentos recientes de reformas políticas hechas por asambleas de ciudadanos elegidos por sorteo, en temas de calado constitucional. Van Reybrouck se fija en ejemplos canadienses

Es ahí donde la brillante argumentación del libro se va al traste, porque su autor es muy consciente de las implicaciones de un cambio de modelo como el que propone: la supresión del sistema de partidos y la desaparición de la política como actividad profesional. Por eso insiste en una introducción paulatina y en la convivencia de los dos sistemas, pero sospecha que no puede ser fácil, ya que las pocas experiencias que hay han sido rechazadas y ridiculizadas virulentamente por los partidos tradicionales y los medios de comunicación afines (qué barbaridad, un carnicero discutiendo sobre leyes, hasta dónde vamos a llegar, etcétera) y su propio libro fue objeto de burlas y de reacciones violentas cuando se publicó en Bélgica en 2013. El propio Van Reybrouck ha probado en propia piel los latigazos que dan los partidos cuando se cuestiona su necesidad, su carácter democrático o su propia pertinencia en una sociedad de ciudadanos libres y alfabetizados que no necesitan tutelas para decidir sobre las cuestiones públicas.

Aunque la idea me suena sugerente y me convence como reformulación de unas democracias agotadas, me temo que no se puede introducir poco a poco, sino de forma abrupta. Y yo no imagino un solo sistema de partidos políticos dispuesto a extinguirse de un día para otro, a cerrar sus redes clientelares, a echar a la calle a todos sus trabajadores y a dejar colgados y sin oficio ni beneficio a todos sus cargos electos para dejar paso a ciudadanos aleatorios que pongan en evidencia que no eran tan importantes como ellos se creían.

Pero anoto una cosa: algunos abstencionistas que recibimos acusaciones de insolidaridad y antidemocratismo acudiríamos encantados a una asamblea si recibiéramos una carta en la que nos seleccionan por sorteo para debatir una ley. Porque, si bien el gesto de echar un papel a una urna nos parece irrelevante y litúrgico (y bastante antiguo y lento), participar unos días en una asamblea con otros ciudadanos nos parece estimulante y nos haría sentir orgullosos de contribuir al bien común.